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Castropol, Pueblo Ejemplar de Asturias

El burro y el columnista

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3 de Agosto del 2026 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

En un lugar lejano del bullicio, en una redacción improvisada, un aprendiz a columnista haciendo sus pinitos descubrió que su suerte era parecida a la del burro que de joven veía día tras día en aquella finca al lado de su casa. El pobre jumento llevaba palos por no ir por el surco que el amo le mandaba. Ahora él, el columnista, un poco más curtido, si no quería crítica ni palos de tinta, debía escribir cosas agradables. No verdades, no; eso era baladí. Debía escribir cosas y casos considerados placenteros, que no es lo mismo. Y así aprendió el arte fino de escribir diciendo sin decir, de aplaudir sin chocar las palmas, de poner flores sobre estiércol para que oliera a jardín y de sonreír sin saber por qué lo hacía.

Pero una mañana friolera muy de madrugada, inspirado y tentado por la conciencia (ese viejo látigo interior), se tiró de la cama abandonando a su esposa y, pluma en ristre, escribió una verdad. Era una verdad que le impedía dormir a pierna suelta si no la hacía saber. Era una verdad limpia, razonable, transparente, demostrable y hasta cortés, que podía dejar la cara colorada a quienes habían retirado un derecho adquirido a aquellos que, castigados a capricho, ahora solo cobran tiempo y su sudado retiro.

El melancólico columnista, disgustado, volvió al pueblo un fin de semana y no pudo pasar sin visitar al burro, el de los palos, que ya estaba viejo, triste y cubierto de amatas traumáticas. Y entonces el burro y el informador, ambos los dos, se miraron en el espejo de los mansos. Uno rebuznó con resignación y el otro guardó silencio. Porque ambos sabían que, en el reino de los palos, obedecer da de comer, pero decir la verdad da hambre y desprecio

La lección de la Roja

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25 de Julio del 2026 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Leí hace unos días una frase del historiador romano Pompeyo Trogo que me hizo pensar. Decía que los hispanos eran valientes y resistentes; o sea, pistonudos. Pero que tenían un gran defecto, y era que cuando no tenían un enemigo común, se dedicaban a pelearse entre ellos. Han pasado más de dos mil años y uno se pregunta si hemos cambiado tanto.

Mi amigo Bras dice que España siempre ha demostrado una enorme capacidad para unirse cuando llegan las dificultades. Lo acabamos de comprobar con nuestra selección de fútbol. Durante unos días desaparecieron las diferencias y millones de españoles vibramos como uno solo, orgullosos de una Roja que volvió a llevar nuestro nombre a lo más alto del mundo. Qué lástima que ese espíritu dure tan poco. Porque, apenas pasa la alegría, regresan las trincheras de la política, las banderas, los reproches y los enfrentamientos. A veces parece que discutir nos resulta más fácil que escucharnos.

Trogo admiraba el valor de los pueblos de Hispania, pero lamentaba que gastaran sus fuerzas luchando entre ellos en vez de construir juntos. Quizá por eso Roma tardó casi dos siglos en conquistar la Península, pues unidos éramos muy difíciles de vencer.

Al término de nuestro paseo junto a la ría, Bras sonrió y nos dijo:

-A lo mejor Pompeyo Trogo no estaba escribiendo sobre los hispanos de hace dos mil años... A lo mejor estaba escribiendo sobre nosotros

¿Qué manual de instrucciones?

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23 de Julio del 2026 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Hay pueblos que no enchufan nada sin antes leer el manual y otros que lo leen -si lo leen- pero cuando el aparato ya protesta. No es falta de talento, es carácter. Se dice que alemanes, daneses o suecos estudian antes de pulsar un botón, por si acaso. El español, e incluso los franceses y demás pueblos del sur somos de otra escuela. Vemos el aparato, lo enchufamos y apretamos algo. Si funciona, estupendo. Si no, entonces revolvemos, pulsamos botones y desenchufamos y enchufamos. Si se niega la máquina, entonces empieza la búsqueda del manual, ese librito escondido en un cajón, con letra pequeña y varios idiomas, que se abre siempre con gesto de prisa que lleva a la rendición.

Aquí el manual no guía: se consulta en caso de desastre. Leerlo de entrada sería una pérdida de tiempo, y, casi, una afrenta al orgullo. Preferimos equivocarnos solos. Y aun así, casi todo acaba funcionando, aunque sobre un tornillo y quede un botón que nadie toca "por si las moscas".

El norte vive instalado en la prevención; el sur, en la improvisación. Ellos evitan el problema; nosotros tratamos de arreglarlo cuando aparece. Dos formas de entender el mundo.

Y la vida, claro, tampoco trae manual de instrucciones. Aquí se aprende como siempre: probando, fallando y comentándolo luego en la barra del bar. Que no será muy científico, pero en Asturias ya se sabe, antes que leer instrucciones, mejor preguntar al de al lado... que seguro ya se lo rompió antes.

El olor de las palabras

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8 de Julio del 2026 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Ahora que el verano se instala entre nosotros y muchos empiezan a preparar la maleta, hay un compañero de viaje que nunca debería faltar. Es un libro. No importa si el destino es una playa, una aldea, un banco bajo un árbol en A Lieira o en el rincón más fresco de casa. Hay veranos que se olvidan. Los buenos libros, no. Permanecen con nosotros mucho después de haber cerrado la última página.

Quizá por eso me resisto a leerlos en una pantalla. Pero antes de nada, conviene aclararlo desde el principio. No hablo desde el miedo a la tecnología ni desde la nostalgia de quien se quedó anclado en otro tiempo. A mis años manejo la informática a nivel de usuario con absoluta normalidad. Escribo, busco información, me comunico con mi familia, aprovecho cuanto internet pone a nuestro alcance y doy gracias por ello. El progreso nunca me ha asustado. Lo que sí me inquieta es otra cosa: que la comodidad termine sustituyendo al placer. Lo digo porque vivimos tan obsesionados con ahorrar unos segundos que corremos el riesgo de perder aquello que daba sentido a ese espacio de tiempo. Me siento, si se me permite la expresión, desnudo ante tanta comodidad. Porque un libro no empieza cuando uno lee la primera frase. Empieza cuando lo eliges. Cuando notas su peso. Cuando pasas lentamente la mano por la cubierta. Cuando escuchas el leve crujido de sus páginas. Y cuando, casi sin darte cuenta, lo acercas a la nariz. Sí, oler un libro. Resulta que ese gesto tan íntimo tiene nombre: "bibliosmia". Los científicos explican que el papel, la tinta y los adhesivos desprenden sustancias capaces de despertar emociones y recuerdos. Me alegra que la ciencia lo confirme (si extremamos el tema, podemos acordarnos algunos de que, allá por los años sesenta del pasado siglo, los adolescentes se colocaban oliendo latas y tubos de pegamento. Pero no es este el caso que hoy plasmo e intento hacer llegar a los lectores). Trataré de trasmitíroslo. A ver:

Los libros nuevos huelen a ilusión. A tinta fresca. A promesas todavía intactas. Al placer de emprender un viaje sin movernos del sillón. Los viejos desprenden otro perfume... Un aroma de vainilla, de madera, de almendras y de tiempo. Porque el tiempo también huele (bien lo sabemos los aldeanos). Cada página parece conservar la respiración de quienes la leyeron antes que nosotros.

Y ahí reside la diferencia. Una pantalla informa encendiéndose, pero un libro o un periódico en papel acompaña y despierta.

Nos dicen que en un lector electrónico caben miles de obras. Es verdad. También cabrían todos los cuadros del Prado en un teléfono móvil. Pero nadie cambiaría la emoción de contemplar un original por la comodidad de una reproducción. Con los libros ocurre exactamente igual. Y no es una batalla entre el papel y la tecnología. Sería absurdo plantearla así. Ambas pueden convivir. Lo que defiendo es algo mucho más sencillo, el derecho a conservar los pequeños rituales que nos hacen humanos. Como el tacto, el silencio, la espera, el aroma... Porque hay perfumes que pertenecen a nuestra biografía, como pueden ser el pan recién hecho, la tierra mojada tras la lluvia, el café de la mañana, el mar... y ese olor inconfundible que escapa de un libro cuando se abre por primera vez, o cuando vuelve a abrirse cincuenta años después.

Quizá algún día inventen una pantalla capaz de imitarlo todo en uno. No me extrañaría. Pero seguramente que seguirá faltándole lo esencial, que es la emoción de pasar una página sabiendo que, además de leer una historia, estamos tocando el tiempo. Y el tiempo, afortunadamente, de momento, todavía no puede descargarse.

¿De pie o sentado?

26 de Junio del 2026 - Antonio Valle Suárez (FIGUERAS)

En los pueblos, y, más concretamente, en las cocinas donde se arregla todo sin necesidad de BOE, hay debates que no pasan de moda. Uno de ellos, tan antiguo como el hombre, es este: ¿orinar de pie o sentado? Dicho así, parece poca cosa, pero da más conversación de la que uno imagina. No es novedad el tema. Ya Juan José Millás y Francisco Umbral, en su día, que sabían mirar donde otros pasan de largo (Millás, para goce de todos, aún lo sigue haciendo hoy), dejaron caer que en lo pequeño se retrata el personal. Y otros, en otra línea, como mi amigo Nic, dicen que el hombre generalmente no ve más que lo que tiene delante y, a veces, ni eso. Me lo hizo ver con claros ejemplos. Y aquí, en este tema que nos atañe, no falla, cada cual se define sin necesidad de decir palabra.

El hombre de antes, ese que aún queda por las esquinas, siempre apuntó y tiró de pie, como quien no quiere perder rango ni en el baño. Era cosa casi de orgullo, como que "esto se hizo así toda la vida". Y tampoco había más discusión. Pero luego viene la edad que no perdona ni discute, pone a cada uno en su sitio, y con ella suelen presentarse ciertas incomodidades que invitan a pensar menos en la postura y más en el resultado. Y ahí, sin hacer ruido, muchos descubren que sentado se vive mejor. Menos prisas, menos puntería fallida, menos llamadas de atención y menos trabajo después, que eso también cuenta.

Porque la verdad es que el asunto no es de médicos, sino de casa. De esa paz silenciosa que depende, muchas veces, de detalles que nadie firma pero todos notan. Y evitar salpicaduras no quita hombría; más bien añade convivencia, que viene a ser más útil.

Luego está el bar, la fiesta, el baño de paso..., ahí cada uno hace lo que puede y bastante es salir indemne. Pero en casa, donde no hay prisas ni testigos, lo sensato suele ser también lo más elegante.

Así que, sin darle más vueltas, de pie cuando no queda otra y sentado cuando se pueda. No hay ideología ni bandera en esto, solo costumbre... Y algo de sentido común, que nunca sobra.

Al final, como dicen los más viejos del lugar, no se trata de cómo se hace, sino de lo que queda después. Y en este asunto, mejor que no quede nada.

Gata extraviada

Gata extraviada

Se ha perdido esta gata. Responde al nombre de Angélica. Si alguien la ve, se ruega llamen al teléfono 686877150. Muchas gracias.

Plaza del Ayuntamiento

Plaza del Ayuntamiento

Calle Penzol Lavandera

Calle Penzol Lavandera

Plaza Menéndez Pelayo

Plaza Menéndez Pelayo

Plaza del Cruzadero

Plaza del Cruzadero

Calle Acevedo

Calle Acevedo

Calle Amor.

Calle Amor.

Bendición desde las escaleras del Parque

Bendición desde las escaleras del Parque

Calle del Campo.

Calle del Campo.