Las andulías de Bras
Ayer, en nuestro diario paseo a orillas del Eo observamos a las golondrinas (andulías en el Occidente asturiano), revoloteando amontonadas sobre nuestras cabezas, como si no supieran muy bien qué derrotero tomar. Esa fue mi primera impresión. Después, sin pensarlo demasiado, me di cuenta de que habían llegado paulatinamente a nuestras tierras entre marzo y abril. Aparecieron casi de repente, volando ágiles por los sembrados, calles y caminos; pero estoy seguro de que no vinieron en falúa. Tampoco tengo conocimiento de que se hubiesen detenido en ninguna frontera a enseñar papeles. Ni siquiera, algunas, a mostrar la anilla amarrada en sus frágiles patitas, para acreditar su procedencia. Y, sin embargo, aquí están.
Mi amigo Bras, que es muy exagerado él y que, mucho antes de que existiera la inteligencia artificial que tantos quebraderos de cabeza nos empieza a dar y más que nos dará, ya lo sabía casi todo. Me explicó que las golondrinas llevan miles de años llegando en primavera y marchándose antes del otoño. En dos mes de viaje se plantan aquí y vuelven para allá.
-Es una especie de traslado que hacen viajando y haciendo deporte al mismo tiempo. Como si fueran en avión, pero sin avión. Vienen a veranear y, de paso, hacen deporte y nos libran de unas cuantas moscas cojoneras, entre otros insectos molestos -Bras es así y así nos lo explica-. Bécquer ya lo decía: «Volverán las oscuras golondrinas...». En sus versos, el regreso de las aves cada primavera servía para hablarnos de aquello que vuelve, amores, venturas y desventuras, aunque nunca vuelva a ser lo mismo.
Bras se quedó un rato callado, mirando al Tesón da Cortada, y finalmente sentenció:
-Estos animalitos se comportan exactamente igual que los humanos. Con una diferencia: siempre salen y vuelven al mismo sitio y repiten el ciclo año tras año y siglo tras siglo.
Y ahí me hizo pensar. Porque los humanos, menos afortunados que las golondrinas, no siempre podemos ir y volver al mismo sitio. Hay quienes tienen que abandonar su tierra huyendo del hambre y las miserias, provocadas por guerras, dictaduras, o, simplemente, tratando de cambiar una vida sin futuro.
Y eso, aunque no tengamos mucha memoria, tampoco nos resulta tan ajeno. Nuestros padres y abuelos también emigraron. Cruzaron mares hacinados y famientos en barcos; cruzaron montañas quedándose parte por el camino. Se fueron a Francia, a Cuba, a México, a Venezuela, incluso a Marruecos y a Argelia y después a Túnez y a Egipto. Unos fueron emigrantes económicos; otros, exiliados políticos. Pero casi todos dejaron detrás una casa, una familia, unos amigos y una tierra que, probablemente, hubieran preferido no abandonar jamás. Llegaron a países donde nadie los conocía. Y alguien tuvo que recibirlos.
Bras volvió a mirar, esta vez hacia la hermosa Salías.
-Entonces -nos dijo-, ¿son muy distintos esos españoles que un día se fueron, porque aquí no podían vivir, de los que hoy llegan porque allí tampoco lo pueden hacer?
Nadie respondió. Las andulías seguían revoloteando sobre nuestras cabezas. Ninguna llevaba papeles. Ninguna parecía preguntarse si aquel cielo era suyo. Ninguna había pedido permiso para buscar un lugar donde vivir. Y pensé que ellas tienen una ventaja sobre muchos seres humanos y es que cuando llega el otoño, saben exactamente a dónde volver.
Hay personas que, cuando llega el otoño de sus vidas, ya no tienen dónde hacerlo. Y quizá, antes de preguntarnos qué hacen aquí los que llegan, deberíamos preguntarnos qué les ocurrió allí para que tuvieran que marcharse. No debemos olvidar que muchos españoles descendemos de personas que, en algún momento, fueron emigrantes, exiliados o refugiados en otro país. Nuestra historia, la de España, ofrece bastante material para devolverle la memoria a quien la haya perdido.
Después, ya podemos hablar de fronteras, de leyes, de inmigración y de todo lo demás. Pero quizá convendría no pasar el carro delante de las vacas y no olvidarnos de que, alguna vez, también nosotros fuimos los que llegábamos.