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Castropol, Pueblo Ejemplar de Asturias

Las leyes en tiempos convulsos y nuestra Constitución hoy

8 de Noviembre del 2023 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Hace días he leído por segunda vez la novela “Tiempos convulsos”, de la escritora Ana Castillo Moreno. La autora nos lleva de la mano, entre los años 1959 y 1980, por vivencias en el País Vasco. Lo hace a lo largo de la obra contemplando la posguerra y la Transición española con distintas historias unidas que, también, pueden ser extrapoladas a los pueblos de nuestra juventud. En ella se refleja una realidad llena de obstáculos que aquella sociedad imponía y que, incluso, hizo perder la vida a algunos. Tiempos tormentosos que se reflejan en un ambiente político, religioso y cultural, con la emigración, la clandestinidad y la lucha contra la dictadura del momento por medio. El nacimiento de ETA y el estallido de la violencia, con movimientos obreros y estudiantiles luchando por la justicia social. El relato de la novela de aquellas vivencias trata de hacernos ver que solo hay una única salida: el amor y el perdón.

No cabe duda de que por uno u otro motivo hoy día parece que algunas partes ansían repetir aquellos tiempos convulsos. Cincuenta y ocho conflictos de guerra abiertos actualmente en nuestro planeta nos hacen ver las orejas al lobo. Desde que el hombre es hombre no dejó de haberlos, lo que pasa es que como el ser humano tiene la capacidad de armarse de coraza, si hay que hacerlo, para hacer frente a ellos mirando para otro lado. Como me dijo un amigo el otro día: “Primero hay que arreglar los problemas de casa, que esos no nos afectan...”.

Generalmente, con la guerra, no empezamos a sufrir salvo que las bombas nos estallen muy cerca, geográficamente hablando. Es de suponer que solamente el ruido de esas explosiones destructivas hará temblar al más valiente de los mortales. Personalmente, esos terribles bombazos me advirtieron cómo podía ser la realidad de una guerra al ver la película “El pianista”, de Roman Polanski. Me impactaron enormemente a pesar de su relajante banda sonora. Parte de ese ruido infernal de guerra real sí lo viví en directo en Gijón este verano pasado, viendo y oyendo pasar de un lado a otro, a baja altura, a los cazabombarderos supersónicos que con sus exhibiciones y ruido atronador me empujaron a imaginar lo que será vivir una guerra en vivo y en directo. Recuerdo que mi abuela y mi madre, que la vivieron, siempre decían: “Dios nos aparte de las guerras, nenín”. Al tiempo que, lloriqueando, se agarraban a su cabeza.

Si a esas realidades sumamos que hoy día los medios a nuestro alcance en las redes nos pueden informar ce por be de casi todo lo que está ocurriendo por el mundo, pues sentiremos más cerca de nuestras puertas esos conflictos: guerras de Ucrania y Gaza... Viendo las matanzas de seres humanos inocentes que se producen en esas conflagraciones, casi nos imaginamos el olor de la sangre inocente derramada, producida por tanta barbarie.

Aquellos tiempos compulsos vividos de los años sesenta a los ochenta en Vascongadas (con los vascos e inmigrantes de entonces como protagonistas) parecen asomar queriendo extrapolarse poco a poco al día de hoy. Con la diferencia de que entonces era lo que había, pues no existía otro catálogo donde escoger. En cambio hoy nosotros tenemos la suerte de buscar nuestro destino en las urnas al amparo de nuestra Constitución, que nos protege. Destino que debiéramos respetar, sin tratar de envenenarlo todo con insultos, falsos testimonios y los tan de moda “fake” (falsedades que circulan por las redes, por si alguien no lo sabe), a conveniencia de oscuros propósitos, probablemente. Todo ello llevado a la calle por personas sin escrúpulos, que con hostigamiento siembran el odio que puede acabar liándola muy gorda llegando a una meta que sabemos cómo empieza pero no cómo puede acabar. Debiéramos pensar que todas esas noticias falsas y todo el ruido que las pueda acompañar en la calle con tan manejadas malas intenciones probablemente se cortarían de cuajo si no viviésemos en una democracia de la que se aprovechan. Tenemos la suerte de vivir bajo el amparo de una Constitución que contempla la libertad de expresión, pero no la mentira y las falsedades, bolas, trolas, engaños, enredos, calumnias o cuentos. Una Constitución acordada, aceptada y firmada por nuestros padres, abuelos y muchos de nosotros aquel 31 de octubre de 1978. Desde entonces la vida cambió y los temores, afortunadamente, se fueron diluyendo, a pesar de malignos intereses que los quieran resucitar.

Termino, querido lector que me soportas, que una cosa son los ideales de cada uno y otra muy distinta el respetar la ley contemplada en nuestra Constitución, que es de todos los españoles y que su acatamiento parece incordiar a algunos. En conciencia, aun con cierto recelo adquirido hace muchos años, me atrevo a apostillar que desde la firma de ese Código ninguno de los partidos democráticos que escogimos cada cuatro años desde entonces fue capaz a cambiar una coma en ella surgiendo ahora, de repente, todos los problemas y protestas para tratar de no acatarla para que no se cumplan los sufragios. Para nuestro bien, o menos mal, de nuestros hijos y nietos respetémosla. Y para respetarla, si somos ciudadanos de bien, nada mejor que conocerla.

Leedla, que sin duda es bueno conocerla con nuestros derechos y obligaciones para ser ciudadanos enterados, libres, honestos y respetuosos con los demás.

 

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