El olor de las palabras
Ahora que el verano se instala entre nosotros y muchos empiezan a preparar la maleta, hay un compañero de viaje que nunca debería faltar. Es un libro. No importa si el destino es una playa, una aldea, un banco bajo un árbol en A Lieira o en el rincón más fresco de casa. Hay veranos que se olvidan. Los buenos libros, no. Permanecen con nosotros mucho después de haber cerrado la última página.
Quizá por eso me resisto a leerlos en una pantalla. Pero antes de nada, conviene aclararlo desde el principio. No hablo desde el miedo a la tecnología ni desde la nostalgia de quien se quedó anclado en otro tiempo. A mis años manejo la informática a nivel de usuario con absoluta normalidad. Escribo, busco información, me comunico con mi familia, aprovecho cuanto internet pone a nuestro alcance y doy gracias por ello. El progreso nunca me ha asustado. Lo que sí me inquieta es otra cosa: que la comodidad termine sustituyendo al placer. Lo digo porque vivimos tan obsesionados con ahorrar unos segundos que corremos el riesgo de perder aquello que daba sentido a ese espacio de tiempo. Me siento, si se me permite la expresión, desnudo ante tanta comodidad. Porque un libro no empieza cuando uno lee la primera frase. Empieza cuando lo eliges. Cuando notas su peso. Cuando pasas lentamente la mano por la cubierta. Cuando escuchas el leve crujido de sus páginas. Y cuando, casi sin darte cuenta, lo acercas a la nariz. Sí, oler un libro. Resulta que ese gesto tan íntimo tiene nombre: "bibliosmia". Los científicos explican que el papel, la tinta y los adhesivos desprenden sustancias capaces de despertar emociones y recuerdos. Me alegra que la ciencia lo confirme (si extremamos el tema, podemos acordarnos algunos de que, allá por los años sesenta del pasado siglo, los adolescentes se colocaban oliendo latas y tubos de pegamento. Pero no es este el caso que hoy plasmo e intento hacer llegar a los lectores). Trataré de trasmitíroslo. A ver:
Los libros nuevos huelen a ilusión. A tinta fresca. A promesas todavía intactas. Al placer de emprender un viaje sin movernos del sillón. Los viejos desprenden otro perfume... Un aroma de vainilla, de madera, de almendras y de tiempo. Porque el tiempo también huele (bien lo sabemos los aldeanos). Cada página parece conservar la respiración de quienes la leyeron antes que nosotros.
Y ahí reside la diferencia. Una pantalla informa encendiéndose, pero un libro o un periódico en papel acompaña y despierta.
Nos dicen que en un lector electrónico caben miles de obras. Es verdad. También cabrían todos los cuadros del Prado en un teléfono móvil. Pero nadie cambiaría la emoción de contemplar un original por la comodidad de una reproducción. Con los libros ocurre exactamente igual. Y no es una batalla entre el papel y la tecnología. Sería absurdo plantearla así. Ambas pueden convivir. Lo que defiendo es algo mucho más sencillo, el derecho a conservar los pequeños rituales que nos hacen humanos. Como el tacto, el silencio, la espera, el aroma... Porque hay perfumes que pertenecen a nuestra biografía, como pueden ser el pan recién hecho, la tierra mojada tras la lluvia, el café de la mañana, el mar... y ese olor inconfundible que escapa de un libro cuando se abre por primera vez, o cuando vuelve a abrirse cincuenta años después.
Quizá algún día inventen una pantalla capaz de imitarlo todo en uno. No me extrañaría. Pero seguramente que seguirá faltándole lo esencial, que es la emoción de pasar una página sabiendo que, además de leer una historia, estamos tocando el tiempo. Y el tiempo, afortunadamente, de momento, todavía no puede descargarse.
¿De pie o sentado?
En los pueblos, y, más concretamente, en las cocinas donde se arregla todo sin necesidad de BOE, hay debates que no pasan de moda. Uno de ellos, tan antiguo como el hombre, es este: ¿orinar de pie o sentado? Dicho así, parece poca cosa, pero da más conversación de la que uno imagina. No es novedad el tema. Ya Juan José Millás y Francisco Umbral, en su día, que sabían mirar donde otros pasan de largo (Millás, para goce de todos, aún lo sigue haciendo hoy), dejaron caer que en lo pequeño se retrata el personal. Y otros, en otra línea, como mi amigo Nic, dicen que el hombre generalmente no ve más que lo que tiene delante y, a veces, ni eso. Me lo hizo ver con claros ejemplos. Y aquí, en este tema que nos atañe, no falla, cada cual se define sin necesidad de decir palabra.
El hombre de antes, ese que aún queda por las esquinas, siempre apuntó y tiró de pie, como quien no quiere perder rango ni en el baño. Era cosa casi de orgullo, como que "esto se hizo así toda la vida". Y tampoco había más discusión. Pero luego viene la edad que no perdona ni discute, pone a cada uno en su sitio, y con ella suelen presentarse ciertas incomodidades que invitan a pensar menos en la postura y más en el resultado. Y ahí, sin hacer ruido, muchos descubren que sentado se vive mejor. Menos prisas, menos puntería fallida, menos llamadas de atención y menos trabajo después, que eso también cuenta.
Porque la verdad es que el asunto no es de médicos, sino de casa. De esa paz silenciosa que depende, muchas veces, de detalles que nadie firma pero todos notan. Y evitar salpicaduras no quita hombría; más bien añade convivencia, que viene a ser más útil.
Luego está el bar, la fiesta, el baño de paso..., ahí cada uno hace lo que puede y bastante es salir indemne. Pero en casa, donde no hay prisas ni testigos, lo sensato suele ser también lo más elegante.
Así que, sin darle más vueltas, de pie cuando no queda otra y sentado cuando se pueda. No hay ideología ni bandera en esto, solo costumbre... Y algo de sentido común, que nunca sobra.
Al final, como dicen los más viejos del lugar, no se trata de cómo se hace, sino de lo que queda después. Y en este asunto, mejor que no quede nada.
Gata extraviada
Se ha perdido esta gata. Responde al nombre de Angélica. Si alguien la ve, se ruega llamen al teléfono 686877150. Muchas gracias.
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