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Descubrimiento de la placa conmemorativa de "La Searila" en 1955 en la fachada del Casino de Castropol.

De izquierda a derecha: Adolfo Rodriguez, sin identificar, Pablo Murias (de espaldas, brazos en jarras) enfrente José Ramón Muiña, no identificado, Fernando Serrano, padre, (de espaldas), Dámaso Alonso, Zoilo Murias y Manolo Murias.

Arriba a la derecha, podemos ver la placa recien descubierta, reproducida en la foto anterior.


Placa Conmemorativa de la Searila

Publicado: 08/03/2006 17:48 por castropol en La Searila
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     Reproducimos una foto de la Placa conmemorativa de La Searila, descubierta en 1955 en el Casino de Castropol.

     Como se puede observar, el texto difiere del publicado en el folleto, debido a que originalmente la placa iba a ser colocada en la casa de donde vivió la protagonista que aun se conserva aunque casi en ruinas.  Por prorblemas que no vienen al caso, la placa no se pudo colocar alli, y por tanto hubo de ser variado el texto que en principio estaba previsto.
 

 

Publicado: 06/03/2006 22:06 por castropol en La Searila
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Publicado: 06/03/2006 22:06 por castropol en La Searila
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Publicado: 06/03/2006 22:05 por castropol en La Searila
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Publicado: 06/03/2006 22:04 por castropol en La Searila
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El Poema

Publicado: 06/03/2006 22:04 por castropol en La Searila
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SOLITARIA mansión del sepulcro.

Sólo en ti mi esperanza se encierra,

Que perdido mi amor, es la tierra

Un abismo de mal para mí.

Negro abismo, que ahoga implacable

En un mar de tristezas mi alma. !

¡Que de Dios la piedad me dé calma!

¡Ay, Searila, reuniéndome a ti!

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Un profundo clamor en mi pecho,

Que te llama y evoca constante,

Sin que pueda acallarlo un instante

De mi vida angustiada y febril.

Espantosas tinieblas me cercan

Y entre ellas venirte a mí veo.

¡Fantasía! ¡ Ilusión del deseo!

¡Que, ay, Searila, no vienes a mí!

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¡ Cuántas veces gozosas conmigo,

Embargada de amores suaves,

Escuchaste el cantar de las aves

En las dulces mañanas de abril!

Poco tiempo duró nuestra dicha,

¡Y cuán presto acabó mi fortuna!,

Pues no quiero tampoco otra alguna

¡Ay, Searila, viviendo sin ti!

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Pavorosa visión yo recuerdo

cuando trémula tú me decías

Que en fatídicos sueños veías

De tu tumba la lápida abrir.

Del destino, cruel anticipo,

Que alejaba de mí la alegría,

Se cumplió la fatal profecía...

¡Ay, Searila, pues vivo sin ti!

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."En tus brazos morir, ¡que consuelo!

Conmovida otra tarde dijiste.

¡ Infelice! Y siquiera me viste,

Expirando apartada de mí.

Niña aún y tan sola muriendo,

¡ Cuán amargo el morir te habrá sido!

Sin oír el acento querido!,

¡ Ay, Searila, anhelado por ti!

De la vida en el último aliento

Tu tristísima voz me llamaba.

¡Desdichado de mí! ¿Dónde estaba

Que a tu angustia no pude acudir!

Por los campos buscando tu huella

Yo corrí con frenético empeño,

y hoy, perdido, paréceme un sueño,

¡Ay, Searila, que viva sin ti!

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Yo corrí desalado y ansioso

Por caminos que incendia .la guerra,

Y al llegar, ¡ Ay de mi !, bajo tierra,

Yerta, inmóvil, Sin vida te vi.

A la luz de la lívida luna

Tu belleza, que intacta aún estaba,

Con pupila sin fuego miraba,

¡ Ay, Searila, posándose en mí!

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De tu yerta cabeza, la seda1

Yo corte con mi trémula mano

y tus sienes de hielo, en vano,

Con mi llanto y mi beso encendí.

Entre flores, mi Rosa, una rosa

Con su pompa y sin par lozanía,

Roto el féretro yo te veía,

¡ Ay, Searila, mirándome en mí!

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Tu recuerdo mi alma devora,

y hasta el fondo taladra mi pecho,

Sin poderme sentir satisfecho,

Que apetezco cual nadie sufrir.

Lo apetezco y la vida me enfada,

y así más me consumo y me mato,

Pues no quiero me acuses de ingrato

¡Ay, Searila, si vivo sin ti!

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Abomino de vida sin cielo,

Donde ver de tu sol los fulgores,

Que risueñas no alegran las flores

Cuando el alma se siente morir.

Y alegrarme jamás yo no puedo

Ni pagarle al amor más tributo,

Ni otras glorias al mundo que el luto,

¡ Ay, Searila. que llevo por ti!

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Sola ahora y por todos dejada

En el lecho sin fin de la muerte,

Pues no hay nadie que aquí venga a verte

Si no viene tu amante infeliz.

Soledad a tu; lado es mi vida,

Que sin ti toda vida es desierto;

No respiro, mi ser está yerto,

¡ Ay, Searila, si no es junto a ti!

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Navegando la pálida luna

Por la bóveda inmensa del cielo,

Que comprende parece mi duelo

Y no quiere como antes lucir.

De la noche durante el silencio

Tu sepulcro besando acompaña

y en tristeza profunda me baña,

¡ Ay, Searila, velándote a ti!

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Mustia ahora la frente doblada

Sobre el pie de la lápida¡ fría,

Yo te espero, ¡ oh mortal agonía!,

Como el ángel que mira por mí.

Yo te llamo, el momento se acerca

Que en el cielo, felices y amantes,

Nuestras almas se junten como antes,

¡ Ay, Searila, pues muero por ti!

(1) Del poema "La Searila", compuesto en noviembre de 1836, se ofrecen numerosas versiones, pues no hay que olvidar que el pueblo, interesado por la trágica historia de los amores de D. Antonio y Doña Rosa, aprendió sus versos, que poco después se cantaban, romanceados, en la. comarca astur.qalaica Que va de Luarca a Mondoñedo. De él existen ediciones en hojas impresas en Luarca, Ribadeo y Mondoñedo en fechas que van del 1817 al 1890. Esas ediciones., que pasan de veinte, presentan variaciones bastante importantes, incluso supresión o cambio de estrofas enteras. También hay infinidad de copias manuscritas con letras femenina y masculina, con las consiguientes variaciones. Esta versión que hoy se ofrece a la erudición y la Historia del romanticismo español, es la más antigua y más completa y - casi puede afirmarse- la auténtica que compuso D. Antonio en presencia de los mortales restos de su esposa.

De la música existen también varias versiones, todas ellas de carácter monorrítmico y popular. Con el título de "La Searila" e inspirándose en el romántico episodio, el joven y notable compositor maestro Dominguez tiene en preparación un bello poema sinfónico.. .

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Un grupo de escritores y artistas asturianos, atento a las inquietudes del espíritu y al recuerdo de los valores literarios y sentimentales de su región y de España, se prepara para evocar un bello y trágico episodio de la historia intima de Asturias. Un episodio verídico que encarna y representa, quizás como ninguno otro de la vida real, los grandes ideales, las pasiones, la exaltación y la sensibilidad toda del romanticismo. y ello, en estos tiempos de preocupaciones materialista y técnicas, tiene un alto valor y constituye un acontecimiento no m u y frecuente.

Ocurrió el hecho que se va a conmemorar entre los años 1835 Y 37, que son los años más representativos del movimiento romántico español.: los años del pistoletazo de Larra, del estreno de «El Trovador», de la revelación de Zorrilla. de la publicación de «El Pirata», de Espronceda...

El escenario de este suceso estuvo en los campos melancólicos del occidente de Asturias, al pie de los grandes bosques del Principado, sobre la orilla de la mar verdeazulada -que ciñe con blanca cene- fa de espuma la cinta esmeralda de la costa. Un ambiente ya en sí típicamente romántico como un cuadro Parcerisa o Villamil o un grabado de Robret o de Doré. Porque en, Asturias la naturaleza es romántica, verde y grandiosa, como los paisajes de un poema de Ossián. Los hechos ocurrieron así:

Es Seares un pueblecito ameno y pintoresco del, concejo de Castropol cerca de la línea del Eo, esa lírica línea de agua que une y separa a un tiempo a Galicia la dulce de Asturias la brava. y en Seares vivía por aquellos años un matrimonio de hidalgos bien acomodados que habitaba una casona blasonada con honores de palacio campesino.

Eran don Pedro Pérez Castropol y su mujer doña Rafaela Abella, Fuertes, gentes de abolorio que procedían de claros linajes de Luarca. Tuvieron dos hijas. Una de ellas casó con uno de los hijos del Marqués de Santa Cruz; la otra, doña María Rosa-nacida en 1814, fue la protagonista de esta extraña y emocionante historia.

Doña María Rosa fue una mujer de belleza realmente tan deslumbradora que conmovió con ella a, toda la comarca. Era, por , antonomasia, “la bella de Seares”. ”la Searila”, muy codiciada por los mayorazgos de la región. A los veinte años la simpar y noble doncella se enamoró de un galán vecino, hidalgo del cercano solar de Piantón, del Concejo de Vegadeo, llamado don Antonio Cuervo y Castrillón. Él era letrado, y magistrado de gran porvenir. pues, pese a su juventud. de veintitantos años, había sido ya Fiscal de Audiencia y Gobernador de provincia (Jefe Político se les 11amaba entonces). Don Antonio y doña Rosa se conocieron en plena naturaleza, un día de verano. Ella estaba junto a un arroyo, jugando con los lindos piececitos desnudos en el agua. El pasaba jinete en un caballo tordo de ojo vivo y cabeza acarnerada. Fueron, al principio, unos a m o r e s contrariados y novelescos, con señales en los balcones y citas en las cabañas de los leñadores y carboneros, hasta que terminaron al fin en una boda secreta que se celebró en una ermita próxima’. Luego vino el perdón de las familias y la gozosa luna de miel.

Doña Rosa y don Antonio se amaron muy románticamente, con toda exaltación que el estilo de la época sabía poner en estos eternos lances del amor. Pero él tuvo que partir para una ciudad próxima de cuya provincia era Jefe Político, y la Searila se quedó sola, mirando los caminos verdes por donde se fue y había de volver su amor. Corría el año 1836 y eran días difíciles y sangrientos para Asturias. Las tropas carlistas del invicto Gómez batían a los liberales, tomaban a Oviedo por asalto, constituían los batallones legitimistas del Principado y, con las hileras de sus boinas coloradas, marcaban una huella sangrienta y gloriosa por los valles y los picachos de aquella agreste topografía.

En el otoño de 1836 doña Rosa-enferma hacia tiempo de tisis, que es la enfermedad típica que idealizó el romanticismo murió al dar a luz una niña, que tampoco la sobrevivió. Al saber su mal y con esperanzas de encontrarla todavía viva, don Antonio corrió sin temor a los .peligros de la guerra. Fue un viaje desesperado, una carrera desalada. Cerca de cuarenta leguas por malos caminos, en los que reventó cuatro caballos. Pero cuando llegó, un atardecer de noviembre -el mes romántico por excelencia-, su amada yacía bajo un mármol del cementerio aldeano de Seares. Entonces, furioso, desesperado, en pleno delirio, como un personaje de Byron o de Young, como el coronel Cadalso, se fue aquella noche al cementerio, abrió la tumba, abrazó el cuerpo de la esposa y le cortó un mechón de sus cabellos. La tradíción local le recuerda desesperadamente poseído en un diálogo imposible y macabro con el cadáver de la bien amada, bajo una luna que envolvía en mantos de tibia luz los cipreses .ojivales del camposanto, como si fueran centinelas o espectros.

Pero la estampa romántica y trágica no terminó ahí. Don Antonio, enloquecido de dolor, renunció a sus cargos, a su porvenir, y se encerró en la casona solariega. Allí compuso una bellísima «Elegía a la amada muerta», "A la Seari1a", "A la bella de Seares". Son unos versos largos y angustiosos, de cuidada retórica, que bien pueden tomarse como típicos de un estilo poético dominante en la época. En estas páginas se reproduce la versión más autorizada del poema.

El fúnebre poeta solía recorrer enloquecido los campos y las playas por donde antes paseara su amor triunfante, pero ahora salía solo y de noche, como una fantasma pavorosa, recitando sus versos y accionando como si increpase a los árboles, a las olas, a la luna, que habían sido callados testigos de su dicha. Así vivió de una manera desesperada y delirante años de agonía y dolor hasta que fue a unirse en «el más allá» con la Searila inolvidable.

Es lástima que esta historia real no hubiese sido conocida por alguno de los grandes poetas o novelistas de la época. ¡Qué drama o qué novela romántica hubiesen podido componer con ella!

Pero el pueblo no olvidó la tragedia vivida ante sus ojos. Los versos de la Searila corrieron de boca en boca y fueron aprendidos-deformados-por el pueblo, que los cantó como un romance. Durante más de un siglo la letra de una «Searila», popularizada’ con música del país, fue dicha en las romerías, «esfoyazas» y «filandones» y ha pasado a ser hoy día pieza de eruditos y folkloristas.

Todos estos hechos ciertos, históricos, comprobados por la investigación erudita, suponen una acumulación tal de los tópicos del mundo romántico como pocas veces habrá tenido lugar en un suceso de la realidad: Amor pasión, destino contrariado, abandono, soledad, nostalgia, tisis, muerte, desesperación, desenterramiento, luna, ruinas, bosques, paisaje verde, mar rumoroso y fondo de pueblo que sirve de coro a la tragedia y- llora las desdichas de los protagonistas, cantándolas con voz quejumbrosa de salmodia. Ni uno solo de los ingredientes de aquella literatura especialísima que creó el romanticismo faltan en esta historia de la Searila.

En 1936 algunos escritores y artistas asturianos pensaron conmemorar el centenario del episodio y del poema. Pero la , guerra llevó sus inquietudes por derroteros más perentorios y realistas. Como un siglo antes, Asturias volvió a encenderse con las boinas coloradas y las hogueras de la guerra española, y ahora, veinte años después. Los escritores del Principado y de la antigua provincia gallega limítrofe de Mondoñedo, tan vinculada en las Asturias, van a recordar y perpetuar la memoria de la Searila-historia, leyenda, poema-con un sencillo monumento y un libro, que dejará perenne testimonio de esta trágica historia, representación pura y acabada del romanticismo asturiano y español de una época tan distante y distinta a la nuestra en formas de vida, sensibilidad y cánones estéticos.

J. E. CASARIEGO

(Articulo e Ilustraciones publicadas en la revista "Fotos. De Madrid. 14.V-55.)..


La Searila.

Publicado: 06/03/2006 21:48 por castropol en La Searila
En este tema, vamos a publicar, la historia y el Romance de la Searila, procedentes de un díptcio de 1955, que fué publicado con motivo del descubrimiento de la lápida existente en el Casino de Castropol. Hemos intentando publicar una copia del díptico, pero debido a problemas de espacio en el Blog, no nos ha sido posible, salvo la última página, por lo que publicaremos por un lado el texto como tal, y por otro lado como fotografías. los grabados existentes en el documento original. Esperamos que pese a los inconvenientes, sea de vuestro agrado.