LA ROSA DE LOS VIENTOS

Publicado: 27/06/2020 09:13 por castropol en Colaboraciones

      Nuestro agradecimiento a Antonio Valle Suarez, por habernos concedido la primicia de la publicación de este relato corto.


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           Diez años después de la padecida pandemia, en aquella UCI bien pertrechada de gastados aparatos rodeados de protecciones por todas partes, un joven regresaba de repente de un largo viaje en el tiempo, para incorporarse a una realidad que le estaba esperando. Nada más abrir sus ojos se quedó alucinado tratando de descubrir dónde se encontraba. Poco a poco fue volviendo a la realidad, al ver pulular a su alrededor a unos marcianos vestidos de blanco, ataviados con máscaras y grandes gafas. Pareció tranquilizarse al ver allí sonrientes, contemplándolo, a sus padres y a su hermano gemelo.

           Se incorporó para tomar un sorbo de la infusión que le habían ofrecido. El aroma le recordó a la manzanilla salvaje que tanto le gustaba, aquella que recogía de niño junto a su abuela en los prados del Cotarelo.

           Le fueron informando del por qué se encontraba allí, en aquel hospital. Había sido ingresado el 15 de mayo de 2021, día de San Isidro, afectado por el Coronavirus. Un virus letal que antes de llegar a él había estado causando estragos en la población, desde marzo de 2020, con un rebrote por el medio. Parece ser que Juan, antes de enfermar, estaba dedicado en cuerpo y alma a su trabajo de virólogo. Quizás por ello había pasado de ponerse la vacuna del Covid-19, con favorables resultados desde Febrero de 2021. En casa del herrero, cuchillo de palo. La enfermedad se le fue complicando, dejándolo en estado vegetativo hasta hoy día 20 de Mayo de 2030. Había pasado la friolera de nueve años en aquel estado. Su curación había sido un milagro similar al ocurrido con la derrota del Coronavirus.

           Una semana más tarde recibió alta médica. El jefe de planta, le dijo:

           —Venga, Juan, ya vuelves a tú querida Figueras, a disfrutar de ese bello pueblo situado en el mismísimo paraíso al que, si nadie lo impide, me iré a vivir una vez me jubile. Lo haré al día siguiente de liberarme del trabajo —Juan le sonrió, al tiempo que se quedaba unos segundos con la mano extendida en clara señal de un saludo no correspondido. El doctor le había hecho un gesto con su codo derecho, que Juan no entendió.

           Acompañado por sus padres hasta la puerta del HUCA donde los estaba esperando su hermano Óscar, al volante de un coche extraño. El diseño de aquel automóvil le parecía de un proyecto inusual. No recordaba haber visto nunca ninguno similar. Encima, al iniciar la marcha, aquella máquina parecía deslizarse sin emitir ruido alguno...

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           Sus primeras palabras fueron para preguntar por la dudosa educación de aquel médico que, a pesar de su amabilidad, le había negado el saludo. Su madre se percató de que Juan no se acordaba de que aquella práctica de comunicación se había iniciado de la mano del Coronavirus; es decir, un año antes de haber enfermado él. Su padre le explicó que esos gestos de saludo, que parecían más propios de otro planeta, habían sustituido a los tradicionales de darse la mano o un par de besos a cada lado de la cara. Le dijo que hacía diez años que había desaparecido aquella práctica de antes. Ahora solo se usaba en familia o entre amigos íntimos. Juan, callado, no acaba de entender el porqué de todo aquello...

           Por el camino llamó su atención la autovía por la que circulaban. En los laterales observó unos quitamiedos de color blanco, de más de un metro de altura. Su hermano le explicó que hacía un par de años los habían cambiado por los viejos de acero cadmiado. Los nuevos eran de un material plástico reciclado. No necesitaban mantenimiento y, además de ser más resistentes que los metálicos, no provocaban lesiones en los accidentes. Se quedó pensativo, sin hablar en el transcurso de unos cuantos kilómetros.

           A medida que aquel silencioso automóvil devoraba distancia, Juan iba percibiendo olvidados recuerdos... Se percató de que no circulaban camiones en ninguna dirección. Preguntó cuál era el motivo. Le explicaron que desde hacía unos años solo circulaban desde las 23:00 horas hasta las 8:00 del día siguiente. El motivo había sido una acertada ley del Ministerio de Fomento que, desde su aplicación, había conseguido una mayor fluidez en el tráfico y una drástica reducción en los siniestros. Llamó su atención la repoblación forestal a ambos lados de la autovía, con una exhaustiva limpieza entre esta y las fincas colindantes.

           Así fue todo el trayecto descubriendo novedades. Se fue haciendo de noche y se vio sorprendido con las potentes luces del automóvil. Óscar le explicó que era una nueva tecnología fabricada en unas antiguas naves cercanas a su pueblo.

           Acompañados de un sirimiri llegaron de noche cerrada a una casa nueva en la carretera al Muelle. A Juan le llamó la atención el blanco resplandeciente de las casas. La respuesta a su observación fue que todas pintaban de blanco ahora y las luces de las farolas eran de led, de ahí aquella claridad. A lo largo de una frugal cena, le contaron que aquella era la nueva casa a la que se habían mudado hacía seis años, pues la que tenían anteriormente la habían cedido para ampliar el parque de la Alameda. Juan seguía de sorpresa en sorpresa.

 

                                                          3

 

           Al día siguiente de su llegada a casa, Juan se despertó pronto. Aun no había amanecido. Se asomó a la ventana para echar un vistazo hacia la Ría. Observó las luces verdes de estribor de una embarcación que parecía partir hacia la mar. Pensó que se trataría de algún barco del Astillero. A la hora del desayuno su madre le comentó que era uno de los dos barcos boniteros que abastecían a la nueva fábrica de conservas. Se habían construido en cooperativa por un grupo de marineros jubilados, movidos por la decisión del gobierno encaminada a la mejora y veda de los mares para garantizar una pesca continuada y sostenible, evitando esquilmar los hasta entonces castigados caladeros por barcos de arrastre, hoy prácticamente desaparecidos. Todo eran novedades para aquel joven que había permanecido en el hospital los últimos nueve años de su vida. Se quedó mudo unos segundos, para luego ir razonando que en el pueblo hacía años que no había ningún barco pesquero. Se habían desguazado todos: Coppi, Divino Pastor, Verano, Puente de Los Santos, Ría del Eo y otros más que ahora no recordaba, en Figueras y el Fernandón, en Castropol, la capital.

           Después del desayuno, Juan y su madre salieron de paseo. Aquel viernes se presentaba como un luminoso día de primavera. La intención de su madre era doble: por un lado hacer que su hijo caminase para ir recuperando la masa muscular perdida después de tantos años postrado en una cama de la UVI y, por otro, ir haciéndole ver tantos cambios acaecidos en el pueblo durante su ausencia.

           Le pidió a su madre ir caminando en dirección hacia el puerto. Nada más salir de casa, Juan, se quedó hechizado un largo rato, contemplando el llamativo conjunto que ofrecía a su vista el rehabilitado palacio de los Trenor. Bajaron con prudencia las escaleras hasta llegar a la fuente del Pelamio. Allí se quedó absorto mirando un largo rato la imagen de Castropol, coronada con su expléndida torre de la iglesia. Reparó en un paredón hecho como mirador, entre la fuente y el mar, así como un laurel plantado allí en un tiesto gigantesco. Confusamente recordaba que no existía antes aquel paredón, lo imaginaba destruido por la caída de un viejo plátano que lo arrastró todo hasta el mar... Echó un vistazo hacia la playa de Penalba y quedó confundido al ver la marea baja y el fango todo marcado con unas líneas que formaban unas parcelas independientes unas de otras y que se extendían hasta cerca de la Cortada, en Castropol. Su madre le explicó que se trataba de repoblaciones de especies autóctonas de la Ría: navajas, almejas, berberechos y otros. Que aquello había resultado un éxito y que daba trabajo a unas docenas de mariscadores autónomos. Según su madre, la intención inicial cumplida ahora, había sido la de explotar con mesura las especies autóctonas de moluscos existentes en la Ría, al tiempo que debía tratarse de evitar vertidos de cualquier tipo a las aguas. Empezando por el exceso de abonos que, como principio, debería reducirse su uso a una quinta parte de los usados hasta antes de la pandemia. Tenía entendido que, según informes, se había conseguido ya la meta marcada, al usarse ahora abonos orgánicos en su totalidad.

           Caminaron hasta el Muelle y allí reconoció los pantalanes deportivos ahora, le parecía, con más embarcaciones. En el embarcadero de la derecha le llamó la atención la cantidad de lanchas de pesca que había. Había sobre una docena, propiedad de pescadores autónomos que vivían de la pesca diaria. Caminando hacia la explanada del muelle, Juan se dio cuenta de que no había ni un solo automóvil en ella. Donde años atrás había un coche, ahora había un pequeño arbusto y así, de trecho en trecho, a lo largo del muelle.

           Juan desvió su vista y atención hacia la carretera a la altura del Pósito y vio bajar lentamente un trenecito pintado de blanco, con pinturas de colores representando anuncios. Sin tiempo a preguntarle a su madre qué era aquello, guiado por ella, embarcaron ambos y se sentaron en uno de los bancos del primer vagón. Salieron en dirección a la Laguna por la avenida de Gondán. Desde el trenecito Juan iba observando la cantidad de flores que había en macetas pegadas a la calle, ¡qué cuidado estaba todo! Se apearon a la altura de la Casa del Mar y desde allí caminaron hacia el parque de La Alameda. Estaba muy cambiado, ahora lleno de árboles con flores y césped muy cuidado. Al cruzarlo, al lado de una pista grande de tenis, se podía ver el aparcamiento de la Alameda lleno de coches. Estaban aparcados todos en la parte alta del pueblo y, desde allí, sus propietarios, bien caminando o en el trenecito, se dirigían a sus destinos. Siguieron a pie hacia el cementerio. Pasaron por la capilla de las ánimas  unos cien metros adelante, Juan, se quedó paralizado a la vista de aquella laguna, con patos y cisnes. Su madre le explicó que se trataba de A Lagúa Veya, que él no había conocido. Que la habían vuelto a situar en aquel terreno público, donde había estado desde siempre hasta los años 70 del pasado siglo, fecha en que fue rellenada de escombros, que se siguieron depositando allí durante muchos años más. Aquella laguna era ahora, a los ojos de Juan, una nueva hermosura. En ella, según le explicaba su madre, nidificaban especies de aves migratorias, además de servir para deleite de niños y mayores.

           La sirena de la fábrica de conservas hizo saber a los paseantes que era la una, la hora de la comida. Así que Juan y su madre regresaron al punto donde les había dejado el trenecito que, al poco tiempo, regresó para trasladarlos hasta la puerta de su casa.

           Comieron caldo de berzas —cultivadas por sus padres en el huerto de detrás de casa—, hecho por su madre antes de salir al paseo, por petición de Juan, que tenía en su mente aquellos sabores de antaño. Disfrutó a lo grande, como antes, paladeando aquellos manjares producidos por el compango y la verdura.

           Después de la siesta los dos hermanos, Juan y Óscar, salieron en dirección a Arnao. Ya pasado el puente de la autovía, Juan, reparó en unas nuevas aceras por las que se podía caminar sin mezclarse con el tráfico rodado. Los viales estaban separados de la carretera por una tela metálica. Por allí podían caminar hasta los niños sin peligro alguno. Pasada la segunda rotonda de la autovía, se presentaban a la vista fincas cultivadas con tomates, pimientos y otras hortalizas. En círculo, protegiendo a esas fincas, actuando de cortavientos, se veían árboles frutales cubiertos de flores de colores diversos. Según le apuntaba su hermano se trataba de árboles plantados hacia media docena de años, que darían de nuevo las inolvidables peras urracas y las manzanas de repinaldo, oriundas de la vecina Galicia. Los excedentes de aquellas cosechas estaba previsto fuesen destinados a mermeladas en conserva. Un poco más a lo lejos se veían prados muy cuidados con ganado vacuno de carne y de leche. En un arrabal cercano al mar pastaba un rebaño de cabras y ovejas.

           Llegaron a eso de las seis a un aparcamiento grande —desconocido para Juan— donde los dejó el trenecito que iba lleno de gente, todos disfrazados con sus mascaritas. Desde allí caminaron hasta una entrada franqueada por limoneros y naranjos, ¿qué era aquello? ¡Cuántas agradables novedades! —decía Juan cada poco a su hermano Óscar.

           —Esto es el nuevo parque de Arnao. Fue reacondicionado en tu ausencia. Verás, de la que caminamos te cuento.

           No pasó mucho tiempo sin que el joven convaleciente se sintiese cansado, como para pedirle a su hermano que lo llevase a casa. Los efectos de aquel virus demostraban que eran reacios en abandonar a sus víctimas. Regresaron charlando los dos hermanos, acordando que al día siguiente, sábado, volverían al parque para terminar de ver todas las novedades que Juan no había tenido tiempo de conocer.

           Juan durmió de un tirón hasta las nueve de la mañana de aquel sábado de junio. Se duchó y afeitó para bajar a desayunar. Bajando la escalera percibió el olor del café recién hecho, mezclado con el aroma de tostadas de pan, del horno de Benito. Después del desayuno salió ilusionado otra vez rumbo al parque de Arnao, junto a su hermano. Al ver a Juan repuesto del cansancio del día anterior, Oscar le propuso hacer unas visitas a pie por el pueblo y, dejando para el día siguiente, domingo, la excursión al parque de Arnao —Juan no acababa de asimilar tanto cambio como había visto desde su llegada a la villa. Aunque no tenía la más mínima idea de lo que le esperaba por conocer.

           Subieron desde casa caminando por la carretera hacia la plaza de San Feliz. Juan, se quedó sorprendido nada más coronar la última curva de la carretera, después de Palacio, y ver a su derecha, en la primera casa de la plaza, un letrero: “Casa Alejandro”. Su curiosidad, ante tal hallazgo le hizo entrar en el local. Se encontró allí con una tienda rodeada de estanterías repletas de latas de conservas, guisantes autóctonos, rollos de cordel y un sinfín de artículos más de toda índole. De repente, le vino a la mente el recuerdo de haber estado allí de muy niño. Y de que aquella tienda había cerrado hacía muchos años, ¿cómo podía ser? A la derecha, detrás de un minúsculo mostrador se encontraba sentada, repasando unas cuentas, la empleada que parecía regentar el negocio. Se levantó para saludar a Óscar, que le presentó a su

hermano. La chica extendió el codo y Juan, ya enterado de la nueva costumbre, le correspondió con el suyo. Ella era joven, de color, con expresivos ojos verdes —Óscar le contó después que aquella chica había nacido en una patera, cruzando el Mediterráneo, rumbo a un imaginario paraíso que, por suerte, había encontrado.

           Salieron de la tienda en dirección a la Biblioteca Miguel Teijeiro —la que conocían de siempre—. Unos metros antes del letrero de la Carnicería de Lisardo, Juan leyó otro rótulo con signos en negro: “Sastrería Cerdeira”. Al pasar por delante del escaparate y echar un vistazo a las prendas expuestas, llamó su atención una colección de boinas curiosamente ordenadas de mayor a menor. Le parecieron iguales a las que usaba su abuelo Paulino. Se acercaron a la Biblioteca —la mayor de las cuatro que ahora había en el pueblo, le informó Óscar—. Estaba cerrada, no se habían percatado de que era día de descanso. Siguieron caminando hasta pasada la primera curva de la carretera después de coronar el pueblo, en dirección a la vieja farmacia. Se encontraron a la derecha, después de las escuelas de la extinta Fundación Villamil, detrás de la antigua casa sindical, con una nave bastante grande, disimulada con unos arbustos que parecían protegerla. Destacaba en el frente una placa en letras rojas: “Conservas La Perseverancia”...

           —¿Y eso? —preguntó Juan a su hermano Óscar.

           —Es la nueva fábrica de conservas, con el nombre recuperado de otra existente hace ya muchos años. En ella trabajan una docena de personas. El barco que viste ayer salir de madrugada a la mar, con diez tripulantes, es el que la provee del pescado para sus envasados —Juan no daba crédito a sus descubrimientos.

           Decidieron dar la vuelta y volver sobre sus pasos hasta la Plaza de San Feliz. Una vez allí, se desviaron por la calle de la Alameda. Nada más enfocarla con su presencia aparecieron ante sus ojos cuatro letreros seguidos en otros tantos negocios. El primero, en letras pequeñas, situado en la primera casa de la calle por su izquierda, “Rosina de Rosa - costura”. El siguiente, “Fonda Casa Bobis”. Dos portales más adelante, “La tienda de Inés – corsetería” y en la esquina con la Calle de Atalaya “Pasarón, chigre”. A unos cien metros, en la misma calle de La Alameda, en la acera derecha, se divisaba un pequeño letrero en letra gótica: “A tenda de Lolita”. Entraron en el Bobis para tomarse un refrigerio, para luego seguir en su novedoso paseo por la villa —Juan, sentía la sensación de haber aterrizado en otro planeta.

           Cerca de la Iglesia ya, que había sido casa de peregrinos, según reza un letrero informativo a su vera, se encontraron con una tienda de comestibles, “A tenda de Camila” y, pegado, “El estanco de Manolo” —que pertenecía también a Camila—. De repente, la mente de Juan pareció iluminarse, al recordar una anécdota que su padre les contaba muchas veces en las sobremesas. Se refería a Manolo, el del estanco, le llamaban “Manolo de Camila” y, por ese motivo, Manolo hacía saber muchas veces, socarronamente: “somos tan pouca cousa os homes nín, que eu non son nin siquiera Manolo de Manolo, son namás Manolo de Camila, ¡manda calao!

           Más abajo, ya en el número 15 de la Calle Covadonga, se encontraba otro letrero horizontal, situado encima de la puerta: “A frutería de Consuelo”. Siguiendo dirección a muelle dos letreros más, “Comestibles Fermín Gasalla” y “Carnicería Adolfo”. Un poco más abajo, en la Calle de A leña, una nueva y agradable sorpresa ocupó la mirada de Juan. Había, incrustada en el mismo centro de la calle, una rosa de los vientos. Óscar le explicó que era de barro cocido con baño de porcelana —Juan, de repente, se quedó serio pareciendo estar pensando para sus adentros que, aquella Rosa, ayudaría a tener siempre presente y bien marcado el Norte para no perderlo nunca jamás. En la casa de la esquina un discreto rótulo, pintado en letra gótica de color azul, “Bar Casa Narcisa”.

           Ya en el Muelle, tomaron un chiquito en “Casandra – comidas” y otro en “El Peñalba”, para a eso de las dos irse a comer el menú a “Casa de Parapar”. Curiosamente, todos aquellos nombres habían sido recuperados de otros establecimientos, aunque sus propietarios actuales nada tenían que ver ya con los de aquella época. Durante la comida en el bar de Casandra, siguieron hablando de infinidad de asuntos relacionados con el pueblo. Juan le comentó a su hermano que una de las cosas que le habían causado admiración era ver el pueblo impoluto, libre de excrementos de perros. Pues recordaba que hacía años había que mirar bien por dónde se pisaba, so pena de no llevar a casa desagradables olores. Óscar le dio la explicación pertinente, con la causa que había dado lugar a tal orden y limpieza por las calles:

           —La normativa aplicada dice que es responsabilidad de sus dueños dejar los escenarios que frecuenten en la misma condición en que los encuentren para su disfrute. Las mascotas deben de ir sujetas por una correa. Se portará bolsa y guantes para recoger sus detritos sólidos y se procurará que no orinen contra paredes, puertas, aceras y farolas. De hacerlo, se corregirá la falta con agua que habrá de portarse en un recipiente, so pena de multa. Aunque los dueños de perros están convencidos ya de esta práctica y no hacen falta multas.

           Al iniciar la subida a Rapalacóis, a la derecha, en el antiguo Pósito de Pescadores, destacaba un letrero, “El Náutico”. Allí, en mesas separadas, una docena de personas contemplaba la ría tomándose un refrigerio.

           —¿Del Náutico sí te acordarás, no? Ya estaba hace diez años —interrogó Óscar. Una siesta reparadora hizo descansar a Juan del trepidante paseo de la mañana. A eso de la cinco de la tarde Juan ya estaba tomándose un café en la cocina, con la compañía de su madre, su hermano y una gran dosis de ilusión que compensaba su cansancio. Óscar, calando la mermada condición física de su hermano, lo invitó a ir a dar un paseo en burro hasta la zona de Arnela. Juan, aceptó de inmediato.

           A Playa de Arnela, en la bajamar, estaba limpia y recogida. Óscar, le dijo a su hermano:

           —Recordarás que hace años, cuando bajaba la marea, se veían bandejas de plástico negro por doquier, junto a hierros y palos abandonados, provenientes de explotaciones de acuicultura. Hace años se impulsó la limpieza de la Ría, con los resultados que puedes observar. Desde entonces cada explotación, para funcionar, ha de tener un seguro que garantice, en caso de cierre, el volver la parcela a su estado natural.

           Siguieron cabalgando a la sombra de la fraga por la senda costera hasta la parte más entrante en la zona del “Mar Pequeno”. Se bajaron de las monturas para observar el gran talud situado a continuación del Prado de los niños muertos (después de A Cruz del Cobo”). Allí, en uno de los lugares más soleados y abrigados de la zona, estaban instaladas decenas de colmenas para producción de abundante miel para endulzar la vida —le comentó Óscar—. Le dijo, también, que los apicultores habían conseguido controlar y casi erradicar la invasión de la abeja asiática...

           Dejaron los pollinos amarrados a la sombra de unos frondosos laureles y siguieron a pie rodeando el Mar por su parte oriental. Pronto se encontraron con una explanada voladiza, situada entre un muro de grandes piedras y la parte interior del Mar Pequeno. La cabecera de este muro, que empalmaba con la ribera, estaba rematada con una pequeña edificación cubierta de pizarra, con un par de ventanucos y una puerta de madera. El estado de todo aquel conjunto hacía ver que se había rehabilitado recientemente.

           —Mira, Juan, este molino, conocido como Molin das Acías, que tú conociste abandonado, fue rehabilitado hace poco tiempo. Es similar a los muchos existentes en la Bretaña francesa, de dónde probablemente fue tomado el modelo. La energía que usa es gratuita, ya que aprovecha las mareas para mover sus rodeznos.

           El molino no estaba aún en funcionamiento. Bajaron por la rampa agarrados a la barandilla de roble hasta llegar a la puerta del molino, que estaba abierta. Allí un joven molinero, vestido con ropas blancas, les explicó el funcionamiento de aquella recuperada maravilla. Aunque la obra parecía terminada, faltaban aún permisos y papeleos para poder dar comienzo a su explotación. La idea era que fuese usado para moler el grano de los productores de la zona —les dijo el molinero.

           —Todo está cambiadísimo, pero la burocracia parece que sigue igual que antes —dijo Juan a su hermano.

                                                                      4

La cruel enfermedad sufrida por Juan seguía pasándole factura: problemas para caminar, cansancio, algunos trombos que se manifestaban cuando menos se esperaba y dificultades para respirar. Los médicos, al darle el alta, le habían advertido de que su salud tardaría años en volver a la normalidad de antes. Juan sospechaba que, por lo que diariamente palpaba desde su alta en el hospital, efectivamente tendría que pelear con una recuperación lenta y problemática.

El día siguiente amaneció con una niebla espesa que cubría toda la ría. Pero, caprichos de la naturaleza, a eso de las once lucía un radiante sol. Así que después del desayuno, Juan salió del brazo de su madre para seguir descubriendo novedades.

           Repitieron viaje en el trenecito. Se apearon en el camino de entrada al Faro de Arroxo. Una vez allí, visitaron el rehabilitado lavadero, después de muchos años de abandono. Él lo había conocido lleno de maleza desde siempre. A la izquierda, en dirección a la ensenada, vio una pequeña muralla almenado, totalmente rehabilitada. Juan la recordaba desde niño toda derruida. Ahora se había cumplido su sueño de verla algún día igual que cuando había sido construida.

                                                                      5

           A Juan, el haber descubierto tantas cosas nuevas en tan poco tiempo le sirvieron para quitarle parte de las horas de sueño, las que aprovechó para dedicarlas a hacerse una composición de lugar en medio de todo aquello que día a día iba descubriendo. Estaba seguro de que los efectos producidos conducirían a las nuevas generaciones a una vida mejor. A una vida libre de estrés y sinsabores, que abandonaría el afán de riquezas y del consumismo exacerbado instaurado hasta ahora. Todos aquellos cambios y proyectos conducirían a los habitantes de la villa a un nuevo modelo de vida, seguramente mejor que el que les tocó vivir a sus padres y abuelos. Una vida a la que sus antecesores se habían visto arrastrados sin poder hacer nada por evitarlo. Recordaba aquellos relatos oídos a sus padres en la sobremesas, alegando que las necesidades y creencias inculcadas en su juventud estaban seguros entonces de que los conducirían hasta un modelo de vida cada vez mejor, que les permitiría ser dueños de una casa y regresar de vacaciones a su pueblo estrenando un utilitario o, por lo menos, unos zapatos que al caminar irían enseñando sus flamantes suelas color crema ante la admiración de todos. Habían salido de sus pueblos y aldeas —contaban sus padres— con una mano delante y otra detrás, escapando de las miserias derivadas de la reciente guerra, si no en el frente, sí en su entorno. Se marchaban a la aventura buscando aquella especie de paraíso terrenal. Pero la realidad agazapada les haría ver que nunca llegarían hasta aquel pretendido lugar. Esa tierra prometida no solía llegar casi nunca ya que, muchas veces, era truncada por un infarto, desgracia, enfermedad inesperada o un precario trabajo que no podrían mejorar. —Juan se entristecía pensando en aquellos claros ejemplos ocurridos a los de su anterior generación. Creía que ese modelo económico de vida practicado durante décadas, ruidoso, rebosante de presiones, obligaciones, adversidades y compromisos hoy ya no era el modelo más deseado para la mayoría de los ciudadanos. Sobre todo después del último escarmiento presuntamente sembrado por alguien, bien de la mano de la naturaleza o de los hombres, la gran pandemia del Coronavirus, sufrida al final de la última década. Lo ocurrido, solo se podía imaginar hasta entonces en libros y películas que se tornaron después en tenebrosa realidad. A pesar de las secuelas dejadas por aquel mal, Juan, se sentía contento de seguir viviendo de nuevo en su querida villa. Habían pasado cien años desde la penúltima gran pandemia, la mal llamada gripe española, que había matado a millones de personas en el mundo. Esta debacle quedaba ya muy lejana y olvidada por todos. La Historia parece empujarnos a creer que la memoria del ser humano, en algunos casos, es una memoria no mayor que la de pez.

           A Juan le preocupaba mucho el mal uso del teléfono móvil por parte de los jóvenes, y menos jóvenes. En pocos días llegó al hilvanar en su cabeza un montón de razonamientos que a él le parecían imprescindibles para sacar adelante a una juventud rodeada de todo lo que deseaba. Juan, una y otra vez, hacía especial hincapié en un uso adecuado del móvil, limitando su utilización a no más de una hora diaria, debiendo olvidarnos de las más de diez, de media, mientras duró la cuarentena por el Coronavirus —según había leído en un diario—. Idéntica recomendación para el tiempo malgastado mirando a las televisiones, que debería de ser sustituido por la lectura de libros que, además de aportarnos cultura y reconfortarnos el espíritu, abundan ahora más que nunca en nuestras bibliotecas y, además, su uso es gratuito.

           Todas esas inquietudes empujaron a Juan a buscar y llegar a conseguir la amistad con una persona con la que poder departir sus inquietudes, para tener la posibilidad de llegar a realizarlas para bien de todos. La encontró en una amiga concejala del nuevo Ayuntamiento —El actual Ayuntamiento estaba formado por la escisión de varios limítrofes desaparecidos hoy. Con ello se había conseguido reducir gastos y ganar en efectividad en lo que se refiere a prestación de servicios al pueblo, con menos recursos—. Esta amiga le había contado, sentados en una mesa del parque de Arnao, con motivo de una merienda, que en la corporación municipal se estaba tratando por todos los medios posibles y lícitos, de cambiar las rutas de los aviones que diariamente, y desde hacía muchos años, no habían dejado de sembrar malignas contaminaciones por encima de nuestras cabezas.

           Aquella joven e ilusionada edil, empujada aquel día por el vino, como humana que era, decía que el fin no era otro más que situar como preferente en el mundo a los seres humanos por encima de baladíes intereses. Siguió relatando y confiando en la discreción de Juan. Le dijo que en los proyectos de remodelación de la villa se recomendaba que industria y naturaleza caminasen siempre de la mano ya que están condenadas a entenderse contemplando, entre otras recomendaciones, la instalación dual de fábricas; es decir, una fábrica, una depuradora... Se estaba ya impulsando el comercio de pueblo —Juan había visto con ilusión los nuevos comercios, espacios y construcciones nuevas— para la distribución de lo producido en la zona y, al mismo tiempo, no quedarnos en manos de intermediarios que en cualquier momento podían fallarnos, dejándonos colgados con las necesidades a cuestas esperando por lo que no llega. Se contemplaba recuperar los oficios desaparecidos, comprendidos en el primer y tercer sector de la economía, para poder atender las demandas de primera necesidad del pueblo, así como enlazarlas con la pretendida nueva vida: zapateros, modistas y sastres, pescadores, carpinteros, albañiles, ferreiros, jardineros, ganaderos, labradores, viajantes, panaderos...amas y amos de casa —Juan sabía que sería imposible y no aconsejable escapar de la globalización, pero sí creía que se podían mejorar muchas cosas hasta ahora no abordadas–.

           En ese ambicioso programa también se contemplaba buscar una atalaya adecuada para resucitar la antigua y desaparecida Casilla de observación que había estado situada cerca del Cotarelo. Parece ser que estaba también previsto que los vecinos aficionados al buceo extrajeran, para su exposición, los restos de barcos naufragados, pegados a la costa —localizados desde hacía años—, probablemente con parte de sus enseres conservados. Poner en funcionamiento las panaderías necesarias para suministrar al pueblo el pan necesario para su manutención... En fin, un montón de proyectos a cual más interesante.

           Al final de aquella razonada conversación, Juan, aconsejó a la joven política que como primeras medidas deberían ser rehabilitados de inmediato y puestas en funcionamiento las escuelas nacionales para, con ello, evitar concentraciones diarias de todos los niños del municipio en un solo centro. Con una escuela en cada pueblo se matarían dos pájaros de un tiro: primero se evitaría la propagación de muchos contagios masivos por benignos o temibles virus. De esa forma, los niños vivirían más tiempo en su pueblo haciendo, a la par, que esa costumbre les hiciese amar sus raíces para en un futuro fijar sus vidas al entorno donde se habían formado. A pesar de su estado eufórico la concejala parecía prestar oído fino a lo comentado por su amigo.

 

           Al día siguiente de la larga conversación con su amiga, la edil, Juan, se había levantado tarde, con el estómago revuelto y la cabeza abotargada. Esta vez el problema no había sido a causa de las medicinas que ingería. Se quedó en casa toda la mañana sentado en la cocina, junto a su madre, necesitado de su dulce conversación. Su madre se puso a trabajar una masa que sacó de la nevera. Le explicó a Juan que era una receta de Pepita da Valeria, que le había facilitado un familiar que habían encontrado en un legajo de aquella reconocida cocinera de mediados del pasado siglo XX. 

—Se trata de una receta magistral —le dijo su madre— para hacer pan sin necesidad de amasar. Con la ayuda de una cuchara de palo, mezclamos medio kilo de harina, una nuez de levadura, una cucharadita rasa de sal y agua. Después metemos la masa en un bol tapado con un paño y lo dejamos reposar 12 horas en la nevera (antes reposaba “al fresco”, pues no había nevera). Pasado ese tiempo, vaciamos la masa sobre una superficie enharinada y con unos suaves estiramientos se forma el pan. Lo dejamos reposar a temperatura ambiente una hora y lo cocemos en el horno, previamente precalentado a 230º. Horneamos 15 minutos. Después bajamos la temperatura a 200º y seguimos horneando 15/20 minutos más. El resultado es un pan crujiente y delicioso” —la harina y levadura ha de comprarse en la panadería para evitar una competencia desleal.

           ¡Qué caudal de agradables noticias y conocimientos estoy viendo y palpando desde mi regreso a la villa, mamá! —exclamó Juan en voz alta.

 

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           Juan no daba crédito a todo lo nuevo que contemplaba en su pueblo. Algunas veces dudaba si su enfermedad le estaba aplicando una mala pasada, haciéndole soñar y olvidarse de lo que antes había vivido y ahora necesitaba para hacer comparaciones. Pero por más que pensaba en ello, llegó al convencimiento de que todas las novedades observadas ahora, antes de haber enfermado él no existían: el trenecito para cubrir los fines de semana el trayecto hasta Arnao y viceversa. Los demás días prestando servicio por la villa, con fin y comienzo de trayecto en el Muelle —con la recomendación de dejar aparcados los vehículos en La Laguna—. Las zonas más abrigadas del pueblo pobladas con limoneros cuatro estaciones, naranjos y pomelos, para que el pueblo se viera colmado de la tan necesaria vitamina C, ayudando a fortalecer sus defensas — pensaba Juan—. Su mente no dejaba de trabajar y se le ocurrió que tenía que tratar de convencer a su amiga concejala, para promover la apertura de un fondo de reserva dedicado en exclusiva a financiar mini-fábricas destinadas al abastecimiento a escala suficiente y no más, de máscaras, guantes, así como toda clase de pequeño material sanitario necesario para ayudar a combatir a futuros virus con orden y eficacia no falta de higiene. El primer impulsor debía de ser el Ayuntamiento. De esta forma, al menos en ese apartado, quedaría rehabilitado nuestro talón de Aquiles, tan tocado desde la última pandemia, según era sabido por todos los habitantes.

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           Pasados unos meses desde su vuelta a la villa Juan ve que, como antaño, reina la alegría en sus calles. En Arnao, los fines de semana desde mayo a octubre, llaman la atención las familias con sus niños alborotadores, volando sus cometas, caminando en equilibrio con sus largos zancos de madera, rodando sus aros y practicando toda clase de juegos que habían sido olvidados. Jóvenes divirtiéndose, haciendo deporte, abuelos tranquilos, respirando sin respiradores. Todos felices aunque, de momento, sin intercambiar abrazos y besos —Juan no entendía como había podido ser abandonada años atrás esa práctica tan necesaria para el ser humano, que había sido sustituida por un toque chocándose los codos–. Estaba seguro que las nuevas formas no cuajarían y que más pronto que tarde volverían las de antes. El ser humano ha de tocarse piel con piel, no puede ser de otra forma para expresar sus atenciones y sentimientos hacia los demás.

           El Campo de Arnado, un trozo de paraíso situado en la parte más occidental de Asturias, en una península triangular que se extiende desde la playa de Arnao, la Punta de la Cruz y el merendero del río de Salgueiro. Nos ofrece un remanso de paz y una válvula de escape para el pueblo, después de haber sido transformadas aquellas tierras en un inmenso parque rodeado de árboles autóctonos para disfrute de todos. El merendero con sus barbacoas, mesas y bancos rehabilitados y una nueva placa solar, que le da luz, sustituyendo a la desaparecida hace años. Ya hemos sido liberados del campo de tiro, que ha sido desplazado a tres millas mar adentro, evitando así ensordecedores ruidos, además del sembrado intensivo de plomo en el mar. El nuevo predio —costeado por los deportistas aficionados—, está ahora situado en una isla flotante, gozando de medidas para evitar la contaminación acústica y plomífera. Las lanchas de pasaje, provistas de silenciosos motores de hidrógeno, conducen hasta allí a los usuarios de la nueva parcela deportiva. La desaparición del campo de tiro, añadido a la anterior clausura del campo deportivo de aviación, es la consecución de una meta anhelada por los ciudadanos desde hace muchos años.

           Juan, siente la sensación de estar inmerso en un viaje a una vida mejor que va contemplando a cada paso, aunque seguramente no feliz del todo para todos. Es todo esto una especie de maná caído del cielo para beneficio de los habitantes convencidos de vivir en las zonas rurales. No cabe duda alguna que el Covid-19 ha hecho surgir un antes y un después en la vida diaria de nuestro pueblo y de otros de la España rural.

           Con motivo de la venida de gentes procedentes de las grandes ciudades a los pueblos, se palpa en el ambiente que paulatinamente se resolverá para muchas generaciones el problema de la demografía, del llamado vaciado de los pueblos y zonas rurales. Se vienen a los pueblos cansados de la vida en las grandes urbes, convencidos y dispuestos a cambiar su modo de vida, alejándose de las aglomeraciones, hacinamientos, estrés y problemática vida diaria practicada hasta antes de la gran Pandemia. Todo un cambio para las actuales generaciones y una realidad para las venideras.

           —¡Qué ingenua es la humanidad! —dice Juan a su amiga concejala—. ¿Dónde tendrá la próxima vez su tendón de Aquiles? ¿Cómo es posible que cosas que eran baratas antes de la pandemia pasaran a costar una barbaridad?

 

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           Yo, Juan, entiendo que debo poner fin aquí a mi relato, pero antes he de dejar plasmada la recomendación de aquella sanitaria, ya entrada en años, que tuve el gusto de conocer los últimos días de mi internamiento en el hospital. Ella me dejó marcado por su bondad, por su afición a la lectura y, cómo no decirlo, por su belleza y lozanía infinita que aún conserva. Su sonrisa refuerza mi salud. Doy fe de ello, pues siempre la visito en su departamento cuando acudo a revisiones. Esa recomendación no fue otra que la de aconsejarme leer los cuatro libros escritos por alumnos del Taller de escritura de la Biblioteca: “Escrito en Figueras”, ”Figueras cuenta”, “Pudo pasar en Figueras” y “Figueras escribe”...

           Yo, después de leerlos, he de decir que es condición indispensable el hacerlo para conocer a fondo el pueblo, integrándose en él, perdiéndose por sus callejuelas descubriendo sus historias, vivencias y costumbres que, muchas de ellas, las mejores, con seguridad que serán repetidas y podéis disfrutarlas.

 

                                              Antonio Valle Suárez (20.05.2020)

Comentarios  Ir a formulario

gravatar.comAutor: Dino López

Interesantísimo y gran relato pormenorizado de preciosas vivencias presentes y futuras de un bellísimo pueblo afincado en la costa del occidente astur, que su autor desgrana con impecables detalles que amenizan enormemente y hacen al lector seguir hasta la última palabra con un interés enorme.
Me ha encantado y ánimo a leerlo.
Le doy las gracias a su autor animándolo a que siga con estos interesantísimos relatos.

Fecha: 29/06/2020 06:23.


gravatar.comAutor: Egobarra

Muy bueno. Esperanzador, no solo por el futuro que sueñas y deseas, sino por la aportación pixota a la memoria del pueblo, y la calidad literaria. Gracias.

Fecha: 30/06/2020 11:39.


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