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El Ayuntamiento de Castropol en colaboración con la empresa CTIC ha desarrollado el sistema Play.as Castropol, cuyos objetivos son controlar e informar acerca de la ocupación de las playas citadas. Estará disponible a partir 1 de Julio y se mantendrá en funcionamiento durante todo el verano.

A esta herramienta se podrá acceder de forma gratuita desde la página principal de la web www.castropol.es y desde cualquier dispositivo móvil, ofreciendo la posibilidad de consultar la ocupación de las playas, previsión meteorológica, estado de las mareas, así como las recomendaciones de uso de los arenales de Arnao y Penarronda.
Queremos destacar la importancia de este dispositivo tecnológico de cara a facilitar la adaptación de los bañistas a la nueva normalidad, prevenir aglomeraciones en las playas y por su eficiencia a la hora de ofrecer información útil sin necesidad de desplazarse al destino elegido.

 

 

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LA ROSA DE LOS VIENTOS

Publicado: 27/06/2020 09:13 por castropol en Colaboraciones

      Nuestro agradecimiento a Antonio Valle Suarez, por habernos concedido la primicia de la publicación de este relato corto.


1

 

           Diez años después de la padecida pandemia, en aquella UCI bien pertrechada de gastados aparatos rodeados de protecciones por todas partes, un joven regresaba de repente de un largo viaje en el tiempo, para incorporarse a una realidad que le estaba esperando. Nada más abrir sus ojos se quedó alucinado tratando de descubrir dónde se encontraba. Poco a poco fue volviendo a la realidad, al ver pulular a su alrededor a unos marcianos vestidos de blanco, ataviados con máscaras y grandes gafas. Pareció tranquilizarse al ver allí sonrientes, contemplándolo, a sus padres y a su hermano gemelo.

           Se incorporó para tomar un sorbo de la infusión que le habían ofrecido. El aroma le recordó a la manzanilla salvaje que tanto le gustaba, aquella que recogía de niño junto a su abuela en los prados del Cotarelo.

           Le fueron informando del por qué se encontraba allí, en aquel hospital. Había sido ingresado el 15 de mayo de 2021, día de San Isidro, afectado por el Coronavirus. Un virus letal que antes de llegar a él había estado causando estragos en la población, desde marzo de 2020, con un rebrote por el medio. Parece ser que Juan, antes de enfermar, estaba dedicado en cuerpo y alma a su trabajo de virólogo. Quizás por ello había pasado de ponerse la vacuna del Covid-19, con favorables resultados desde Febrero de 2021. En casa del herrero, cuchillo de palo. La enfermedad se le fue complicando, dejándolo en estado vegetativo hasta hoy día 20 de Mayo de 2030. Había pasado la friolera de nueve años en aquel estado. Su curación había sido un milagro similar al ocurrido con la derrota del Coronavirus.

           Una semana más tarde recibió alta médica. El jefe de planta, le dijo:

           —Venga, Juan, ya vuelves a tú querida Figueras, a disfrutar de ese bello pueblo situado en el mismísimo paraíso al que, si nadie lo impide, me iré a vivir una vez me jubile. Lo haré al día siguiente de liberarme del trabajo —Juan le sonrió, al tiempo que se quedaba unos segundos con la mano extendida en clara señal de un saludo no correspondido. El doctor le había hecho un gesto con su codo derecho, que Juan no entendió.

           Acompañado por sus padres hasta la puerta del HUCA donde los estaba esperando su hermano Óscar, al volante de un coche extraño. El diseño de aquel automóvil le parecía de un proyecto inusual. No recordaba haber visto nunca ninguno similar. Encima, al iniciar la marcha, aquella máquina parecía deslizarse sin emitir ruido alguno...

                                                          2

           Sus primeras palabras fueron para preguntar por la dudosa educación de aquel médico que, a pesar de su amabilidad, le había negado el saludo. Su madre se percató de que Juan no se acordaba de que aquella práctica de comunicación se había iniciado de la mano del Coronavirus; es decir, un año antes de haber enfermado él. Su padre le explicó que esos gestos de saludo, que parecían más propios de otro planeta, habían sustituido a los tradicionales de darse la mano o un par de besos a cada lado de la cara. Le dijo que hacía diez años que había desaparecido aquella práctica de antes. Ahora solo se usaba en familia o entre amigos íntimos. Juan, callado, no acaba de entender el porqué de todo aquello...

           Por el camino llamó su atención la autovía por la que circulaban. En los laterales observó unos quitamiedos de color blanco, de más de un metro de altura. Su hermano le explicó que hacía un par de años los habían cambiado por los viejos de acero cadmiado. Los nuevos eran de un material plástico reciclado. No necesitaban mantenimiento y, además de ser más resistentes que los metálicos, no provocaban lesiones en los accidentes. Se quedó pensativo, sin hablar en el transcurso de unos cuantos kilómetros.

           A medida que aquel silencioso automóvil devoraba distancia, Juan iba percibiendo olvidados recuerdos... Se percató de que no circulaban camiones en ninguna dirección. Preguntó cuál era el motivo. Le explicaron que desde hacía unos años solo circulaban desde las 23:00 horas hasta las 8:00 del día siguiente. El motivo había sido una acertada ley del Ministerio de Fomento que, desde su aplicación, había conseguido una mayor fluidez en el tráfico y una drástica reducción en los siniestros. Llamó su atención la repoblación forestal a ambos lados de la autovía, con una exhaustiva limpieza entre esta y las fincas colindantes.

           Así fue todo el trayecto descubriendo novedades. Se fue haciendo de noche y se vio sorprendido con las potentes luces del automóvil. Óscar le explicó que era una nueva tecnología fabricada en unas antiguas naves cercanas a su pueblo.

           Acompañados de un sirimiri llegaron de noche cerrada a una casa nueva en la carretera al Muelle. A Juan le llamó la atención el blanco resplandeciente de las casas. La respuesta a su observación fue que todas pintaban de blanco ahora y las luces de las farolas eran de led, de ahí aquella claridad. A lo largo de una frugal cena, le contaron que aquella era la nueva casa a la que se habían mudado hacía seis años, pues la que tenían anteriormente la habían cedido para ampliar el parque de la Alameda. Juan seguía de sorpresa en sorpresa.

 

                                                          3

 

           Al día siguiente de su llegada a casa, Juan se despertó pronto. Aun no había amanecido. Se asomó a la ventana para echar un vistazo hacia la Ría. Observó las luces verdes de estribor de una embarcación que parecía partir hacia la mar. Pensó que se trataría de algún barco del Astillero. A la hora del desayuno su madre le comentó que era uno de los dos barcos boniteros que abastecían a la nueva fábrica de conservas. Se habían construido en cooperativa por un grupo de marineros jubilados, movidos por la decisión del gobierno encaminada a la mejora y veda de los mares para garantizar una pesca continuada y sostenible, evitando esquilmar los hasta entonces castigados caladeros por barcos de arrastre, hoy prácticamente desaparecidos. Todo eran novedades para aquel joven que había permanecido en el hospital los últimos nueve años de su vida. Se quedó mudo unos segundos, para luego ir razonando que en el pueblo hacía años que no había ningún barco pesquero. Se habían desguazado todos: Coppi, Divino Pastor, Verano, Puente de Los Santos, Ría del Eo y otros más que ahora no recordaba, en Figueras y el Fernandón, en Castropol, la capital.

           Después del desayuno, Juan y su madre salieron de paseo. Aquel viernes se presentaba como un luminoso día de primavera. La intención de su madre era doble: por un lado hacer que su hijo caminase para ir recuperando la masa muscular perdida después de tantos años postrado en una cama de la UVI y, por otro, ir haciéndole ver tantos cambios acaecidos en el pueblo durante su ausencia.

           Le pidió a su madre ir caminando en dirección hacia el puerto. Nada más salir de casa, Juan, se quedó hechizado un largo rato, contemplando el llamativo conjunto que ofrecía a su vista el rehabilitado palacio de los Trenor. Bajaron con prudencia las escaleras hasta llegar a la fuente del Pelamio. Allí se quedó absorto mirando un largo rato la imagen de Castropol, coronada con su expléndida torre de la iglesia. Reparó en un paredón hecho como mirador, entre la fuente y el mar, así como un laurel plantado allí en un tiesto gigantesco. Confusamente recordaba que no existía antes aquel paredón, lo imaginaba destruido por la caída de un viejo plátano que lo arrastró todo hasta el mar... Echó un vistazo hacia la playa de Penalba y quedó confundido al ver la marea baja y el fango todo marcado con unas líneas que formaban unas parcelas independientes unas de otras y que se extendían hasta cerca de la Cortada, en Castropol. Su madre le explicó que se trataba de repoblaciones de especies autóctonas de la Ría: navajas, almejas, berberechos y otros. Que aquello había resultado un éxito y que daba trabajo a unas docenas de mariscadores autónomos. Según su madre, la intención inicial cumplida ahora, había sido la de explotar con mesura las especies autóctonas de moluscos existentes en la Ría, al tiempo que debía tratarse de evitar vertidos de cualquier tipo a las aguas. Empezando por el exceso de abonos que, como principio, debería reducirse su uso a una quinta parte de los usados hasta antes de la pandemia. Tenía entendido que, según informes, se había conseguido ya la meta marcada, al usarse ahora abonos orgánicos en su totalidad.

           Caminaron hasta el Muelle y allí reconoció los pantalanes deportivos ahora, le parecía, con más embarcaciones. En el embarcadero de la derecha le llamó la atención la cantidad de lanchas de pesca que había. Había sobre una docena, propiedad de pescadores autónomos que vivían de la pesca diaria. Caminando hacia la explanada del muelle, Juan se dio cuenta de que no había ni un solo automóvil en ella. Donde años atrás había un coche, ahora había un pequeño arbusto y así, de trecho en trecho, a lo largo del muelle.

           Juan desvió su vista y atención hacia la carretera a la altura del Pósito y vio bajar lentamente un trenecito pintado de blanco, con pinturas de colores representando anuncios. Sin tiempo a preguntarle a su madre qué era aquello, guiado por ella, embarcaron ambos y se sentaron en uno de los bancos del primer vagón. Salieron en dirección a la Laguna por la avenida de Gondán. Desde el trenecito Juan iba observando la cantidad de flores que había en macetas pegadas a la calle, ¡qué cuidado estaba todo! Se apearon a la altura de la Casa del Mar y desde allí caminaron hacia el parque de La Alameda. Estaba muy cambiado, ahora lleno de árboles con flores y césped muy cuidado. Al cruzarlo, al lado de una pista grande de tenis, se podía ver el aparcamiento de la Alameda lleno de coches. Estaban aparcados todos en la parte alta del pueblo y, desde allí, sus propietarios, bien caminando o en el trenecito, se dirigían a sus destinos. Siguieron a pie hacia el cementerio. Pasaron por la capilla de las ánimas  unos cien metros adelante, Juan, se quedó paralizado a la vista de aquella laguna, con patos y cisnes. Su madre le explicó que se trataba de A Lagúa Veya, que él no había conocido. Que la habían vuelto a situar en aquel terreno público, donde había estado desde siempre hasta los años 70 del pasado siglo, fecha en que fue rellenada de escombros, que se siguieron depositando allí durante muchos años más. Aquella laguna era ahora, a los ojos de Juan, una nueva hermosura. En ella, según le explicaba su madre, nidificaban especies de aves migratorias, además de servir para deleite de niños y mayores.

           La sirena de la fábrica de conservas hizo saber a los paseantes que era la una, la hora de la comida. Así que Juan y su madre regresaron al punto donde les había dejado el trenecito que, al poco tiempo, regresó para trasladarlos hasta la puerta de su casa.

           Comieron caldo de berzas —cultivadas por sus padres en el huerto de detrás de casa—, hecho por su madre antes de salir al paseo, por petición de Juan, que tenía en su mente aquellos sabores de antaño. Disfrutó a lo grande, como antes, paladeando aquellos manjares producidos por el compango y la verdura.

           Después de la siesta los dos hermanos, Juan y Óscar, salieron en dirección a Arnao. Ya pasado el puente de la autovía, Juan, reparó en unas nuevas aceras por las que se podía caminar sin mezclarse con el tráfico rodado. Los viales estaban separados de la carretera por una tela metálica. Por allí podían caminar hasta los niños sin peligro alguno. Pasada la segunda rotonda de la autovía, se presentaban a la vista fincas cultivadas con tomates, pimientos y otras hortalizas. En círculo, protegiendo a esas fincas, actuando de cortavientos, se veían árboles frutales cubiertos de flores de colores diversos. Según le apuntaba su hermano se trataba de árboles plantados hacia media docena de años, que darían de nuevo las inolvidables peras urracas y las manzanas de repinaldo, oriundas de la vecina Galicia. Los excedentes de aquellas cosechas estaba previsto fuesen destinados a mermeladas en conserva. Un poco más a lo lejos se veían prados muy cuidados con ganado vacuno de carne y de leche. En un arrabal cercano al mar pastaba un rebaño de cabras y ovejas.

           Llegaron a eso de las seis a un aparcamiento grande —desconocido para Juan— donde los dejó el trenecito que iba lleno de gente, todos disfrazados con sus mascaritas. Desde allí caminaron hasta una entrada franqueada por limoneros y naranjos, ¿qué era aquello? ¡Cuántas agradables novedades! —decía Juan cada poco a su hermano Óscar.

           —Esto es el nuevo parque de Arnao. Fue reacondicionado en tu ausencia. Verás, de la que caminamos te cuento.

           No pasó mucho tiempo sin que el joven convaleciente se sintiese cansado, como para pedirle a su hermano que lo llevase a casa. Los efectos de aquel virus demostraban que eran reacios en abandonar a sus víctimas. Regresaron charlando los dos hermanos, acordando que al día siguiente, sábado, volverían al parque para terminar de ver todas las novedades que Juan no había tenido tiempo de conocer.

           Juan durmió de un tirón hasta las nueve de la mañana de aquel sábado de junio. Se duchó y afeitó para bajar a desayunar. Bajando la escalera percibió el olor del café recién hecho, mezclado con el aroma de tostadas de pan, del horno de Benito. Después del desayuno salió ilusionado otra vez rumbo al parque de Arnao, junto a su hermano. Al ver a Juan repuesto del cansancio del día anterior, Oscar le propuso hacer unas visitas a pie por el pueblo y, dejando para el día siguiente, domingo, la excursión al parque de Arnao —Juan no acababa de asimilar tanto cambio como había visto desde su llegada a la villa. Aunque no tenía la más mínima idea de lo que le esperaba por conocer.

           Subieron desde casa caminando por la carretera hacia la plaza de San Feliz. Juan, se quedó sorprendido nada más coronar la última curva de la carretera, después de Palacio, y ver a su derecha, en la primera casa de la plaza, un letrero: “Casa Alejandro”. Su curiosidad, ante tal hallazgo le hizo entrar en el local. Se encontró allí con una tienda rodeada de estanterías repletas de latas de conservas, guisantes autóctonos, rollos de cordel y un sinfín de artículos más de toda índole. De repente, le vino a la mente el recuerdo de haber estado allí de muy niño. Y de que aquella tienda había cerrado hacía muchos años, ¿cómo podía ser? A la derecha, detrás de un minúsculo mostrador se encontraba sentada, repasando unas cuentas, la empleada que parecía regentar el negocio. Se levantó para saludar a Óscar, que le presentó a su

hermano. La chica extendió el codo y Juan, ya enterado de la nueva costumbre, le correspondió con el suyo. Ella era joven, de color, con expresivos ojos verdes —Óscar le contó después que aquella chica había nacido en una patera, cruzando el Mediterráneo, rumbo a un imaginario paraíso que, por suerte, había encontrado.

           Salieron de la tienda en dirección a la Biblioteca Miguel Teijeiro —la que conocían de siempre—. Unos metros antes del letrero de la Carnicería de Lisardo, Juan leyó otro rótulo con signos en negro: “Sastrería Cerdeira”. Al pasar por delante del escaparate y echar un vistazo a las prendas expuestas, llamó su atención una colección de boinas curiosamente ordenadas de mayor a menor. Le parecieron iguales a las que usaba su abuelo Paulino. Se acercaron a la Biblioteca —la mayor de las cuatro que ahora había en el pueblo, le informó Óscar—. Estaba cerrada, no se habían percatado de que era día de descanso. Siguieron caminando hasta pasada la primera curva de la carretera después de coronar el pueblo, en dirección a la vieja farmacia. Se encontraron a la derecha, después de las escuelas de la extinta Fundación Villamil, detrás de la antigua casa sindical, con una nave bastante grande, disimulada con unos arbustos que parecían protegerla. Destacaba en el frente una placa en letras rojas: “Conservas La Perseverancia”...

           —¿Y eso? —preguntó Juan a su hermano Óscar.

           —Es la nueva fábrica de conservas, con el nombre recuperado de otra existente hace ya muchos años. En ella trabajan una docena de personas. El barco que viste ayer salir de madrugada a la mar, con diez tripulantes, es el que la provee del pescado para sus envasados —Juan no daba crédito a sus descubrimientos.

           Decidieron dar la vuelta y volver sobre sus pasos hasta la Plaza de San Feliz. Una vez allí, se desviaron por la calle de la Alameda. Nada más enfocarla con su presencia aparecieron ante sus ojos cuatro letreros seguidos en otros tantos negocios. El primero, en letras pequeñas, situado en la primera casa de la calle por su izquierda, “Rosina de Rosa - costura”. El siguiente, “Fonda Casa Bobis”. Dos portales más adelante, “La tienda de Inés – corsetería” y en la esquina con la Calle de Atalaya “Pasarón, chigre”. A unos cien metros, en la misma calle de La Alameda, en la acera derecha, se divisaba un pequeño letrero en letra gótica: “A tenda de Lolita”. Entraron en el Bobis para tomarse un refrigerio, para luego seguir en su novedoso paseo por la villa —Juan, sentía la sensación de haber aterrizado en otro planeta.

           Cerca de la Iglesia ya, que había sido casa de peregrinos, según reza un letrero informativo a su vera, se encontraron con una tienda de comestibles, “A tenda de Camila” y, pegado, “El estanco de Manolo” —que pertenecía también a Camila—. De repente, la mente de Juan pareció iluminarse, al recordar una anécdota que su padre les contaba muchas veces en las sobremesas. Se refería a Manolo, el del estanco, le llamaban “Manolo de Camila” y, por ese motivo, Manolo hacía saber muchas veces, socarronamente: “somos tan pouca cousa os homes nín, que eu non son nin siquiera Manolo de Manolo, son namás Manolo de Camila, ¡manda calao!

           Más abajo, ya en el número 15 de la Calle Covadonga, se encontraba otro letrero horizontal, situado encima de la puerta: “A frutería de Consuelo”. Siguiendo dirección a muelle dos letreros más, “Comestibles Fermín Gasalla” y “Carnicería Adolfo”. Un poco más abajo, en la Calle de A leña, una nueva y agradable sorpresa ocupó la mirada de Juan. Había, incrustada en el mismo centro de la calle, una rosa de los vientos. Óscar le explicó que era de barro cocido con baño de porcelana —Juan, de repente, se quedó serio pareciendo estar pensando para sus adentros que, aquella Rosa, ayudaría a tener siempre presente y bien marcado el Norte para no perderlo nunca jamás. En la casa de la esquina un discreto rótulo, pintado en letra gótica de color azul, “Bar Casa Narcisa”.

           Ya en el Muelle, tomaron un chiquito en “Casandra – comidas” y otro en “El Peñalba”, para a eso de las dos irse a comer el menú a “Casa de Parapar”. Curiosamente, todos aquellos nombres habían sido recuperados de otros establecimientos, aunque sus propietarios actuales nada tenían que ver ya con los de aquella época. Durante la comida en el bar de Casandra, siguieron hablando de infinidad de asuntos relacionados con el pueblo. Juan le comentó a su hermano que una de las cosas que le habían causado admiración era ver el pueblo impoluto, libre de excrementos de perros. Pues recordaba que hacía años había que mirar bien por dónde se pisaba, so pena de no llevar a casa desagradables olores. Óscar le dio la explicación pertinente, con la causa que había dado lugar a tal orden y limpieza por las calles:

           —La normativa aplicada dice que es responsabilidad de sus dueños dejar los escenarios que frecuenten en la misma condición en que los encuentren para su disfrute. Las mascotas deben de ir sujetas por una correa. Se portará bolsa y guantes para recoger sus detritos sólidos y se procurará que no orinen contra paredes, puertas, aceras y farolas. De hacerlo, se corregirá la falta con agua que habrá de portarse en un recipiente, so pena de multa. Aunque los dueños de perros están convencidos ya de esta práctica y no hacen falta multas.

           Al iniciar la subida a Rapalacóis, a la derecha, en el antiguo Pósito de Pescadores, destacaba un letrero, “El Náutico”. Allí, en mesas separadas, una docena de personas contemplaba la ría tomándose un refrigerio.

           —¿Del Náutico sí te acordarás, no? Ya estaba hace diez años —interrogó Óscar. Una siesta reparadora hizo descansar a Juan del trepidante paseo de la mañana. A eso de la cinco de la tarde Juan ya estaba tomándose un café en la cocina, con la compañía de su madre, su hermano y una gran dosis de ilusión que compensaba su cansancio. Óscar, calando la mermada condición física de su hermano, lo invitó a ir a dar un paseo en burro hasta la zona de Arnela. Juan, aceptó de inmediato.

           A Playa de Arnela, en la bajamar, estaba limpia y recogida. Óscar, le dijo a su hermano:

           —Recordarás que hace años, cuando bajaba la marea, se veían bandejas de plástico negro por doquier, junto a hierros y palos abandonados, provenientes de explotaciones de acuicultura. Hace años se impulsó la limpieza de la Ría, con los resultados que puedes observar. Desde entonces cada explotación, para funcionar, ha de tener un seguro que garantice, en caso de cierre, el volver la parcela a su estado natural.

           Siguieron cabalgando a la sombra de la fraga por la senda costera hasta la parte más entrante en la zona del “Mar Pequeno”. Se bajaron de las monturas para observar el gran talud situado a continuación del Prado de los niños muertos (después de A Cruz del Cobo”). Allí, en uno de los lugares más soleados y abrigados de la zona, estaban instaladas decenas de colmenas para producción de abundante miel para endulzar la vida —le comentó Óscar—. Le dijo, también, que los apicultores habían conseguido controlar y casi erradicar la invasión de la abeja asiática...

           Dejaron los pollinos amarrados a la sombra de unos frondosos laureles y siguieron a pie rodeando el Mar por su parte oriental. Pronto se encontraron con una explanada voladiza, situada entre un muro de grandes piedras y la parte interior del Mar Pequeno. La cabecera de este muro, que empalmaba con la ribera, estaba rematada con una pequeña edificación cubierta de pizarra, con un par de ventanucos y una puerta de madera. El estado de todo aquel conjunto hacía ver que se había rehabilitado recientemente.

           —Mira, Juan, este molino, conocido como Molin das Acías, que tú conociste abandonado, fue rehabilitado hace poco tiempo. Es similar a los muchos existentes en la Bretaña francesa, de dónde probablemente fue tomado el modelo. La energía que usa es gratuita, ya que aprovecha las mareas para mover sus rodeznos.

           El molino no estaba aún en funcionamiento. Bajaron por la rampa agarrados a la barandilla de roble hasta llegar a la puerta del molino, que estaba abierta. Allí un joven molinero, vestido con ropas blancas, les explicó el funcionamiento de aquella recuperada maravilla. Aunque la obra parecía terminada, faltaban aún permisos y papeleos para poder dar comienzo a su explotación. La idea era que fuese usado para moler el grano de los productores de la zona —les dijo el molinero.

           —Todo está cambiadísimo, pero la burocracia parece que sigue igual que antes —dijo Juan a su hermano.

                                                                      4

La cruel enfermedad sufrida por Juan seguía pasándole factura: problemas para caminar, cansancio, algunos trombos que se manifestaban cuando menos se esperaba y dificultades para respirar. Los médicos, al darle el alta, le habían advertido de que su salud tardaría años en volver a la normalidad de antes. Juan sospechaba que, por lo que diariamente palpaba desde su alta en el hospital, efectivamente tendría que pelear con una recuperación lenta y problemática.

El día siguiente amaneció con una niebla espesa que cubría toda la ría. Pero, caprichos de la naturaleza, a eso de las once lucía un radiante sol. Así que después del desayuno, Juan salió del brazo de su madre para seguir descubriendo novedades.

           Repitieron viaje en el trenecito. Se apearon en el camino de entrada al Faro de Arroxo. Una vez allí, visitaron el rehabilitado lavadero, después de muchos años de abandono. Él lo había conocido lleno de maleza desde siempre. A la izquierda, en dirección a la ensenada, vio una pequeña muralla almenado, totalmente rehabilitada. Juan la recordaba desde niño toda derruida. Ahora se había cumplido su sueño de verla algún día igual que cuando había sido construida.

                                                                      5

           A Juan, el haber descubierto tantas cosas nuevas en tan poco tiempo le sirvieron para quitarle parte de las horas de sueño, las que aprovechó para dedicarlas a hacerse una composición de lugar en medio de todo aquello que día a día iba descubriendo. Estaba seguro de que los efectos producidos conducirían a las nuevas generaciones a una vida mejor. A una vida libre de estrés y sinsabores, que abandonaría el afán de riquezas y del consumismo exacerbado instaurado hasta ahora. Todos aquellos cambios y proyectos conducirían a los habitantes de la villa a un nuevo modelo de vida, seguramente mejor que el que les tocó vivir a sus padres y abuelos. Una vida a la que sus antecesores se habían visto arrastrados sin poder hacer nada por evitarlo. Recordaba aquellos relatos oídos a sus padres en la sobremesas, alegando que las necesidades y creencias inculcadas en su juventud estaban seguros entonces de que los conducirían hasta un modelo de vida cada vez mejor, que les permitiría ser dueños de una casa y regresar de vacaciones a su pueblo estrenando un utilitario o, por lo menos, unos zapatos que al caminar irían enseñando sus flamantes suelas color crema ante la admiración de todos. Habían salido de sus pueblos y aldeas —contaban sus padres— con una mano delante y otra detrás, escapando de las miserias derivadas de la reciente guerra, si no en el frente, sí en su entorno. Se marchaban a la aventura buscando aquella especie de paraíso terrenal. Pero la realidad agazapada les haría ver que nunca llegarían hasta aquel pretendido lugar. Esa tierra prometida no solía llegar casi nunca ya que, muchas veces, era truncada por un infarto, desgracia, enfermedad inesperada o un precario trabajo que no podrían mejorar. —Juan se entristecía pensando en aquellos claros ejemplos ocurridos a los de su anterior generación. Creía que ese modelo económico de vida practicado durante décadas, ruidoso, rebosante de presiones, obligaciones, adversidades y compromisos hoy ya no era el modelo más deseado para la mayoría de los ciudadanos. Sobre todo después del último escarmiento presuntamente sembrado por alguien, bien de la mano de la naturaleza o de los hombres, la gran pandemia del Coronavirus, sufrida al final de la última década. Lo ocurrido, solo se podía imaginar hasta entonces en libros y películas que se tornaron después en tenebrosa realidad. A pesar de las secuelas dejadas por aquel mal, Juan, se sentía contento de seguir viviendo de nuevo en su querida villa. Habían pasado cien años desde la penúltima gran pandemia, la mal llamada gripe española, que había matado a millones de personas en el mundo. Esta debacle quedaba ya muy lejana y olvidada por todos. La Historia parece empujarnos a creer que la memoria del ser humano, en algunos casos, es una memoria no mayor que la de pez.

           A Juan le preocupaba mucho el mal uso del teléfono móvil por parte de los jóvenes, y menos jóvenes. En pocos días llegó al hilvanar en su cabeza un montón de razonamientos que a él le parecían imprescindibles para sacar adelante a una juventud rodeada de todo lo que deseaba. Juan, una y otra vez, hacía especial hincapié en un uso adecuado del móvil, limitando su utilización a no más de una hora diaria, debiendo olvidarnos de las más de diez, de media, mientras duró la cuarentena por el Coronavirus —según había leído en un diario—. Idéntica recomendación para el tiempo malgastado mirando a las televisiones, que debería de ser sustituido por la lectura de libros que, además de aportarnos cultura y reconfortarnos el espíritu, abundan ahora más que nunca en nuestras bibliotecas y, además, su uso es gratuito.

           Todas esas inquietudes empujaron a Juan a buscar y llegar a conseguir la amistad con una persona con la que poder departir sus inquietudes, para tener la posibilidad de llegar a realizarlas para bien de todos. La encontró en una amiga concejala del nuevo Ayuntamiento —El actual Ayuntamiento estaba formado por la escisión de varios limítrofes desaparecidos hoy. Con ello se había conseguido reducir gastos y ganar en efectividad en lo que se refiere a prestación de servicios al pueblo, con menos recursos—. Esta amiga le había contado, sentados en una mesa del parque de Arnao, con motivo de una merienda, que en la corporación municipal se estaba tratando por todos los medios posibles y lícitos, de cambiar las rutas de los aviones que diariamente, y desde hacía muchos años, no habían dejado de sembrar malignas contaminaciones por encima de nuestras cabezas.

           Aquella joven e ilusionada edil, empujada aquel día por el vino, como humana que era, decía que el fin no era otro más que situar como preferente en el mundo a los seres humanos por encima de baladíes intereses. Siguió relatando y confiando en la discreción de Juan. Le dijo que en los proyectos de remodelación de la villa se recomendaba que industria y naturaleza caminasen siempre de la mano ya que están condenadas a entenderse contemplando, entre otras recomendaciones, la instalación dual de fábricas; es decir, una fábrica, una depuradora... Se estaba ya impulsando el comercio de pueblo —Juan había visto con ilusión los nuevos comercios, espacios y construcciones nuevas— para la distribución de lo producido en la zona y, al mismo tiempo, no quedarnos en manos de intermediarios que en cualquier momento podían fallarnos, dejándonos colgados con las necesidades a cuestas esperando por lo que no llega. Se contemplaba recuperar los oficios desaparecidos, comprendidos en el primer y tercer sector de la economía, para poder atender las demandas de primera necesidad del pueblo, así como enlazarlas con la pretendida nueva vida: zapateros, modistas y sastres, pescadores, carpinteros, albañiles, ferreiros, jardineros, ganaderos, labradores, viajantes, panaderos...amas y amos de casa —Juan sabía que sería imposible y no aconsejable escapar de la globalización, pero sí creía que se podían mejorar muchas cosas hasta ahora no abordadas–.

           En ese ambicioso programa también se contemplaba buscar una atalaya adecuada para resucitar la antigua y desaparecida Casilla de observación que había estado situada cerca del Cotarelo. Parece ser que estaba también previsto que los vecinos aficionados al buceo extrajeran, para su exposición, los restos de barcos naufragados, pegados a la costa —localizados desde hacía años—, probablemente con parte de sus enseres conservados. Poner en funcionamiento las panaderías necesarias para suministrar al pueblo el pan necesario para su manutención... En fin, un montón de proyectos a cual más interesante.

           Al final de aquella razonada conversación, Juan, aconsejó a la joven política que como primeras medidas deberían ser rehabilitados de inmediato y puestas en funcionamiento las escuelas nacionales para, con ello, evitar concentraciones diarias de todos los niños del municipio en un solo centro. Con una escuela en cada pueblo se matarían dos pájaros de un tiro: primero se evitaría la propagación de muchos contagios masivos por benignos o temibles virus. De esa forma, los niños vivirían más tiempo en su pueblo haciendo, a la par, que esa costumbre les hiciese amar sus raíces para en un futuro fijar sus vidas al entorno donde se habían formado. A pesar de su estado eufórico la concejala parecía prestar oído fino a lo comentado por su amigo.

 

           Al día siguiente de la larga conversación con su amiga, la edil, Juan, se había levantado tarde, con el estómago revuelto y la cabeza abotargada. Esta vez el problema no había sido a causa de las medicinas que ingería. Se quedó en casa toda la mañana sentado en la cocina, junto a su madre, necesitado de su dulce conversación. Su madre se puso a trabajar una masa que sacó de la nevera. Le explicó a Juan que era una receta de Pepita da Valeria, que le había facilitado un familiar que habían encontrado en un legajo de aquella reconocida cocinera de mediados del pasado siglo XX. 

—Se trata de una receta magistral —le dijo su madre— para hacer pan sin necesidad de amasar. Con la ayuda de una cuchara de palo, mezclamos medio kilo de harina, una nuez de levadura, una cucharadita rasa de sal y agua. Después metemos la masa en un bol tapado con un paño y lo dejamos reposar 12 horas en la nevera (antes reposaba “al fresco”, pues no había nevera). Pasado ese tiempo, vaciamos la masa sobre una superficie enharinada y con unos suaves estiramientos se forma el pan. Lo dejamos reposar a temperatura ambiente una hora y lo cocemos en el horno, previamente precalentado a 230º. Horneamos 15 minutos. Después bajamos la temperatura a 200º y seguimos horneando 15/20 minutos más. El resultado es un pan crujiente y delicioso” —la harina y levadura ha de comprarse en la panadería para evitar una competencia desleal.

           ¡Qué caudal de agradables noticias y conocimientos estoy viendo y palpando desde mi regreso a la villa, mamá! —exclamó Juan en voz alta.

 

                                                                      6

 

           Juan no daba crédito a todo lo nuevo que contemplaba en su pueblo. Algunas veces dudaba si su enfermedad le estaba aplicando una mala pasada, haciéndole soñar y olvidarse de lo que antes había vivido y ahora necesitaba para hacer comparaciones. Pero por más que pensaba en ello, llegó al convencimiento de que todas las novedades observadas ahora, antes de haber enfermado él no existían: el trenecito para cubrir los fines de semana el trayecto hasta Arnao y viceversa. Los demás días prestando servicio por la villa, con fin y comienzo de trayecto en el Muelle —con la recomendación de dejar aparcados los vehículos en La Laguna—. Las zonas más abrigadas del pueblo pobladas con limoneros cuatro estaciones, naranjos y pomelos, para que el pueblo se viera colmado de la tan necesaria vitamina C, ayudando a fortalecer sus defensas — pensaba Juan—. Su mente no dejaba de trabajar y se le ocurrió que tenía que tratar de convencer a su amiga concejala, para promover la apertura de un fondo de reserva dedicado en exclusiva a financiar mini-fábricas destinadas al abastecimiento a escala suficiente y no más, de máscaras, guantes, así como toda clase de pequeño material sanitario necesario para ayudar a combatir a futuros virus con orden y eficacia no falta de higiene. El primer impulsor debía de ser el Ayuntamiento. De esta forma, al menos en ese apartado, quedaría rehabilitado nuestro talón de Aquiles, tan tocado desde la última pandemia, según era sabido por todos los habitantes.

                                                          7

           Pasados unos meses desde su vuelta a la villa Juan ve que, como antaño, reina la alegría en sus calles. En Arnao, los fines de semana desde mayo a octubre, llaman la atención las familias con sus niños alborotadores, volando sus cometas, caminando en equilibrio con sus largos zancos de madera, rodando sus aros y practicando toda clase de juegos que habían sido olvidados. Jóvenes divirtiéndose, haciendo deporte, abuelos tranquilos, respirando sin respiradores. Todos felices aunque, de momento, sin intercambiar abrazos y besos —Juan no entendía como había podido ser abandonada años atrás esa práctica tan necesaria para el ser humano, que había sido sustituida por un toque chocándose los codos–. Estaba seguro que las nuevas formas no cuajarían y que más pronto que tarde volverían las de antes. El ser humano ha de tocarse piel con piel, no puede ser de otra forma para expresar sus atenciones y sentimientos hacia los demás.

           El Campo de Arnado, un trozo de paraíso situado en la parte más occidental de Asturias, en una península triangular que se extiende desde la playa de Arnao, la Punta de la Cruz y el merendero del río de Salgueiro. Nos ofrece un remanso de paz y una válvula de escape para el pueblo, después de haber sido transformadas aquellas tierras en un inmenso parque rodeado de árboles autóctonos para disfrute de todos. El merendero con sus barbacoas, mesas y bancos rehabilitados y una nueva placa solar, que le da luz, sustituyendo a la desaparecida hace años. Ya hemos sido liberados del campo de tiro, que ha sido desplazado a tres millas mar adentro, evitando así ensordecedores ruidos, además del sembrado intensivo de plomo en el mar. El nuevo predio —costeado por los deportistas aficionados—, está ahora situado en una isla flotante, gozando de medidas para evitar la contaminación acústica y plomífera. Las lanchas de pasaje, provistas de silenciosos motores de hidrógeno, conducen hasta allí a los usuarios de la nueva parcela deportiva. La desaparición del campo de tiro, añadido a la anterior clausura del campo deportivo de aviación, es la consecución de una meta anhelada por los ciudadanos desde hace muchos años.

           Juan, siente la sensación de estar inmerso en un viaje a una vida mejor que va contemplando a cada paso, aunque seguramente no feliz del todo para todos. Es todo esto una especie de maná caído del cielo para beneficio de los habitantes convencidos de vivir en las zonas rurales. No cabe duda alguna que el Covid-19 ha hecho surgir un antes y un después en la vida diaria de nuestro pueblo y de otros de la España rural.

           Con motivo de la venida de gentes procedentes de las grandes ciudades a los pueblos, se palpa en el ambiente que paulatinamente se resolverá para muchas generaciones el problema de la demografía, del llamado vaciado de los pueblos y zonas rurales. Se vienen a los pueblos cansados de la vida en las grandes urbes, convencidos y dispuestos a cambiar su modo de vida, alejándose de las aglomeraciones, hacinamientos, estrés y problemática vida diaria practicada hasta antes de la gran Pandemia. Todo un cambio para las actuales generaciones y una realidad para las venideras.

           —¡Qué ingenua es la humanidad! —dice Juan a su amiga concejala—. ¿Dónde tendrá la próxima vez su tendón de Aquiles? ¿Cómo es posible que cosas que eran baratas antes de la pandemia pasaran a costar una barbaridad?

 

                                                                      8

 

           Yo, Juan, entiendo que debo poner fin aquí a mi relato, pero antes he de dejar plasmada la recomendación de aquella sanitaria, ya entrada en años, que tuve el gusto de conocer los últimos días de mi internamiento en el hospital. Ella me dejó marcado por su bondad, por su afición a la lectura y, cómo no decirlo, por su belleza y lozanía infinita que aún conserva. Su sonrisa refuerza mi salud. Doy fe de ello, pues siempre la visito en su departamento cuando acudo a revisiones. Esa recomendación no fue otra que la de aconsejarme leer los cuatro libros escritos por alumnos del Taller de escritura de la Biblioteca: “Escrito en Figueras”, ”Figueras cuenta”, “Pudo pasar en Figueras” y “Figueras escribe”...

           Yo, después de leerlos, he de decir que es condición indispensable el hacerlo para conocer a fondo el pueblo, integrándose en él, perdiéndose por sus callejuelas descubriendo sus historias, vivencias y costumbres que, muchas de ellas, las mejores, con seguridad que serán repetidas y podéis disfrutarlas.

 

                                              Antonio Valle Suárez (20.05.2020)

APERTURA DE CONSULTORIOS MÉDICOS

Publicado: 27/06/2020 09:09 por castropol en varios
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Las urgencias se  atenderán en la capital del concejo, que recupera el horario habitual, de ocho de la mañana a tres de la tarde

Ana M. Serrano  26.06.2020 | 01:08

Castropol y Figueras recuperarán las consultas médicas habituales en el mes de julio salvo las de pediatría, que se mantienen en Vegadeo. El primero abrirá el miércoles, día uno, y el segundo el viernes tres de julio.

Según informa el gobierno municipal, el horario en Castropol será de ocho de la mañana a tres de la tarde. Para pedir consulta con el médico de familia se podrá llamar al teléfono habitual. Habrá servicio de enfermería, urgencias, análisis y sintrón y la plantilla la formarán tres médicos y tres enfermeros. En la primera planta, trabajarán dos profesionales de cada especialidad. La planta baja se reserva para atender casos de coronavirus.

En cuanto al consultorio de Figueras, abrirá de ocho a diez y media de la mañana. Los miércoles se atenderán analíticas y los viernes, casos de sintrón. El resto de consultas, incluidas enfermería y urgencias, se derivarán en Castropol.

El Ayuntamiento aconseja ser puntual y acudir con mascarilla. En la zona, muchos usuarios reclamaban la reapertura de los consultorios periféricos, los más cercanos a la población envejecida de los pueblos alejados de las capitales de concejo. El Principado se vio obligado a reorganizar los servicios en marzo a causa de la pandemia del coronavirus.

Levante-emv

Las dos villas marineras de la comarca asturiana del Eo, Castropol y Figueras, parecen diseñadas para ese viajero tranquilo, sin prisas,

Regina Buitrago  23.06.2020 | 10:22 

La villa de Castropol y el estuario del río Eo.
La villa de Castropol y el estuario del río Eo.

Su pasado romano y castreño, las historias de piratas y de incendios devastadores, los barcos para la Armada española construidos en carpinterías de ribera, los tesoros hundidos en la ensenada de la ría, la fábrica de papel reconvertida en orfanato durante la Guerra Civil española... son relatos en piedra, hierro y madera que tejen la apasionante historia de estas dos villas ribereñas que abrazan la ría del Eo. Desde hace cientos de años, en el extremo occidental asturiano, se miran frente a frente Castropol (capital del concejo) y Figueras, las dos villas marineras de una de las seis Reservas de la Biosfera que posee Asturias: la Comarca de Oscos-Eo y Tierras de Burón. Este concejo costero ostenta varios hitos naturales incluidos en la Red Regional de Espacios Naturales Protegidos.

 

Castropol: Castros y orgullo medieval

El municipio de Castropol posee la más alta densidad de castros catalogados en Asturias y hunde sus raíces en la llamada Pobla de Reboredo, la primera puebla del Principado de Asturias. Es el municipio más occidental de Asturias, con una amplia rasa costera, y está ubicada en un montículo, a una altitud me dia de 10 metros sobre la ría. Posee un Conjunto Histórico Artístico catalogado en el año 2004 como Bien de Interés Cultural (BIC) y su Comunidad vecinal fue Premio Príncipe de Asturias al Pueblo Ejemplar en el año 1997. La villa de Castropol atesora diversos edificios que bien merecen una parada y cuya aproximación nos ofrece una visión conjunta de su pasado marinero, guerrero y culto. 

En el antaño llamado Campo de Tablado, o de Santa María, se conserva la capilla del Santa María del Campo (siglo XV), superviviente al terrible incendio del año 1516, y en su entorno, los palacios de Valledor, de los Marqueses de Santa Cruz de Marcenado (siglos XVIXVIII) y la Casa de las Cuatro Torres (siglo XVIII). Anexo a todo ello, el conjunto modernista del Parque de Vicente Loriente presidido por el imponente monumento al marino Fernando Villaamil (1911), y por el elegante Casino-Casa de Cultura, sede también de la afamada Biblioteca Popular Circundante, fundada en el año 1921 y considerada una de las mejores de España. Pero el monumento en sí es la imagen que ofrece, en conjunto, el pueblo de Castropol, emergiendo sobre la ría, con su silueta oval coronada por la torre de la iglesia de Santiago apóstol y avistable desde Figueras y Ribadeo.

 Como sorpresas espontáneas e irrepetibles, Castropol y su ensenada regalan magníficos monumentos naturales, como el islote arbolado del Turullón o el gran banco de arena llamado El Tesón. En cuanto a las playas de la localidad, Castropol ostenta un Monumento Natural: la playa de Penarronda. De sus aguas emerge el Castelo, una formación rocosa erosionada en su interior, que fue bautizada con el nombre de "peña redonda" y, de ahí, Peñarronda. Su margen derecha está reservada para los aficionados a la práctica del surf.
 
Una buena manera de conocer estas villas ribereñas es hacerlo a pie o en bicicleta por la senda costera.Una buena manera de conocer estas villas ribereñas es hacerlo a pie o en bicicleta por la senda costera.

Figueras: Bello conjunto histórico

Figueras es otro de los dieciocho puertos pesqueros de Asturias y la villa de mayor población del concejo de Castropol. Fue villa conservera, aunque no por mucho tiempo, y con una reconocida tradición en astilleros de ribera. En la actualidad, más contemporáneos, aunque con una larga experiencia, los Astilleros Gondán fabrican barcos para el siglo XXI. También Figueras posee ejemplos de arquitectura muy interesantes, como su iglesia parroquial, patrocinada por el Gremio de Mareantes, dedicada también a Santiago Apóstol, y la ermita de la Atalaya, con factura del siglo XIX y enclavada en un lugar de observación y de paso (cerca del Puente de los Santos). De entre los edificios más contemporáneos cabe destacar el bellísimo Chalet de Doña Socorro, de marcado carácter indiano y de estilo art Nouveau, el actual Hotel Palacete Peñalba. Y dentro del marco educativo que caracterizó a este municipio destacan las Escuelas Laicas, actual Fundación Villamil inauguradas en 1917, y la Torre del Reloj (1927), actual Biblioteca Pública Municipal.

 Sobre el puerto, el llamado Pósito de Pescadores (1932), sede de la Cofradía de Pescadores, se ha reconvertido en una atractiva terraza hostelera. Como producto de los enfrentamientos bélicos acaecidos en el siglo XVIII existe un yacimiento submarino en la ensenada de Arnao: un navío del siglo XVIII y catorce cañones que duermen en los fondos arenosos de la bahía. Y en cuanto a la arquitectura natural, lo más llamativo y visible cuando baja la marea, ubicado frente a Figueras, es el islote de arena de A Berlinga. Aunque el hecho más importante para la comarca fue la construcción, en 1987, del Puente de los Santos, en la separación de 600 metros que une Asturias, partiendo de Figueras, con Ribadeo (Lugo).

Otra carta de la Ría, de 1787

Publicado: 23/06/2020 10:18 por castropol en Curiosidades
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Los alcaldes de Vegadeo y Ribadeo. EP 
Los alcaldes de Vegadeo y Ribadeo. EP
Los regidores tuvieron sendos encuentros en los puentes de los Santos y Porto alcaldes de Ribadeo, Fernando Suárez Barcia, Castropol, Quico Vinjoy, y Vegadeo, César Álvarez, escenificaron este domingo por la mañana la reapertura de fronteras interautonómicas con sendos encuentros en los puentes de los Santos y Porto, que comunican Ribadeo con los dos municipios asturianos.

La propuesta surgió del alcalde ribadense tras el acto similar realizado por Miguel Ángel Revilla e Iñigo Urkullu entre Cantabria y el País Vasco.


[Los alcaldes de Ribadeo y Castropol. EP]

xLos alcaldes de Ribadeo y Castropol. EP

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Quiero rendir mi particular homenaje, con la debida antelación, al REGIMIENTO DE INFANTERÍA DE LÍNEA DE CASTROPOL, con motivo del 212 aniversario de su creación por la Junta Suprema de Asturias el 17 de JUNIO de 1808.
Dicho regimiento combatió con gloria por la independencia nacional ante la invasión francesa.
Declarado Benemérito de la Patria el 25 de enero de 1811 en el ataque de Villanueva de los Castillejos (Huelva), y por segunda vez en la batalla de Albuera (Badajoz) el 16 de abril del mismo año.
Asumido con el tiempo en otras unidades hasta su total desaparición.
Se adjuntan ilustraciones de la placa conmemorativa de su primer centenario, uniformidad, hoja de servicios de un oficial y datos de su guarnición posterior en Melilla (1815).
Y la Cruz de Distinción del Ejército Asturiano, creada por R.O, de 4 de junio de 1815 para
" premiar el entusiasmo, valor y bizarría con qué se condujo el ejército asturiano en el tiempo en que circundada de enemigos aquella región, y sin auxilios del Supremo Gobierno se sostuvo durante un año a pesar de sus reducidos efectivos, con escarmiento para el enemigo al
que batió y rechazó con mucha gloria de las reales armas y honor de sus naturales."
(Ilustraciones de uniformidad del regimiento, sacadas del libro
"El Regimiento de Infantería de Línea de Castropol", autor José Luis Calvo Pérez; por si alguna persona desea profundizar algo más en su historia).
Agustiín López Campos
 

 

Publicado: 14/06/2020 09:00 por castropol en Eventos Biblioteca
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La sedimentación de la ría

Publicado: 11/06/2020 17:21 por castropol en Colaboraciones
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 Arriba: delimitación de los sedimentos de la ría en 1956 y en la actualidad, realizada a mano alzada sólo en base a la interpretación visual de ortofotos, por lo que se trata de una mera estimación visual. Abajo: sedimentos aluviales colonizados por cañaverales cerca de Vegadeo (fuente: Google Street View).

 

 Recientemente se han publicado en este blog dos cartas náuticas de la ría datadas en 1807 y 1812. Estas cartas han dado lugar a algún comentario sobre la sedimentación de la ría, a propósito de lo cual a continuación daré mi opinión sobre esta cuestión.

Conviene precisar antes de nada, que estas cartas de navegación no abarcan la ría en su totalidad hasta Abres. Y ni siquiera hasta Vegadeo. Sino únicamente su parte final, aproximadamente entre el pueblo de Castropol y el mar.

Generalmente se tiende a analizar el fenómeno de sedimentación de la ría atendiendo a los cambios que han experimentado los tesones de arena de mar en esta zona de la ría. Y como parece que en los dos últimos siglos no se perciben unos cambios apreciables en ellos, entonces parece concluirse que la sedimentación de la ría es muy lenta o incluso inapreciable, por lo que no supone un problema a considerar. Sin embargo, como expondré a continuación creo que este análisis es erróneo.

De forma general, la sedimentación y colmatación de las rías o estuarios es un proceso fluvial, y no marino. Ya que se produce por la acumulación de sedimentos de lodos y arcilla que aportan los ríos, y que las corrientes del mar —fundamentalmente la marea— no son capaces de retirar. De modo, que la sedimentación en las rías generalmente no se produce por la entrada y acumulación de arena marina o de playa desde el mar por la desembocadura. Y el mar no influye en este proceso aportando sedimentos marinos, sino sólo en función de su mayor o menor capacidad para retirar los sedimentos que aportan los ríos.

Esta sedimentación fluvial aluvial se produce fundamentalmente en las zonas del fondo de las rías. En estas zonas el cauce se ensancha y el caudal fluvial deja de ser el dominante frente a las corrientes de la marea. La corriente fluvial pierde ahí su velocidad y energía, y por consiguiente su capacidad de transporte, depositando en esas zonas los materiales sólidos que transportaba. A las zonas de la ría cercanas al mar no llegan apenas los sedimentos fluviales, por lo que allí no se produce su sedimentación.

Por ello, para estudiar la sedimentación en la ría y su evolución es más interesante fijarse en cómo y cuánto ha cambiado la sedimentación en las zonas de la ría situadas mucho más aguas arriba de los tesones.

Cerca de Vegadeo existe una gran barra de sedimentos fluviales, situada en la margen izquierda inmediatamente aguas abajo del terraplén del FEVE. Estos sedimentos no son arenas de playa aportadas por el mar, como los tesones, sino sedimentos arcillosos aportados por los ríos, fundamentalmente el Eo. Aunque es posible que el río Suarón (y en menor medida también el Monjardín) contribuyan de forma bastante significativa al aporte de sedimentos debido a su torrencialidad (provocada por la forma compacta de sus cuencas vertientes, que se traduce en unos tiempos de concentración muy reducidos, lo que ocasiona grandes crecidas de origen pluvial asociadas a tormentas, y que probablemente se ven aumentadas por los encauzamientos y obras de defensa que aumentan la velocidad del agua y disminuyen más aún ese tiempo de concentración), utilizando esa zona de la ría cercana a su desembocadura en Vegadeo a modo de cono de deyección torrencial en el que depositan sus caudales sólidos. Como se aprecia en la figura (y como cualquier habitante o conocedor de la zona sabe perfectamente) en esta zona, estos sedimentos fluviales constriñen la ría hasta convertirla en un canal con una morfología claramente fluvial.

Como se aprecia en la figura, parece que las barras de sedimentos aluviales han aumentado de forma considerable en los últimos 60 años en la ría, desplazándose hacia aguas abajo. Por lo que me temo que en futuro esta dinámica continuará. Así que parece que en futuro la sedimentación de la ría va a estar más determinada por el avance de estas barras de sedimentos arcillosos de origen aluvial que por los movimientos de los tesones de arena de mar o de playa.

Se pueden reseñar varios aspectos que afectan a esta sedimentación aluvial, así como algunas posibilidades y limitaciones para actuar sobre ella:

  1. Los bosques de eucalipto existentes en la cuenca vertiente del río Eo, localizados en laderas de muchísima pendiente y en los que se realiza una selvicultura intensiva con aplicación de cortas a hecho siguiendo las líneas de máxima pendiente y con la realización del arranque de las cepas cada varios turnos de corta. Probablemente estas prácticas forestales aumentan de forma importante la llegada de sedimentos a los cauces, que luego son transportados por la corriente hasta la ría. Desde la carretera nacional N-640 entre Vegadeo y Meira se pueden ver bastante bien estas prácticas forestales. Por tanto, parece necesario que se establezcan restricciones hidrológicas sobre la selvicultura y los aprovechamientos forestales en la cuenca vertiente.
  2. Me pregunto cómo, o más bien cuánto, habrán afectado las estructuras artificiales construidas en la ría en el último siglo a la capacidad de las corrientes marinas para retirar estos sedimentos aluviales. Me refiero principalmente a (1) el terraplenado de la ría y los diques y escolleras de Ribadeo, (2) a los pilares del puente de Los Santos, (3) al terraplén del FEVE sobre la ría en Vegadeo, (4) al puente de Porto en Vegadeo y (5) a los cultivos de ostras. Existe todavía bastante poco conocimiento sobre la dinámica de sedimentos en los entornos marinos y costeros como consecuencia de las corrientes, y las modelizaciones hidráulicas aún no son fiables por la gran complejidad y variabilidad de las corrientes marinas. De todas estas estructuras, la que presenta un impacto ambiental más evidente sobre la ría es sin ninguna duda el terraplenado de la ría y los diques y escolleras en Ribadeo, debido a la fuerte degradación paisajística que supone y a la ocupación directa de la ría. Sin embargo, desde el punto de vista de la sedimentación es probable que tengan un mayor efecto los pilares del puente de Los Santos (que son una obstáculo a las corrientes de las mareas justo en la sección más estrecha de la ría, reduciendo la sección efectiva de entrada y salida del agua entre la ría y el mar), el terraplén del FEVE en Vegadeo (que causa aguas abajo una zona de remanso en la que se encuentra la barra de sedimentos antes mencionada), y los cultivos de ostras (que son un obstáculo a la corriente, por lo que pueden provocar remansos locales que pueden inducir sedimentación). Respecto a los cultivos de ostras, probablemente deberían restringirse únicamente a la ensenada de La Linera y prohibirse totalmente en el brazo principal de la ría para evitar que provoquen o aumenten la sedimentación aluvial.
  3. Los sedimentos aluviales arcillosos terminan siendo colonizados por cañaverales, en los que viven aves acuáticas cuya presencia ha motivado su protección como ZEPA y ZEC (Red Natura 2000). Esta protección ambiental, que se basa exclusivamente en criterios faunísticos y que no atiende ni entiende de los procesos geomorfológicos de sedimentación y de su avance, hará con toda probabilidad imposible cualquier actuación de retirada de los sedimentos.

 

         Andrés López-Cotarelo

         Ingeniero de Montes

 

   

T. C.  11.06.2020 | 00:57

 

La biblioteca Menéndez Pelayo de Castropol ha querido recordar la figura del castropolense Ramón García González, que hace un siglo publicó el primer libro escrito en gallego-asturiano: "Amarguras d'un viaxe". Con este motivo, estrenó ayer en sus redes sociales un vídeo homenaje en el que participan nueve escritores y docentes, que leen varios de los poemas de este escritor.

 

"El mejor homenaje que se le puede hacer a un autor es leer su obra", señala la bibliotecaria Manuela Busto en el vídeo, que fue posible gracias a la coordinación de la docente castropolense Ágata das Cruces. En el trabajo también colabora el investigador y escritor Xosé Miguel Suárez. Señala que García González no fue el primer autor en gallego-asturiano, pero sí el primero que se atrevió a llevar a un libro el patrimonio lingüístico del Navia-Eo. "Amarguras d'un viaxe" son once poemas largos que cuentan la historia de la separación de dos enamorados.

Carta de la Ría de 1812

Publicado: 08/06/2020 09:15 por castropol en Curiosidades
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Publicado: 06/06/2020 08:37 por castropol en varios
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Carta de la Ría del año 1807

Publicado: 04/06/2020 09:05 por castropol en Curiosidades
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El impulsor, el diputado Álvaro Queipo, celebra que el Principado defienda el topónimo en Madrid

Castropol, T. Cascudo  03.06.2020 | 01:12

El diputado popular Álvaro Queipo aplaude la premura del gobierno del Principado en tramitar la petición para que el Instituto Geográfico Nacional considere oficial el hidrónimo ría del Eo, por lo menos en igualdad de condiciones con el de ría de Ribadeo, usado en la vecina comunidad gallega. La propuesta partió del político castropolense, que la defendió en la Junta a finales de noviembre y logró el apoyo unánime de toda la cámara. "Es una propuesta que salió adelante con la unanimidad del Parlamento y, por tanto, se puede decir que está apoyada por todos los representantes de los asturianos y es una petición unánime de la sociedad asturiana. No me cabía duda alguna que con una petición tan clara y tan sonora, el gobierno de Asturias se pondría manos a la obra ", añade Queipo.

El popular, que presentó el pasado año la propuesta en Figueras arropado por la portavoz popular Teresa Mallada, asegura que el día en que se logre la oficialización del nombre ría del Eo los asturianos sentirán "orgullo y alegría". "Creo que todo va en la buena dirección y que esta vez sí que lo vamos a conseguir", añadió Queipo, quien muestra su alegría por la premura con la que ha actuado el gobierno regional. "La verdad es que fueron bastante rápidos, pensé que con esto de la pandemia iba a quedar en el olvido, pero no, me alegro de que lo estén moviendo y a ver a qué puerto llega y si llega rápido", zanjó el de Castropol.

Los Alcaldes de la orilla asturiana del Eo también celebraron ayer que el Principado esté a punto de enviar al gobierno central su petición formal, arropada por un amplio dossier en el que se documenta el uso del topónimo ría del Eo a lo largo de los siglos XIX y XX. "Me parece muy bien, hay que defender lo que es de uno. Para nosotros siempre fue ría del Eo y siempre va a serlo", señaló el alcalde veigueño, César Álvarez "Mourelle". El término genera cierta controversia en los encuentros con alcaldes del lado gallego de la ría, caso de las reuniones de la asociación de municipios de la Reserva de la Biosfera del Río Eo, Oscos y Terras de Burón. "En esos casos y por mantener la educación, nos referimos al estuario como la ría, pero, para Asturias, es ría del Eo", añade el veigueño, que considera que conseguir la equiparación entre ambos topónimos solucionaría cualquier malestar con los municipios gallegos: "Nos ayudaría a mantener el orden".

En términos similares se expresa el alcalde de Castropol, Francisco Javier Vinjoy, que también está de acuerdo con el planteamiento que hará Asturias ante el Instituto Geográfico Nacional. "Me parece bien que se reconozca ría del Eo, es un topónimo equidistante para todas las poblaciones que baña el Eo, que son bastantes", señala.

En el documento que el Principado envió a los grupos políticos informando sobre la situación del expediente deja claro que en ningún momento hubo "una oficialización del hidrónimo por parte de la autoridad competente del Estado" y tan solo hubo informes de la Comisión Especializada de Nombres Geográficos "intentando oficializar primero y más tarde queriendo darle preferencia a la denominación ría de Ribadeo, con el apoyo de las autoridades gallegas y de manera particular con el del Ayuntamiento de Ribadeo, a lo que se opuso el Principado de Asturias en todo momento".

El caso es que desde 2008 en el "Nomenclátor geográfico conciso de España", figura ría de Ribadeo como topónimo preferente y ría del Eo, como "de uso menor o restringido", cuestión que se quiere modificar.

Publicado: 03/06/2020 10:09 por castropol en Noticias

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El Principado estudiará la viabilidad de una residencia en Castropol

Publicado: 03/06/2020 09:53 por castropol en Eventos Biblioteca
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Publicado: 03/06/2020 09:51 por castropol en sin tema
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El Principado está a punto de concluir el informe con el que pretende equiparar el nombre al de Ría de Ribadeo, que defiende la Xunta de Galicia

Luarca (Valdés), A. M. S. 02.06.2020 | 00:52

Bañistas hace unos días en la playa de Arnao, en la bocana de la ría del Eo, con Ribadeo al fondo. T. CASCUDO

El pasado noviembre, la Junta General aprobó, por petición del PP, iniciar los trámites para que el topónimo Ría del Eo, de uso mayoritario en Asturias, se equiparara al de Ría de Ribadeo, usado en la comunidad gallega y que desde 2008 esta tipificado como de "uso preferente" por parte del Instituto Geográfico Nacional, dependiente del Ministerio de Fomento. El Principado ha recogido el guante y, seis meses después, ya está ultimando el informe que recoge todos los argumentos asturianos "para que la denominación Ría del Eo sea oficial, por lo menos en igualdad de condiciones con la de Ría de Ribadeo".

 El Principado pone de manifiesto que "nunca hubo una oficialización estatal" de ninguno de los dos nombres y que solamente existen informes de la Comisión Especializada de Nombres Geográficos "intentando oficializar primero y más tarde queriendo darle preferencia a la denominación Ría de Ribadeo con el apoyo de las autoridades gallegas, a lo que se opuso el Principado en todo momento".
 Así lo recoge un documento firmado por el consejero de Infraestructuras, Juan Cofiño, remitido hace unos días a los grupos políticos, y en el que indica que el asunto está en manos de la Dirección General de Política Llingüística. La carta explica que se está ultimando el informe y que irá acompañado de toda la legislación histórica localizada. En ella, no solo se aprecia el uso del hidrónimo Ría del Eo en la legislación asturiana, sino también en la estatal e internacional, pero también en la gallega. Este expediente se remitirá una vez esté listo a la Dirección General del Instituto Geográfico Nacional solicitando que Ría del Eo pase a ser "forma oficial preferente", y no como figura ahora "de uso menor o restringido". Detallan además la alternancia histórica entre el hidrónimo Ría del Eo, "de uso preferente y exclusivo en Asturias, pero también con uso histórico continuado en Galicia y ampliamente documentado en los siglos XIX y XX", con el de Ría de Ribadeo, "que también se usa en Galicia, preferentemente en este siglo XXI, y que no tiene uso en Asturias".