La Nueva España » Cartas de los lectores » Chipirones de verdad, de la ría también de verdad

21 de Agosto del 2020 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Ahora, en la edad en que me encuentro, nada menos que en la de un jubilado cualquiera de mis años a la orilla de la ría del Eo, agradezco mucho cualquier detalle hacia mi persona, por pequeño que este sea. Recuerdo que hace unos años..., la verdad no sé si pocos o algunos más porque bien es verdad que, en esta edad, los años caen como personales: dobles. Pues bien, recién jubilado, entonces, Manolo, un antiguo profesor mío de instituto y después compañero de trabajo, vino a traerme media docena de jureles pescados por él en nuestro Cantábrico. Entonces se los había agradecido la mar, por dos razones, una por el regalo y otra porque era obvio que no me estaba haciendo la pelota. Disfruté en familia con ellos y le di las gracias públicamente.

Pasaron casi una decena de años y se repitió la historia. Esta vez el escenario es similar y las intenciones iguales. Aunque los actores distintos: por un lado, mi excompañero de instituto, y también de trabajo, Jesús y, por otro, los chipirones. Estos pescados también en el Cantábrico, igual que los jureles.

Después de tomarnos un café con un poco de bizcocho, que yo me tomé como desayuno de las diez de la mañana, y mi amigo como tercer o cuarto café ya; pues no en vano se había pegado un buen madrugón para ir a buscar el chipirón en su lancha. Luego, Jesús se marchó a pasear con su mujer, según me dijo y yo me quedé pensando en buscar un destino a tan estimado detalle. La verdad no tardé en encontrarlo.

Descansaron en la nevera hasta el día siguiente. Luego los limpié, labor ardua para un profano y peccata minuta para un jubilado como yo, al tiempo que pensaba en cómo cocinarlos sin mirar para receta alguna. Con el dedo índice separé el cuerpo de su caparazón para extraerles las vísceras. Aparté la bolsa de la tinta para un vaso, para que no armase escándalo a la vista, luego extraje la cococha, para después dar un corte por delante de los ojos y quitar la dura boca de este cefalópodo. Al final les retiré la plumilla uno a uno, no me gustan con ella. Una vez limpios, piqué menudo los tentáculos y las cocochas y las reservé aparte del cuerpo. Tomé una sartén, con aceite de oliva, y rehogué cebolla, ajo, pimiento verde y rojo con perejil. Todo muy picado. Salé y acompañé con una guindilla. Más tarde agregué una cucharada de harina tamizada, que pasé bien para que no dejase ese sabor que no quería. Eché vino blanco, lo evaporé a fuego fuerte y reservé todo. En otra sartén poché la otra cebolla, con ajo y pimiento verde con perejil y unos tacos muy menudos de paleta y los tentáculos del chipirón. Eché una copita de bebida espiritosa y después evaporé su alcohol. Cuando el color saltó a la vista y el olor invadió mi napia, lo retiré del fuego, rectificando de sal.

Al contenido de la pota le agregué agua para que la salsa no quedase espesa y la trituré fina. Es bueno intentar adivinar los ingredientes con otros sentidos que no sean los de la vista.

Una vez atemperado el relleno, procedí, con una cucharilla de café, a rellenarlos y a cerrarlos con un palillo nuevo. Según los iba rematando los ponía a descansar en la salsa de la pota. Allí, tranquilos, los puse a hervir suavemente durante unos veinte minutos para luego dejarlos reposar.

¿Saben qué les digo por si no lo saben? Que el próximo que me regale manjares semejantes... le invitaré a catarlos. ¡Qué menos! Es un manjar difícil de explicar.

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