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Castropol, Pueblo Ejemplar de Asturias

¡Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy!

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9 de Marzo del 2025 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

La historia nos ha enseñado que las carreras armamentísticas suelen desembocar en conflictos devastadores. Sin embargo, el ser humano, tan voluble como una veleta al viento, parece olvidar estas lecciones con facilidad. Hoy, los países que componen la OTAN, y los que no, se preparan para invertir sumas astronómicas en armamento. Un escenario impensable por casi nadie hasta hace bien poco.

Este fenómeno no es nuevo. La humanidad siempre está en guerra en algún punto del planeta Tierra. Destacan entre todas las dos últimas confrontaciones en el pasado siglo XX. Entre 1897 y 1914, Reino Unido y Alemania protagonizaron una intensa competencia naval, construyendo buques de guerra a un ritmo alarmante. El resultado fue la I Guerra Mundial, que dejó una cosecha de más de 40.000.000 de muertos. Veinticinco años más tarde, Alemania y Japón se armaron hasta los dientes. Alemania invadió Polonia y Japón se lanzó a por China, las colonias británicas y neerlandesas y después Pearl Harbor, invitando con ello a participar en la gran confrontación a los Estados Unidos de América, que entraron de lleno en guerra. Los países aliados, con Estados Unidos a la cabeza, replicaron a las agresiones de Hitler dando lugar a la II Guerra Mundial. Entre todos lograron cosechar, está vez, 60.000.000 de muertos... Todo esto nos da a entender que el ser humano parece no escarmentar ni siquiera en cabeza propia, como para hacerlo en ajena.

Hoy, en pleno siglo XXI, cuando el mundo debería estar concentrado en resolver problemas de casa y globales, como el cambio climático, las pandemias, migraciones, hambrunas, desigualdad..., no lo hace. Así que volvemos a ver las orejas al lobo en forma de una monstruosa escalada militar. El miedo y la desconfianza entre potencias están impulsando un aumento en el gasto en defensa, con la justificación de la seguridad, mermando a futuro los presupuestos destinados a sanidad, enseñanza, sociales... Pero, ¿acaso más armas nos traerán más paz?

El dilema parece claro: si la historia nos demuestra que las carreras armamentísticas conducen a la hecatombe, ¿por qué seguimos en la misma senda? La humanidad parece estar condenada a repetir sus errores. Claro que, a lo mejor, en un futuro próximo, nosotros, los que tanto criticamos todo y nada nos vale, podemos anhelar y suplicar para paliar nuestras necesidades más perentorias. Puede que roguemos a los señores de la guerra para que en vez de gastarnos la pasta en cañones, pistolas, tanques, aviones y bombas para matar nos dejen todo como antes de la carrera armamentista que se avecina. Solo el tiempo dirá si esta vez somos capaces de cambiar el rumbo de la historia, manejada por media docena de poderosos que controlan los hilos de la paz, antes de que sea demasiado tarde y, con ello, tengamos que sufrir en nuestra propia piel para ver de una vez por todas que armamentos y guerras son sinónimos de muertes, destrucción, hambre y miserias.

Sería aterrador el vernos en la necesidad de aplicar aquella frase de ruego a la Virgen, de hace cientos de años y aún cantada hoy cuando uno está apurado, que dice: "Virgencita Virgencita, que me quede como estoy".

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