Blogia
Castropol, Pueblo Ejemplar de Asturias

El wéstern que nos enseñó a mirar al revés

La Nueva España » Cartas de los lectores » El wéstern que nos enseñó a mirar al revés

El wéstern que nos enseñó a mirar al revés

26 de Febrero del 2026 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Durante años, y dedicando a ello probablemente más tiempo que el que habría aprobado cualquier maestro con sentido práctico, viví pendiente de las historias del Oeste americano. Ese género llamado wéstern donde el polvo siempre era noble y las balas, curiosamente, parecían tener principios. Silver Kane y Marcial Lafuente Estefanía eran, principalmente, los encargados de alimentarme, a través de mi amigo Manolín de Martina, que sirviendo de intermediario me prestaba las novelas que saciaban nuestra sed de horizontes lejanos y justicia instantánea. No recuerdo de dónde los sacaba el bueno de Manolín, pero estaban tan sobados que parecían haber sobrevivido no a un duelo al sol, sino a una estampida completa. Yo los leía mientras alindaba las vacas en verano, mientras ellas, ajenas a toda épica, se entregaban con entusiasmo al maíz del vecino. Durante el curso, robaba horas al bachillerato mientras mi madre seguía enfrascada en sus interminables trabajos de la casería, sin sospechar que en casa convivía con un pistolero en prácticas, aunque sin sombrero ni puntería.

Todavía resuenan en mi mente los disparos, el olor imaginario de la pólvora y el estruendo glorioso de los indios cayendo abatidos desde sus caballos, víctimas infalibles de aquellos héroes que, curiosamente, nunca fallaban un tiro ni siquiera a cincuenta metros y con viento en contra. Aquellos hombres disparaban con una eficacia que ya habría querido para sí cualquier cazador de la parroquia. Los indios, en cambio, chillaban, caían y perdían. Siempre perdían. Y yo, disciplinado lector de aquella justicia de papel, me alegraba. Más tarde, viendo las películas en el cine Cervantes, en Figueras, todos nos levantábamos de las butacas aplaudiendo cuando los indios caían arrastrados por sus caballos. Las pocas veces que un indio lograba abatir a un blanco, aquello me parecía poco menos que una alteración intolerable del orden natural.

Con los años, sin embargo, algo empezó a no encajar en aquella historia. Me pregunté cómo era posible que quienes vivían en aquellas tierras desde siempre, cazando, pescando y criando a sus familias, hubieran pasado a ser los villanos oficiales de una historia que, casualmente, escribían quienes acababan de llegar. Resultaba sospechoso que los recién llegados fueran siempre los civilizados y los malos los otros, los salvajes, como si la civilización consistiera, esencialmente, en llegar, plantar una bandera y empezar a repartir justicia a tiros pero con modales.

Comprendí entonces que aquellas historias, tan emocionantes como improbables, habían hecho su trabajo con una eficacia admirable. Habían logrado que un niño de aldea, rodeado de vacas y lluvia, viera como héroe a un hombre solitario que resolvía cualquier conflicto con un revólver. Sin necesidad de jueces, ni abogados, ni trámites, ni esa molesta burocracia que, al parecer, nos hace pensar que nunca logró cruzar el Mississippi. Hoy, al recordar todo aquello, no siento rabia, sino una cierta ironía. Me doy cuenta de que no solo me enseñaron quién ganaba en aquellas páginas, sino también a quién debía admirar y a quién debía temer. Y lo hicieron tan bien que durante años creí que la justicia llevaba sombrero, espuelas y una puntería sobrenatural.

Ahora sé que no. Pero aún hoy, cuando el viento levanta polvo en cualquier camino, no puedo evitar mirar alrededor por si aparece un jinete solitario. Aunque sospecho que, de hacerlo, lo más probable es que se pierda buscando cobertura o preguntando por la señal del teléfono.

0 comentarios