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Castropol, Pueblo Ejemplar de Asturias

¡Alguien que se atreva a ponerle el cascabel al gato!

 La Nueva España. 15 de Febrero del 2024 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

¿Eres consciente, amigo lector, de que tu vida corre peligro tanto si te quedas en casa como si sales a la calle? Que sepas que un balazo puede segártela antes de que sientas los ecos del disparo. Mira: "Muere en Guipúzcoa una mujer tras ser alcanzada en una vivienda por un disparo procedente del exterior", nos decía LA NUEVA ESPAÑA las pasadas Navidades. O aquella otra en la autopista AP-66, kilómetro 123: "Un autobús que viajaba hacia Oviedo recibe un disparo que provoca heridas leves a una de las pasajeras".

Parece ser que entre 2015 y 2020 la Guardia Civil contabilizó 200 accidentes provocados por armas de caza, y de ellos resultaron 31 muertos.

En casa de mis padres y en la mayoría de las de aldeas siempre hubo perros. Perros protectores, guardianes, de caza y muy pocos de compañía. En la mía conocí, allá por los años cincuenta del pasado siglo, a unos cariñosos setter y pointer, a los que mi madre no miraba con buenos ojos. Siempre los comparaba con las vacas, pues decía que solo comían y que para la leche que daban no merecía la pena el mantenerlos. Aquellos canes jamás entraban en casa. Los días crudos de invierno dormían en el pajar o en cualquier anexo exterior de la casa, o donde podían. Comían de las sobras de sus amos. Eran otros tiempos.

Mi padre, en cambio, les profesaba un cariño especial. Solo le faltaba darles besos. A veces, medio escondido, les cocía arroz con tocino. Recuerdo verlo con una sonrisa en los labios, que delataba su emocionada alegría, transportándolos en brazos al pasar a una finca alambrada, o al atravesar un monte a bravo donde los canes podían resultar lesionados. Ambos, mi padre y los chuchos, cazaban en tándem. No se les resistían perdices, arceas, agachadizas, palomas..., de las que tantas había por el nuestro Occidente en aquellos tiempos.

El arma letal que manejaba mi padre era una escopeta paralela, del calibre 12, un modelo 203, del año 1941, de la marca V. Sarasqueta. Todo un lujo al alcance de pocos cazadores, entonces. Siempre la tenía custodiada en su funda de cuero, menos cuando llegaba cansado de cazar y la colgaba en el pasamanos de la escalera mientras descansaba, para después de limpiarla y engrasarla custodiarla en su funda de color vino.

Más tarde, casi al final de su carrera como cazador, algunas veces lo acompañábamos mi hermano y yo; ambos con escopetas paralelas, del calibre 12 también, pero mucho más modestas que la joya de mi padre.

Los accidentes de caza entonces casi no existían, se limitaban la mayoría de las veces al impacto de unos perdigones perdidos que alcanzaban menos de cien metros de forma peligrosa. La mayoría de las eventualidades se quedaban solo en un simple susto por parte de todos. Ni siquiera cuando se usaban balas o plomos del doble cero para la caza del jabalí, o la raposa, el alcance no llegaba con peligro a los cien metros.

Por los mismos escenarios donde mi padre cazaba entonces me vi yo el otro día paseando, en compañía de unos amigos. Caminábamos por un sendero entre prados y bosque de pinos. De repente sentimos un ruido atronador y repetido que oprimió nuestro veterano corazón. Parecía la guerra. Un montón de disparos provenientes del monte pegado a nosotros hizo que, instintivamente, nos agachásemos todos para no levantarnos hasta que pasó aquella tormenta que nos dejó atronados. Menos mi pesado amigo jubilado, Bras, que se levantó increpando a uno de los cazadores para decirle, amenazante: "Cobarde, dele un fusil al jabalí para que se defienda...". Con alma de cazador todavía hoy, confieso que reprendí a mi amigo, ya que, para mí, no iba por ahí la cosa.

Ya en casa, me puse a repasar la ley de Caza, que en su artículo 19, apartado 1, dice: "Con carácter general queda prohibido disparar en dirección a las zonas de seguridad, siempre que el cazador no se encuentre separado de los límites de ellas por una distancia mayor de la que pueda alcanzar el proyectil...". Asimismo, dice la ley: "Queda prohibido el uso de armas de caza en el interior de los núcleos urbanos y rurales y otras zonas habitadas hasta el límite que alcancen las últimas edificaciones o instalaciones habitables por personas o ganado, ampliado en una franja de 100 metros en todas direcciones".

No puedo dejar de preguntarme, visto lo visto, si la ley de Caza es una broma o una tomadura de pelo en toda regla. ¿Cómo es posible poder cazar en todo el occidente costero, lleno de edificaciones, caminos, sendas, personas y animales por doquier, cuando una bala de fusil puede alcanzar y matar a una distancia superior a dos kilómetros? Esos artículos del reglamento de la caza más bien parecen estar redactados para aplicar a cazadores con escopeta y no con fusiles de largo alcance. ¿Por qué no se regula seriamente la ley en estos tiempos que corren para proteger la seguridad de humanos y mascotas?

Ya sé que la caza es buena, que es un gran negocio para el país, que mueve casi seis mil millones de euros al año, por eso debía protegerse regulándola seriamente. Para mí, una razonada solución podría ser el prohibir las armas de fuego de largo alcance para caza, verdaderos, sofisticados y temibles utensilios de matar a larga distancia, y sustituirlas por escopetas del calibre 12, que al ser mucho más inofensivas que los fusiles prácticamente acabarían con los accidentes. Al mismo tiempo que el cazador disfrutaría más de la caza, haría más deporte y se vería obligado a ser más fino perfeccionando estrategias a la hora de acechar y cobrar la pieza. No como ahora, que la pueden abatir sentados, disparando con un rifle de mira telescópica a más de un kilómetro de distancia desde la montaña al valle o al lado de la Casa Consistorial, si me apuran.

Dejé a un lado la ley de Caza, ya que su farragosa lectura me estaba preocupando y deprimiendo... Y me vino a la mente que seguramente sería mejor, visto lo visto, no salir al campo los días de caza, quedándose uno refugiado dentro de las cuatro paredes, apartado de puertas y ventanas por donde pueda entrar un proyectil perdido dispuesto a ajusticiarte. A ver si, entre tanto, aparece alguien que se atreva a ponerle el cascabel al gato.

El singular vehículo eléctrico para el metro de Madrid que se construye en Castropol (y es único en Europa)

"Está especialmente diseñada para trabajar en los túneles", señala el responsable de Uromac, que ha invertido más de tres años de trabajo en su diseño y fabricación

Fernández-Catuxo con el consejero de Ciencia en la nueva máquina.

Fernández-Catuxo con el consejero de Ciencia en la nueva máquina. / T. CASCUDO

Barres (Castropol) 21 FEB 2024 17:26 Actualizada 21 FEB 2024 17:28

La línea de metro de Madrid se remonta al año 1919 y es la más antigua de España. Sin embargo, contará con la flota de vehículos de mantenimiento más moderna de Europa. Las nuevas máquinas, pioneras por trabajar de manera autónoma en modo cien por cien eléctrico, han sido diseñadas y construidas en Castropol por la empresa Uromac Systems, especializada en la construcción de vehículos para ferrocarriles urbanos. El consejero de Ciencia, Borja Sánchez, visitó este miércoles las instalaciones de la firma en el polígono de Barres para conocer estas dos primeras máquinas, que viajarán en cuestión de días a Madrid.

El director general de Uromac, Javier Fernández-Catuxo, explica que los dos vehículos han sido encargados por las empresas españolas Tedecon y Tecsa, que se ocupan del servicio de mantenimiento del metro. "Es una máquina que está especialmente diseñada para trabajar en los túneles de metro porque es eléctrica, muy compacta y no emite gases, ni partículas, ni ruido. Los metros antiguos, como el de Madrid, tienen túneles muy estrechos y no existe una máquina adaptada y que use un sistema eléctrico hecho especialmente para túneles. Así que es un producto muy especial y muy específico, para una problemática muy concreta", precisa. En el desarrollo de estas máquinas Uromac ha invertido algo más de tres años. "Hubo que partir de cero. Investigamos el mercado y buscamos tecnología y luego la integramos en un diseño. Conlleva una labor de búsqueda tremenda, que después hay que integrar en un diseño y fabricar", expone el empresario castropolense.

Entre las particularidades del vehículo, de siete metros de longitud y veinte toneladas de peso, está el hecho de disponer de una cabina presurizada, que permitirá a los trabajadores que viajen a bordo resguardarse dentro en caso de que haya partículas en suspensión o cualquier tipo de contaminación en el ambiente. "No emite gases cuando está trabajando y puede trabajar en modo híbrido o en modo eléctrico puro", añade Fernández-Catuxo sobre estos vehículos con capacidad para seis personas y una velocidad máxima de sesenta kilómetros por hora.

Fernández-Catuxo explica las particularidades de la nueva máquina, a su espalda.

Fernández-Catuxo explica las particularidades de la nueva máquina ante la mirada del director comercial de Uromac (primero por la izquierda), David Menéndez, el consejero de Ciencia y el Alcalde de Castropol. / T. CASCUDO

Las dresinas se ocuparán del mantenimiento de la línea, una labor que se realiza habitualmente por la noche. "Son máquinas polivalentes, se usan para mover personal y equipamiento y para hacer múltiples tareas", señala el responsable de Uromac. Indica que habitualmente para estas labores se usan máquinas ferroviarias de vía convencional y no existía en el mercado una máquina específica para metro, lo suficientemente compacta para adentrarse en los estrechos túneles que tienen algunos trazados.

El responsable de Uromac, una firma que exporta el ochenta por ciento de su producción, explica que estas dos máquinas está especialmente diseñadas para el metro de Madrid, pero su base tecnológica se puede aplicar a cualquier otro metro del mundo. En este sentido, son conscientes de que otras firmas del mercado están expectantes a la espera de ver el trabajo de esta maquinaria, que entrará en servicio muy pronto.

Trabajadores dando los últimos retoques a la segunda máquina en construcción.

Trabajadores dando los últimos retoques a la segunda máquina en construcción. / T. CASCUDO

El consejero de Ciencia, acompañado por el Alcalde de Castropol, Francisco Javier Vinjoy, alabó el trabajo de la compañía Uromac: "Es uno de estos casos en los que desde Asturias se están fabricando productos muy tecnológicos, muy innovadores para el resto del país y del mundo. Somos firmes convencidos de que la innovación es un vector de productividad muy importante para la competitividad y para la internacionalización de las empresas asturianas". La firma Uromac nació en Castropol en 1991 e inicialmente estaba centrada en la construcción de maquinaria de obra pública y construcción. La crisis del ladrillo motivó su reconversión al sector ferroviario en el que están logrando importantes éxitos. No solo trabajan en Europa, sino también en otros puntos del mundo como Asia y Oriente Medio.

Relaciones sociales, las de antes

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2 de Febrero del 2024 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Desde hace unos años las redes sociales lo copan todo. Nada se escapa a su control. Se dice que las grandes potencias vigilan noche y día todos nuestros movimientos y quizá, ya, también nuestros pensamientos. Últimamente busco algo en internet y al poco me bombardean por el móvil con cosas similares, dándome que pensar. ¡Qué agobio! Alguien decidió entretenernos, controlarnos, e incluso dominarnos, haciéndonos adictos a ellas.

De un par de docenas de años para atrás los humanos vulgares de a pie nos relacionábamos con nuestros semejantes diariamente, cara a cara, con naturalidad, sin nada de por medio. Lo hacíamos en vivo, por razones de trabajo, de servicios, de viajes, de asueto... En esas cotidianas relaciones tan necesarias con los demás, instintiva e inconscientemente se observaban comportamientos, tendencias y demás caracteres de las personas con las que interactuábamos. De esas relaciones sacabas un patrón y una opinión generalizada o profunda de esa persona, que te servía para encuadrarla y saber si te interesaba o no para el desenvolvimiento de tu vida. Bien pensando que podría pasar a engrosar tu grupo de amigos. O de manera egoísta, económicamente hablando, para tus intereses, o para ser tu futura pareja si es que aspirabas a ello. O, simplemente, para cultivar el espíritu.

Todas estas observaciones hacia los demás, hacían que tu mente funcionase y razonase con unos patrones grabados en tu ADN o personalidad desde hace más de doscientos mil años, seguramente. Hasta que aparecieron las llamadas redes sociales, que, de golpe y porrazo, lo fastidiaron todo dejando a un lado las cartas manuscritas, el teléfono fijo, la máquina de escribir, las reuniones a domicilio y un sinfín de cosas más.

Siendo niño, allá por los años sesenta del siglo pasado, me acuerdo de caminar todos los lunes de cada semana del año un par de kilómetros desde mi casa a la de Pepe de Martina. Lo hacía para entregarle una carta escrita por mi madre, destinada a mi hermana que vivía en el entonces lejano y hoy cercano Avilés ("Dios quiera que al recibo de esta...", comenzaba a escribir mi madre con todo el cariño de progenitora y a toda velocidad, pues no tenía tiempo que perder). La carta salía de casa de mi madre el domingo por la tarde y la contestación volvía el martes a la noche. Entonces me parecía rápido el sistema de comunicación por medio de Pepe como correo, comparándolo con el mismo procedimiento a través de barcos o aviones para cartearse con la familia en las Américas, que nos enviaban y recibían cinco o seis cartas al año, como mucho.

A Pepe de Martina lo recuerdo siempre vestido con gabardina hasta los pies, tocado con gorra madrileña y calzado con botas Chiruca. Era un señor educado, respetuoso y culto que impartía en sus horas libres clases de latín a estudiantes, para ayudar a su economía familiar. Se había formado en el Seminario, que abandonó casi siendo pastor de las almas para casarse y aportar hijos a la patria. La mayoría de sus ingresos provenían de un negocio de huevos. Los compraba por las casas de la contornada. Pepe y Martina, su mujer, los empaquetaban por la noche en hueveras para entregarlos sanos y salvos a un mayorista en la Villa del Adelantado. El medio de transporte, el mismo en invierno que en verano, era El Aldeano, el autobús que paraba en todos los pueblos por donde pasaba. Pepe viajaba con billete de tercera, lo que solo le daba derecho a ocupar plaza en los bancos de madera situados encima del techo del autobús, a los que se accedía por una endeble y estrecha escalera situada en el exterior del vehículo. Allí arriba, al aire libre, más cerca de Dios, se pasaba el bueno de Pepe más de ocho horas semanales sentado, pensando, fumando y cogiendo mojaduras que a menudo se convertían en duraderos catarros.

El otro medio de comunicación que teníamos en el pueblo entonces, más rápido que la carta, era el único teléfono público que había en casa de María de Flora. Solo se usaba para cosas urgentes. Recibía la llamada la telefonista y si no tenía forma de mandar recado al destinatario por alguien que pasase por allí, salía rauda dando zapatilla o galocha a entregar el aviso de conferencia. Si todo se daba bien, con mucha suerte, se podía celebrar la conexión por el cable en el mismo día. Era normal encontrar a María todos los días por los caminos de los distintos barrios para cumplir con su trabajo.

Hoy día los tiempos cambiaron tanto en todos los sectores que no podía ser menos en las comunicaciones. Ahora las relaciones se hacen vía Facebook, Messenger, Instagram y otros medios ultramodernos llamados "redes sociales". Siendo, a mi juicio, el más popular y al alcance de todos el Facebú (como le llama mi pesado amigo jubilado Bras). Los que tenemos hijos en cualquier parte del mundo podemos hablar y verlos diariamente por esos medios, que no es poco, haciendo que no se note que envejecemos y que nuestros nietos no nos extrañen cuando vienen a vernos en vacaciones.

Los que queremos saber algo de cualquier cosa o tema no nos hace falta leerlo en ningún lado, simplemente le preguntamos a Alesa o a Google, que lo saben todo.

Así que hoy ya no impera la necesidad de salir de casa para relacionarse y saber tanto de la vida de los demás como cuando salíamos diaria y obligatoriamente a realizar nuestras actividades cotidianas. Pero, probablemente, aquellos roces sociales de entonces no podrá suplirlos hoy ni siquiera la inteligencia artificial, que viene pisando con fuerza. Pero a pesar de esa fuerza, le va a costar un huevo a ese campo de la informática el sustituir la gracia, el brillo de los ojos, la sonrisa, el guiño, el doble sentido de la palabra y, mucho menos, el olor, el frío o el calor y otras gracias que desprendemos los humanos y que no somos capaces de captar sin tener al interlocutor delante de nosotros en carne y hueso.

Ahora para encasillar a cada persona con la que nos relacionamos por las redes no hace falta observar ni estudiar tantos detalles como entonces. Simplemente limitándonos a leer sus exposiciones y comentarios y las respuestas que recibimos por las redes con sus "me gusta". Esos amigos pueden hacer que uno se pueda convertir en un "influencer" famoso (poderoso, prestigioso, respetado, relacionado...), amado o envidiado de la noche a la mañana.

Podemos conocer muchas más cosas de los demás sin molestarnos en salir de casa o pensar mucho, de amigos o no. Por ejemplo, si colgamos una "historia" en Facebook, veremos los nombre de todos los que entran a verla dejando allí su huella. Diferenciando a los educados, que siempre nos pondrán algo agradable, de los otros que..., haciendo mutis por el foro, se retiran a sus aposentos creyendo que no son vistos ni oídos (estos internautas eran los que antes de existir las redes observaban desde detrás de los cortinas, o usando algún que otro señuelo para enterarse o aprender sin enseñarse ni enseñar nada a cambio). Y así, descubrir mil y uno perfiles más que nos puedan interesar para nuestros fines, lícitos o no.

La red informática mundial World Wide Web hoy ya es muy difícil de parar. Le pasa como al mundo, que se detiene mal y, sobre todo, que no se le puede cambiar su rumbo o sentido de giro. También creo que ahora no es mejor ni peor que antes, sino que es diferente...

No sé lo que opinas tú de toda esta miscelánea que por mi mente circula y parte aquí te plasmo, amigo lector. Pero a mí, particularmente, a pesar de todos los pesares, si me dieran a escoger me temo que respondería sin dudar: Relaciones sociales, las de antes.

Primer premio del Concurso de Decoración Navideña del Ayuntamiento de Castropol, al Belén parroquial de dicha localidad.

Mi carta a los Reyes Magos para 2024

La Nueva España » Cartas de los lectores » Mi carta a los Reyes Magos para 2024

2 de Enero del 2024 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Queridos Reyes Magos de Oriente:

Deseo que al recibo de esta estéis bien de salud física y mental, ya que, humildemente, me atrevo a pensar que buena falta os ha de hacer para satisfacer todas las peticiones, compromisos y deseos que tendréis en vuestro poder. Visto lo visto en 2023, que ya se fue, no me siento con razones para pediros nada material para mí tampoco este año.

¿Con qué nos podéis consolar en este 2024 recién estrenado, queridos Reyes Magos? Viendo lo que está ocurriendo diariamente por el mundo: guerras y abusos de poder e injusticias que estallan con toda clase de disculpas y razonamientos, casi siempre lanzadas por el más fuerte, amparándose en sus intereses muchas veces inconfesables. A unos 3.500 kilómetros de aquí, ya va para dos años la conflagración en la vecina Ucrania. Una guerra de la que ya casi ni nos acordamos pero que ha causado miles de muertos, la mayoría inocentes. Muertos que siguen aumentando día tras día y sin atisbos de parar. Con más de 18 millones de ciudadanos que necesitan asistencia humanitaria, en una estampa que hace muchos años que no se veía en el Viejo Continente... ¿Será posible que sean ciertas esas cifras, queridos Reyes? Esa vergonzosa masacre es tapada ahora por la que estalló hace casi dos meses en Palestina, en la parte este del Mediterráneo, y a una distancia en kilómetros similar a la de Ucrania. Allí, en Palestina, aunque miremos para otro lado, todos sabemos que mueren miles de inocentes también que, seguramente, no entienden nada de la psicosis que les toca vivir. Psicosis que a cualquier ser humano que nos tocase, de vivirla, seguro que creeríamos que son alucinaciones más que realidades.

A esas dos guerras que tenemos a la puerta de casa habremos de sumar otras cincuenta y cuatro más que están activas por el mundo. Pero esas, al estar muy lejos, nos resbalan más.

Me dice mi buen amigo Bras que seguro que, aunque no nos lo digáis, vosotros también estáis convencidos de que las guerras no se acabarán nunca, ni a cañonazos ni con otro tipo de violencias. Esa deseable utopía llamada Paz... Seguramente se podrían acabar cuando se cierren todas las fábricas de armas y, estas, se sustituyan por escuelas, institutos, facultades..., donde fluya la cultura con enseñanzas, I+D y diálogos razonados, llenos de humanidad y de buena fe.

Para este año que viene solo os pido, siendo consciente de que no es poco, que pongáis orden en el mundo entero. Tratar de hacerlo por todos los medios a vuestro alcance, queridos Reyes Magos. Aunque es de sentido común que va a ser muy difícil hacernos asesar a nosotros, los mayores, haciendo que nos sentemos a intercambiar opiniones para llegar a acuerdos por las buenas, sin hacer uso de la fuerza, desterrando toda clase de crispaciones, violencias y agresiones. Al tiempo que abandonemos la actual tan extendida proliferación de insultos, falsos testimonios, siembra de cizaña mezclada con fakes y el todo vale, persiguiendo no sé qué oscuras intenciones que no sabemos adónde nos pueden llevar.

Creo que debo deciros que en las diarias conversaciones con mis amigos, entre los que destaca Bras (mi pesado amigo jubilado, el de la gorra calada, ¿sabéis?), llegamos a la conclusión de que a medida que nos van cayendo más años encima estamos más convencidos de que la Paz no es para ya mismo. Como poco será para dentro de unos años más, cuando a los hombres del mañana (niños de hoy) les inculquemos lo que ya os he pedido para 2023. Con el riesgo de que me llaméis pesado, como yo llamo a mi amigo Bras, pero con el atrevimiento de volver a repetíroslo, os lo plasmo aquí otra vez como petición para el nuevo 2024. Aunque no dudo que lo sabéis de memoria, ya que no en vano, en sueños, me lo susurráis al oído muchas veces:

"...y me gustaría que comentarais al oído de cada padre o madre que transmitan a sus hijos que vivimos en el mejor país del mundo, que se llama España. Y, de paso, que cuando sean ellos mayores, sus hijos, que por muchos beneficios que esperen conseguir, que no levanten falsos testimonios, ni insulten, ni obstaculicen, ni se peleen para perjudicar y desprestigiar a nuestra España ante todos, dentro y fuera de sus fronteras...".

En resumen, que se lo piensen muy mucho, que actúen honradamente, agotando todo diálogo posible antes de llegar a cualquier forma de belicosidad, que nunca conduce a nada bueno.

En la vida del hombre, la fecha de caducidad, mejor que no

La Nueva España » Cartas de los lectores » En la vida del hombre, la fecha de caducidad, mejor que no

15 de Diciembre del 2023 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Todos los productos envasados para nutrirnos que circulan por el mercado tienen la obligación por ley de llevar una leyenda en lugar visible donde se indique su fecha de caducidad o, por lo menos, la de su consumo preferente. Con ello, el Ministerio de Consumo español, a través de la agencia AESAN, vela por los derechos de los consumidores.

Bien es verdad que con los productos marcados con fecha de caducidad o consumo preferente nos sentimos protegidos. No ocurre lo mismo con la recolección de setas en el bosque, que no portan aviso alguno al consumidor. Es decir, que si no queremos meternos en camisas de once varas con el riesgo de comer setas tóxicas debemos entender de lo que traemos entre manos. Pero si no somos expertos en micología, simplemente nos libraremos de una posible intoxicación no mirándolas siquiera, pasando de largo, sin tocarlas ni olerlas.

Sin embargo, si se trata de un producto envasado, por ejemplo, un yogur, si estamos un poco enterados podemos tomárnoslo sin problema alguno aunque su consumo esté aconsejado para un mes atrás. Claro que, además, lo comeríamos después de observar que no nos desagradase su aspecto ni que nos tumbase su olor. Evidente, ¿verdad?

Con la vida, el hombre, desde que es hombre, ya trae incorporado de nacimiento su particular ADN. En él se plasman las instrucciones genéticas aplicadas al desarrollo y funcionamiento de nuestro cuerpo físico para toda la vida. Una maravilla allí escondida para saber casi todo sobre nosotros: si seremos calvos o peludos, rubios o morenos, monógamos o promiscuos, rezadores o blasfemos... Seguramente que también viene grabada en él la fecha de nuestra caducidad... Pero, aunque volviese a este mundo nuestro finado vecino don Severo Ochoa, para seguir estudiando el ácido nucleico de que se compone el ADN, probablemente no sería capaz de descifrar en qué fecha sería la caducidad de cada "Homo sapiens".

Por tanto, ¿no os parece que podría ser interesante que el hombre conociese su caducidad y la de los demás? Y que la llevase encima con una etiqueta a la vista de todos. Pero, claro, si así fuese, sería un desastre andar por los caminos del Señor paseando la vida terrenal con fecha de caducidad, mirándonos unos a otros: "Mira, Fulano se muere tal día...", "Mengano se marcha ya, pobre, está en puertas". O, "ya iba siendo hora de que llamaran a ese que va bueno de hacerlas". Si lo supiésemos de antemano, probablemente llevaríamos una vida ordenada, sin cargos de conciencia, preparados para las sorpresas de cualquier tipo que se pudiesen presentar. Además, nos daría tiempo a dictar nuestro testamento, de manejar la forma de amar, de gastar o ahorrar, de odiar, de insultar o alabar al prójimo. De cantar las cuarenta públicamente a aquellos que nos cercenaron algunos de nuestros derechos adquiridos desde hace muchos años, por ejemplo, y a quien ahora no tenemos la valentía suficiente para hacerlo porque al no conocer nuestra fecha de caducidad, ni la suya, podemos vernos metidos en un buen lío si no medimos bien nuestras palabras. ¡Qué pena el no llevarla encima! Pero si la portásemos en lugar visible, qué pasaría si vamos a pedir un préstamo a la caja y nos ven la etiqueta donde dice que no nos queda lo suficiente... Ya le pasó a mi finado amigo Félix, que con 74 años le denegaron un préstamo en el banco alegando que estaba a punto de caducar. Menudo disgusto se llevó, el pobre.

Bueno, pensándolo bien, si no se marcase la fecha de caducidad para los productos alimentarios, seguramente nos moriríamos muchos, pues habría quien hiciese negocio vendiéndolo todo, sano y podrido, sin desperdiciar nada y sin sopesar las consecuencias. No sé si seremos conscientes de que cada año se tiran a la basura en España mil doscientos millones de kilos de alimentos, entre ellos, un porcentaje elevado de caducados. Con ellos se podría alimentar a casi dos millones de personas al año, o reducir la inseguridad alimentaria y nutricional de los seis millones de españoles que sufren pobreza alimentaria, según estudio de la Universidad de Barcelona (UB).

No sé lo que opinas tú después de leída toda esta entrelazada miscelánea que aquí me permito verter, querido lector. Pero a mí la decisión final al respecto (la de la caducidad, me refiero) me empujó a tomarla alguna de las frases lapidarias plasmadas por Manuel Vilas en su novela, "Ordesa": "Morir es caducar... la fecha de caducidad es una fecha fúnebre"... Por tanto, por mi parte al menos, deseo que los alimentos sigan luciendo su fecha de caducidad. Aunque, en lo que se refiere a la fecha de caducidad de bares, relojerías, bancos y cajas, burdeles, talleres, hospitales y, sobre todo, en la vida del hombre, la fecha de caducidad, mejor que no.

Las leyes en tiempos convulsos y nuestra Constitución hoy

8 de Noviembre del 2023 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Hace días he leído por segunda vez la novela “Tiempos convulsos”, de la escritora Ana Castillo Moreno. La autora nos lleva de la mano, entre los años 1959 y 1980, por vivencias en el País Vasco. Lo hace a lo largo de la obra contemplando la posguerra y la Transición española con distintas historias unidas que, también, pueden ser extrapoladas a los pueblos de nuestra juventud. En ella se refleja una realidad llena de obstáculos que aquella sociedad imponía y que, incluso, hizo perder la vida a algunos. Tiempos tormentosos que se reflejan en un ambiente político, religioso y cultural, con la emigración, la clandestinidad y la lucha contra la dictadura del momento por medio. El nacimiento de ETA y el estallido de la violencia, con movimientos obreros y estudiantiles luchando por la justicia social. El relato de la novela de aquellas vivencias trata de hacernos ver que solo hay una única salida: el amor y el perdón.

No cabe duda de que por uno u otro motivo hoy día parece que algunas partes ansían repetir aquellos tiempos convulsos. Cincuenta y ocho conflictos de guerra abiertos actualmente en nuestro planeta nos hacen ver las orejas al lobo. Desde que el hombre es hombre no dejó de haberlos, lo que pasa es que como el ser humano tiene la capacidad de armarse de coraza, si hay que hacerlo, para hacer frente a ellos mirando para otro lado. Como me dijo un amigo el otro día: “Primero hay que arreglar los problemas de casa, que esos no nos afectan...”.

Generalmente, con la guerra, no empezamos a sufrir salvo que las bombas nos estallen muy cerca, geográficamente hablando. Es de suponer que solamente el ruido de esas explosiones destructivas hará temblar al más valiente de los mortales. Personalmente, esos terribles bombazos me advirtieron cómo podía ser la realidad de una guerra al ver la película “El pianista”, de Roman Polanski. Me impactaron enormemente a pesar de su relajante banda sonora. Parte de ese ruido infernal de guerra real sí lo viví en directo en Gijón este verano pasado, viendo y oyendo pasar de un lado a otro, a baja altura, a los cazabombarderos supersónicos que con sus exhibiciones y ruido atronador me empujaron a imaginar lo que será vivir una guerra en vivo y en directo. Recuerdo que mi abuela y mi madre, que la vivieron, siempre decían: “Dios nos aparte de las guerras, nenín”. Al tiempo que, lloriqueando, se agarraban a su cabeza.

Si a esas realidades sumamos que hoy día los medios a nuestro alcance en las redes nos pueden informar ce por be de casi todo lo que está ocurriendo por el mundo, pues sentiremos más cerca de nuestras puertas esos conflictos: guerras de Ucrania y Gaza... Viendo las matanzas de seres humanos inocentes que se producen en esas conflagraciones, casi nos imaginamos el olor de la sangre inocente derramada, producida por tanta barbarie.

Aquellos tiempos compulsos vividos de los años sesenta a los ochenta en Vascongadas (con los vascos e inmigrantes de entonces como protagonistas) parecen asomar queriendo extrapolarse poco a poco al día de hoy. Con la diferencia de que entonces era lo que había, pues no existía otro catálogo donde escoger. En cambio hoy nosotros tenemos la suerte de buscar nuestro destino en las urnas al amparo de nuestra Constitución, que nos protege. Destino que debiéramos respetar, sin tratar de envenenarlo todo con insultos, falsos testimonios y los tan de moda “fake” (falsedades que circulan por las redes, por si alguien no lo sabe), a conveniencia de oscuros propósitos, probablemente. Todo ello llevado a la calle por personas sin escrúpulos, que con hostigamiento siembran el odio que puede acabar liándola muy gorda llegando a una meta que sabemos cómo empieza pero no cómo puede acabar. Debiéramos pensar que todas esas noticias falsas y todo el ruido que las pueda acompañar en la calle con tan manejadas malas intenciones probablemente se cortarían de cuajo si no viviésemos en una democracia de la que se aprovechan. Tenemos la suerte de vivir bajo el amparo de una Constitución que contempla la libertad de expresión, pero no la mentira y las falsedades, bolas, trolas, engaños, enredos, calumnias o cuentos. Una Constitución acordada, aceptada y firmada por nuestros padres, abuelos y muchos de nosotros aquel 31 de octubre de 1978. Desde entonces la vida cambió y los temores, afortunadamente, se fueron diluyendo, a pesar de malignos intereses que los quieran resucitar.

Termino, querido lector que me soportas, que una cosa son los ideales de cada uno y otra muy distinta el respetar la ley contemplada en nuestra Constitución, que es de todos los españoles y que su acatamiento parece incordiar a algunos. En conciencia, aun con cierto recelo adquirido hace muchos años, me atrevo a apostillar que desde la firma de ese Código ninguno de los partidos democráticos que escogimos cada cuatro años desde entonces fue capaz a cambiar una coma en ella surgiendo ahora, de repente, todos los problemas y protestas para tratar de no acatarla para que no se cumplan los sufragios. Para nuestro bien, o menos mal, de nuestros hijos y nietos respetémosla. Y para respetarla, si somos ciudadanos de bien, nada mejor que conocerla.

Leedla, que sin duda es bueno conocerla con nuestros derechos y obligaciones para ser ciudadanos enterados, libres, honestos y respetuosos con los demás.