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Castropol, Pueblo Ejemplar de Asturias

Relaciones sociales, las de antes

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2 de Febrero del 2024 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Desde hace unos años las redes sociales lo copan todo. Nada se escapa a su control. Se dice que las grandes potencias vigilan noche y día todos nuestros movimientos y quizá, ya, también nuestros pensamientos. Últimamente busco algo en internet y al poco me bombardean por el móvil con cosas similares, dándome que pensar. ¡Qué agobio! Alguien decidió entretenernos, controlarnos, e incluso dominarnos, haciéndonos adictos a ellas.

De un par de docenas de años para atrás los humanos vulgares de a pie nos relacionábamos con nuestros semejantes diariamente, cara a cara, con naturalidad, sin nada de por medio. Lo hacíamos en vivo, por razones de trabajo, de servicios, de viajes, de asueto... En esas cotidianas relaciones tan necesarias con los demás, instintiva e inconscientemente se observaban comportamientos, tendencias y demás caracteres de las personas con las que interactuábamos. De esas relaciones sacabas un patrón y una opinión generalizada o profunda de esa persona, que te servía para encuadrarla y saber si te interesaba o no para el desenvolvimiento de tu vida. Bien pensando que podría pasar a engrosar tu grupo de amigos. O de manera egoísta, económicamente hablando, para tus intereses, o para ser tu futura pareja si es que aspirabas a ello. O, simplemente, para cultivar el espíritu.

Todas estas observaciones hacia los demás, hacían que tu mente funcionase y razonase con unos patrones grabados en tu ADN o personalidad desde hace más de doscientos mil años, seguramente. Hasta que aparecieron las llamadas redes sociales, que, de golpe y porrazo, lo fastidiaron todo dejando a un lado las cartas manuscritas, el teléfono fijo, la máquina de escribir, las reuniones a domicilio y un sinfín de cosas más.

Siendo niño, allá por los años sesenta del siglo pasado, me acuerdo de caminar todos los lunes de cada semana del año un par de kilómetros desde mi casa a la de Pepe de Martina. Lo hacía para entregarle una carta escrita por mi madre, destinada a mi hermana que vivía en el entonces lejano y hoy cercano Avilés ("Dios quiera que al recibo de esta...", comenzaba a escribir mi madre con todo el cariño de progenitora y a toda velocidad, pues no tenía tiempo que perder). La carta salía de casa de mi madre el domingo por la tarde y la contestación volvía el martes a la noche. Entonces me parecía rápido el sistema de comunicación por medio de Pepe como correo, comparándolo con el mismo procedimiento a través de barcos o aviones para cartearse con la familia en las Américas, que nos enviaban y recibían cinco o seis cartas al año, como mucho.

A Pepe de Martina lo recuerdo siempre vestido con gabardina hasta los pies, tocado con gorra madrileña y calzado con botas Chiruca. Era un señor educado, respetuoso y culto que impartía en sus horas libres clases de latín a estudiantes, para ayudar a su economía familiar. Se había formado en el Seminario, que abandonó casi siendo pastor de las almas para casarse y aportar hijos a la patria. La mayoría de sus ingresos provenían de un negocio de huevos. Los compraba por las casas de la contornada. Pepe y Martina, su mujer, los empaquetaban por la noche en hueveras para entregarlos sanos y salvos a un mayorista en la Villa del Adelantado. El medio de transporte, el mismo en invierno que en verano, era El Aldeano, el autobús que paraba en todos los pueblos por donde pasaba. Pepe viajaba con billete de tercera, lo que solo le daba derecho a ocupar plaza en los bancos de madera situados encima del techo del autobús, a los que se accedía por una endeble y estrecha escalera situada en el exterior del vehículo. Allí arriba, al aire libre, más cerca de Dios, se pasaba el bueno de Pepe más de ocho horas semanales sentado, pensando, fumando y cogiendo mojaduras que a menudo se convertían en duraderos catarros.

El otro medio de comunicación que teníamos en el pueblo entonces, más rápido que la carta, era el único teléfono público que había en casa de María de Flora. Solo se usaba para cosas urgentes. Recibía la llamada la telefonista y si no tenía forma de mandar recado al destinatario por alguien que pasase por allí, salía rauda dando zapatilla o galocha a entregar el aviso de conferencia. Si todo se daba bien, con mucha suerte, se podía celebrar la conexión por el cable en el mismo día. Era normal encontrar a María todos los días por los caminos de los distintos barrios para cumplir con su trabajo.

Hoy día los tiempos cambiaron tanto en todos los sectores que no podía ser menos en las comunicaciones. Ahora las relaciones se hacen vía Facebook, Messenger, Instagram y otros medios ultramodernos llamados "redes sociales". Siendo, a mi juicio, el más popular y al alcance de todos el Facebú (como le llama mi pesado amigo jubilado Bras). Los que tenemos hijos en cualquier parte del mundo podemos hablar y verlos diariamente por esos medios, que no es poco, haciendo que no se note que envejecemos y que nuestros nietos no nos extrañen cuando vienen a vernos en vacaciones.

Los que queremos saber algo de cualquier cosa o tema no nos hace falta leerlo en ningún lado, simplemente le preguntamos a Alesa o a Google, que lo saben todo.

Así que hoy ya no impera la necesidad de salir de casa para relacionarse y saber tanto de la vida de los demás como cuando salíamos diaria y obligatoriamente a realizar nuestras actividades cotidianas. Pero, probablemente, aquellos roces sociales de entonces no podrá suplirlos hoy ni siquiera la inteligencia artificial, que viene pisando con fuerza. Pero a pesar de esa fuerza, le va a costar un huevo a ese campo de la informática el sustituir la gracia, el brillo de los ojos, la sonrisa, el guiño, el doble sentido de la palabra y, mucho menos, el olor, el frío o el calor y otras gracias que desprendemos los humanos y que no somos capaces de captar sin tener al interlocutor delante de nosotros en carne y hueso.

Ahora para encasillar a cada persona con la que nos relacionamos por las redes no hace falta observar ni estudiar tantos detalles como entonces. Simplemente limitándonos a leer sus exposiciones y comentarios y las respuestas que recibimos por las redes con sus "me gusta". Esos amigos pueden hacer que uno se pueda convertir en un "influencer" famoso (poderoso, prestigioso, respetado, relacionado...), amado o envidiado de la noche a la mañana.

Podemos conocer muchas más cosas de los demás sin molestarnos en salir de casa o pensar mucho, de amigos o no. Por ejemplo, si colgamos una "historia" en Facebook, veremos los nombre de todos los que entran a verla dejando allí su huella. Diferenciando a los educados, que siempre nos pondrán algo agradable, de los otros que..., haciendo mutis por el foro, se retiran a sus aposentos creyendo que no son vistos ni oídos (estos internautas eran los que antes de existir las redes observaban desde detrás de los cortinas, o usando algún que otro señuelo para enterarse o aprender sin enseñarse ni enseñar nada a cambio). Y así, descubrir mil y uno perfiles más que nos puedan interesar para nuestros fines, lícitos o no.

La red informática mundial World Wide Web hoy ya es muy difícil de parar. Le pasa como al mundo, que se detiene mal y, sobre todo, que no se le puede cambiar su rumbo o sentido de giro. También creo que ahora no es mejor ni peor que antes, sino que es diferente...

No sé lo que opinas tú de toda esta miscelánea que por mi mente circula y parte aquí te plasmo, amigo lector. Pero a mí, particularmente, a pesar de todos los pesares, si me dieran a escoger me temo que respondería sin dudar: Relaciones sociales, las de antes.

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