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Un grupo de escritores y artistas asturianos, atento a las inquietudes del espíritu y al recuerdo de los valores literarios y sentimentales de su región y de España, se prepara para evocar un bello y trágico episodio de la historia intima de Asturias. Un episodio verídico que encarna y representa, quizás como ninguno otro de la vida real, los grandes ideales, las pasiones, la exaltación y la sensibilidad toda del romanticismo. y ello, en estos tiempos de preocupaciones materialista y técnicas, tiene un alto valor y constituye un acontecimiento no m u y frecuente.

Ocurrió el hecho que se va a conmemorar entre los años 1835 Y 37, que son los años más representativos del movimiento romántico español.: los años del pistoletazo de Larra, del estreno de «El Trovador», de la revelación de Zorrilla. de la publicación de «El Pirata», de Espronceda...

El escenario de este suceso estuvo en los campos melancólicos del occidente de Asturias, al pie de los grandes bosques del Principado, sobre la orilla de la mar verdeazulada -que ciñe con blanca cene- fa de espuma la cinta esmeralda de la costa. Un ambiente ya en sí típicamente romántico como un cuadro Parcerisa o Villamil o un grabado de Robret o de Doré. Porque en, Asturias la naturaleza es romántica, verde y grandiosa, como los paisajes de un poema de Ossián. Los hechos ocurrieron así:

Es Seares un pueblecito ameno y pintoresco del, concejo de Castropol cerca de la línea del Eo, esa lírica línea de agua que une y separa a un tiempo a Galicia la dulce de Asturias la brava. y en Seares vivía por aquellos años un matrimonio de hidalgos bien acomodados que habitaba una casona blasonada con honores de palacio campesino.

Eran don Pedro Pérez Castropol y su mujer doña Rafaela Abella, Fuertes, gentes de abolorio que procedían de claros linajes de Luarca. Tuvieron dos hijas. Una de ellas casó con uno de los hijos del Marqués de Santa Cruz; la otra, doña María Rosa-nacida en 1814, fue la protagonista de esta extraña y emocionante historia.

Doña María Rosa fue una mujer de belleza realmente tan deslumbradora que conmovió con ella a, toda la comarca. Era, por , antonomasia, “la bella de Seares”. ”la Searila”, muy codiciada por los mayorazgos de la región. A los veinte años la simpar y noble doncella se enamoró de un galán vecino, hidalgo del cercano solar de Piantón, del Concejo de Vegadeo, llamado don Antonio Cuervo y Castrillón. Él era letrado, y magistrado de gran porvenir. pues, pese a su juventud. de veintitantos años, había sido ya Fiscal de Audiencia y Gobernador de provincia (Jefe Político se les 11amaba entonces). Don Antonio y doña Rosa se conocieron en plena naturaleza, un día de verano. Ella estaba junto a un arroyo, jugando con los lindos piececitos desnudos en el agua. El pasaba jinete en un caballo tordo de ojo vivo y cabeza acarnerada. Fueron, al principio, unos a m o r e s contrariados y novelescos, con señales en los balcones y citas en las cabañas de los leñadores y carboneros, hasta que terminaron al fin en una boda secreta que se celebró en una ermita próxima’. Luego vino el perdón de las familias y la gozosa luna de miel.

Doña Rosa y don Antonio se amaron muy románticamente, con toda exaltación que el estilo de la época sabía poner en estos eternos lances del amor. Pero él tuvo que partir para una ciudad próxima de cuya provincia era Jefe Político, y la Searila se quedó sola, mirando los caminos verdes por donde se fue y había de volver su amor. Corría el año 1836 y eran días difíciles y sangrientos para Asturias. Las tropas carlistas del invicto Gómez batían a los liberales, tomaban a Oviedo por asalto, constituían los batallones legitimistas del Principado y, con las hileras de sus boinas coloradas, marcaban una huella sangrienta y gloriosa por los valles y los picachos de aquella agreste topografía.

En el otoño de 1836 doña Rosa-enferma hacia tiempo de tisis, que es la enfermedad típica que idealizó el romanticismo murió al dar a luz una niña, que tampoco la sobrevivió. Al saber su mal y con esperanzas de encontrarla todavía viva, don Antonio corrió sin temor a los .peligros de la guerra. Fue un viaje desesperado, una carrera desalada. Cerca de cuarenta leguas por malos caminos, en los que reventó cuatro caballos. Pero cuando llegó, un atardecer de noviembre -el mes romántico por excelencia-, su amada yacía bajo un mármol del cementerio aldeano de Seares. Entonces, furioso, desesperado, en pleno delirio, como un personaje de Byron o de Young, como el coronel Cadalso, se fue aquella noche al cementerio, abrió la tumba, abrazó el cuerpo de la esposa y le cortó un mechón de sus cabellos. La tradíción local le recuerda desesperadamente poseído en un diálogo imposible y macabro con el cadáver de la bien amada, bajo una luna que envolvía en mantos de tibia luz los cipreses .ojivales del camposanto, como si fueran centinelas o espectros.

Pero la estampa romántica y trágica no terminó ahí. Don Antonio, enloquecido de dolor, renunció a sus cargos, a su porvenir, y se encerró en la casona solariega. Allí compuso una bellísima «Elegía a la amada muerta», "A la Seari1a", "A la bella de Seares". Son unos versos largos y angustiosos, de cuidada retórica, que bien pueden tomarse como típicos de un estilo poético dominante en la época. En estas páginas se reproduce la versión más autorizada del poema.

El fúnebre poeta solía recorrer enloquecido los campos y las playas por donde antes paseara su amor triunfante, pero ahora salía solo y de noche, como una fantasma pavorosa, recitando sus versos y accionando como si increpase a los árboles, a las olas, a la luna, que habían sido callados testigos de su dicha. Así vivió de una manera desesperada y delirante años de agonía y dolor hasta que fue a unirse en «el más allá» con la Searila inolvidable.

Es lástima que esta historia real no hubiese sido conocida por alguno de los grandes poetas o novelistas de la época. ¡Qué drama o qué novela romántica hubiesen podido componer con ella!

Pero el pueblo no olvidó la tragedia vivida ante sus ojos. Los versos de la Searila corrieron de boca en boca y fueron aprendidos-deformados-por el pueblo, que los cantó como un romance. Durante más de un siglo la letra de una «Searila», popularizada’ con música del país, fue dicha en las romerías, «esfoyazas» y «filandones» y ha pasado a ser hoy día pieza de eruditos y folkloristas.

Todos estos hechos ciertos, históricos, comprobados por la investigación erudita, suponen una acumulación tal de los tópicos del mundo romántico como pocas veces habrá tenido lugar en un suceso de la realidad: Amor pasión, destino contrariado, abandono, soledad, nostalgia, tisis, muerte, desesperación, desenterramiento, luna, ruinas, bosques, paisaje verde, mar rumoroso y fondo de pueblo que sirve de coro a la tragedia y- llora las desdichas de los protagonistas, cantándolas con voz quejumbrosa de salmodia. Ni uno solo de los ingredientes de aquella literatura especialísima que creó el romanticismo faltan en esta historia de la Searila.

En 1936 algunos escritores y artistas asturianos pensaron conmemorar el centenario del episodio y del poema. Pero la , guerra llevó sus inquietudes por derroteros más perentorios y realistas. Como un siglo antes, Asturias volvió a encenderse con las boinas coloradas y las hogueras de la guerra española, y ahora, veinte años después. Los escritores del Principado y de la antigua provincia gallega limítrofe de Mondoñedo, tan vinculada en las Asturias, van a recordar y perpetuar la memoria de la Searila-historia, leyenda, poema-con un sencillo monumento y un libro, que dejará perenne testimonio de esta trágica historia, representación pura y acabada del romanticismo asturiano y español de una época tan distante y distinta a la nuestra en formas de vida, sensibilidad y cánones estéticos.

J. E. CASARIEGO

(Articulo e Ilustraciones publicadas en la revista "Fotos. De Madrid. 14.V-55.)..


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Autor: copel

eeeeeee ui cuantos comentarios

Fecha: 19/12/2006 19:52.


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