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Castropol, Pueblo Ejemplar de Asturias

¡Alguien que se atreva a ponerle el cascabel al gato!

 La Nueva España. 15 de Febrero del 2024 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

¿Eres consciente, amigo lector, de que tu vida corre peligro tanto si te quedas en casa como si sales a la calle? Que sepas que un balazo puede segártela antes de que sientas los ecos del disparo. Mira: "Muere en Guipúzcoa una mujer tras ser alcanzada en una vivienda por un disparo procedente del exterior", nos decía LA NUEVA ESPAÑA las pasadas Navidades. O aquella otra en la autopista AP-66, kilómetro 123: "Un autobús que viajaba hacia Oviedo recibe un disparo que provoca heridas leves a una de las pasajeras".

Parece ser que entre 2015 y 2020 la Guardia Civil contabilizó 200 accidentes provocados por armas de caza, y de ellos resultaron 31 muertos.

En casa de mis padres y en la mayoría de las de aldeas siempre hubo perros. Perros protectores, guardianes, de caza y muy pocos de compañía. En la mía conocí, allá por los años cincuenta del pasado siglo, a unos cariñosos setter y pointer, a los que mi madre no miraba con buenos ojos. Siempre los comparaba con las vacas, pues decía que solo comían y que para la leche que daban no merecía la pena el mantenerlos. Aquellos canes jamás entraban en casa. Los días crudos de invierno dormían en el pajar o en cualquier anexo exterior de la casa, o donde podían. Comían de las sobras de sus amos. Eran otros tiempos.

Mi padre, en cambio, les profesaba un cariño especial. Solo le faltaba darles besos. A veces, medio escondido, les cocía arroz con tocino. Recuerdo verlo con una sonrisa en los labios, que delataba su emocionada alegría, transportándolos en brazos al pasar a una finca alambrada, o al atravesar un monte a bravo donde los canes podían resultar lesionados. Ambos, mi padre y los chuchos, cazaban en tándem. No se les resistían perdices, arceas, agachadizas, palomas..., de las que tantas había por el nuestro Occidente en aquellos tiempos.

El arma letal que manejaba mi padre era una escopeta paralela, del calibre 12, un modelo 203, del año 1941, de la marca V. Sarasqueta. Todo un lujo al alcance de pocos cazadores, entonces. Siempre la tenía custodiada en su funda de cuero, menos cuando llegaba cansado de cazar y la colgaba en el pasamanos de la escalera mientras descansaba, para después de limpiarla y engrasarla custodiarla en su funda de color vino.

Más tarde, casi al final de su carrera como cazador, algunas veces lo acompañábamos mi hermano y yo; ambos con escopetas paralelas, del calibre 12 también, pero mucho más modestas que la joya de mi padre.

Los accidentes de caza entonces casi no existían, se limitaban la mayoría de las veces al impacto de unos perdigones perdidos que alcanzaban menos de cien metros de forma peligrosa. La mayoría de las eventualidades se quedaban solo en un simple susto por parte de todos. Ni siquiera cuando se usaban balas o plomos del doble cero para la caza del jabalí, o la raposa, el alcance no llegaba con peligro a los cien metros.

Por los mismos escenarios donde mi padre cazaba entonces me vi yo el otro día paseando, en compañía de unos amigos. Caminábamos por un sendero entre prados y bosque de pinos. De repente sentimos un ruido atronador y repetido que oprimió nuestro veterano corazón. Parecía la guerra. Un montón de disparos provenientes del monte pegado a nosotros hizo que, instintivamente, nos agachásemos todos para no levantarnos hasta que pasó aquella tormenta que nos dejó atronados. Menos mi pesado amigo jubilado, Bras, que se levantó increpando a uno de los cazadores para decirle, amenazante: "Cobarde, dele un fusil al jabalí para que se defienda...". Con alma de cazador todavía hoy, confieso que reprendí a mi amigo, ya que, para mí, no iba por ahí la cosa.

Ya en casa, me puse a repasar la ley de Caza, que en su artículo 19, apartado 1, dice: "Con carácter general queda prohibido disparar en dirección a las zonas de seguridad, siempre que el cazador no se encuentre separado de los límites de ellas por una distancia mayor de la que pueda alcanzar el proyectil...". Asimismo, dice la ley: "Queda prohibido el uso de armas de caza en el interior de los núcleos urbanos y rurales y otras zonas habitadas hasta el límite que alcancen las últimas edificaciones o instalaciones habitables por personas o ganado, ampliado en una franja de 100 metros en todas direcciones".

No puedo dejar de preguntarme, visto lo visto, si la ley de Caza es una broma o una tomadura de pelo en toda regla. ¿Cómo es posible poder cazar en todo el occidente costero, lleno de edificaciones, caminos, sendas, personas y animales por doquier, cuando una bala de fusil puede alcanzar y matar a una distancia superior a dos kilómetros? Esos artículos del reglamento de la caza más bien parecen estar redactados para aplicar a cazadores con escopeta y no con fusiles de largo alcance. ¿Por qué no se regula seriamente la ley en estos tiempos que corren para proteger la seguridad de humanos y mascotas?

Ya sé que la caza es buena, que es un gran negocio para el país, que mueve casi seis mil millones de euros al año, por eso debía protegerse regulándola seriamente. Para mí, una razonada solución podría ser el prohibir las armas de fuego de largo alcance para caza, verdaderos, sofisticados y temibles utensilios de matar a larga distancia, y sustituirlas por escopetas del calibre 12, que al ser mucho más inofensivas que los fusiles prácticamente acabarían con los accidentes. Al mismo tiempo que el cazador disfrutaría más de la caza, haría más deporte y se vería obligado a ser más fino perfeccionando estrategias a la hora de acechar y cobrar la pieza. No como ahora, que la pueden abatir sentados, disparando con un rifle de mira telescópica a más de un kilómetro de distancia desde la montaña al valle o al lado de la Casa Consistorial, si me apuran.

Dejé a un lado la ley de Caza, ya que su farragosa lectura me estaba preocupando y deprimiendo... Y me vino a la mente que seguramente sería mejor, visto lo visto, no salir al campo los días de caza, quedándose uno refugiado dentro de las cuatro paredes, apartado de puertas y ventanas por donde pueda entrar un proyectil perdido dispuesto a ajusticiarte. A ver si, entre tanto, aparece alguien que se atreva a ponerle el cascabel al gato.

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