La nueva esclavitud del siglo XXI

Publicado: 30/03/2021 09:33 por castropol en Colaboraciones

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29 de Marzo del 2021 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Hoy, después de segar la hierba del jardín, en mis obligaciones de jubilado no había otra más urgente que la de ir a llenar el depósito de mi utilitario. Sigo mis viejas costumbres con la inercia de años anteriores en que disfrutaba de mejor vida, cuando al llegar la Semana Santa llenaba con ilusión el depósito de mi coche para desplazarme a la vecina Galicia, a Cantabria o a León. Hoy no puedo ir a ningún sitio de esos ni a muchos otros. Tengo prohibido el salir de Asturias. Me apetecía irme a Noreña a comer los callos, pero como Siero también está cerrado no sé bien por dónde tengo que ir. No vaya a ser que pise terrenos prohibidos, sin darme cuenta, y me sancionen...

Hay que estar muy al día. Hay que tener muchos conocimientos hoy día para no infringir las normas que nos rigen, derivadas del coronavirus. Y como no pienso ir a ningún viaje de asueto, estos días estudiaré de una vez por todas la normativa que nos impide a unos el ir, incitando a otros a venir, como es el caso de los franceses que viajan los fines de semana a Madrid para acudir a fiestas con juergas desenfrenadas. Madrid, la única ciudad de Europa abierta a todos. O lo que es lo mismo, cancha libre en la capital de España.

Todos estos problemas que tenemos encima y nos afectan por culpa de la pandemia, para el que no adolece de otros más graves, son motivo de preocupación o incluso disgusto. Pero después de observar hoy unos minutos la vida laboral que le toca vivir a un empleado de la gasolinera multinacional que me vendió el combustible para mi coche, me sentí egoístamente reconfortado, así que ya no me quejaré más de cosas baladí.

Abrí el depósito y estuve allí a pie firme más de diez minutos esperando a que vinieran a llenármelo. En ese tiempo entraron a repostar una media docena de coches. Uno de los conductores se marchó al ver cómo estaba aquello. Los otros se sirvieron ellos mismos y pasaron después por caja. Yo, entre tanto, seguía allí de brazos caídos, sin prisa, observando lo que por allí se movía, al tiempo que esperaba a que viniese alguien a servirme. El motivo de mi espera era debido a que tengo por norma ir a aquellas gasolineras en las que me sirve un empleado y no que el empleado, encima de pagar y no cobrar, sea yo. Visto lo visto cerré el depósito decidido a marcharme sin repostar. Al momento llegó corriendo un empleado, al que conozco desde hace muchos años, para servirme. Le dije que ya me marchaba porque yo no estaba dispuesto a despacharme a mí mismo encima de pagar. Que bajo ningún concepto haría nada que pudiese hacer daño a él y a los demás trabajadores. Digo daño porque, a este paso, entre máquinas dispensadores y el mismo cliente que se sirve y paga él solo, no se necesitarán empleados.

De paso que me suministraba el combustible me contó que sentía mucho por haberme hecho esperar, pero que desde enero en cada turno solo había un empleado al frente de todo aquello. Un empleado solo para despachar en la tienda, servir el combustible y cobrar. Además de tener que hacer el pan que vendían allí. Amén de limpiar los baños. Y si al final del día faltaban en caja cincuenta euros, por ejemplo, tenía que ponerlos él. Encima llevaba un largo rato con necesidad de ir al excusado, me dijo, pero que tenía que aguantarse pues no podía dejar el negocio solo. Y para más inri le acababa de llamar el compañero que lo tenía que sustituir diciéndole que había tenido un percance y que se retrasaría un cuarto de hora. Noté que la angustia que lo acompañaba estaba a punto de hacerle explotar. Por eso no seguí hurgando más en aquella herida tan corriente hoy día. Así que me despedí con una sonrisa que, a pesar de los pesares, cortésmente me correspondió. A mal tiempo buena cara, pensé para mis adentros.

Ya en el coche di las gracias al cielo por haberme librado de una vida laboral con semejante esclavitud como la que acababa de contemplar. Pero al momento me entristecí pensando que a la mayoría de los jóvenes de hoy día, que son nuestros hijos y nietos, esa era la vida laboral que les había tocado vivir o que les esperaba, si es que aún no trabajaban.

¿Será así la nueva esclavitud del siglo XXI? Es lo que hay, dicen ahora.

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