El burro y el columnista
En un lugar lejano del bullicio, en una redacción improvisada, un aprendiz a columnista haciendo sus pinitos descubrió que su suerte era parecida a la del burro que de joven veía día tras día en aquella finca al lado de su casa. El pobre jumento llevaba palos por no ir por el surco que el amo le mandaba. Ahora él, el columnista, un poco más curtido, si no quería crítica ni palos de tinta, debía escribir cosas agradables. No verdades, no; eso era baladí. Debía escribir cosas y casos considerados placenteros, que no es lo mismo. Y así aprendió el arte fino de escribir diciendo sin decir, de aplaudir sin chocar las palmas, de poner flores sobre estiércol para que oliera a jardín y de sonreír sin saber por qué lo hacía.
Pero una mañana friolera muy de madrugada, inspirado y tentado por la conciencia (ese viejo látigo interior), se tiró de la cama abandonando a su esposa y, pluma en ristre, escribió una verdad. Era una verdad que le impedía dormir a pierna suelta si no la hacía saber. Era una verdad limpia, razonable, transparente, demostrable y hasta cortés, que podía dejar la cara colorada a quienes habían retirado un derecho adquirido a aquellos que, castigados a capricho, ahora solo cobran tiempo y su sudado retiro.
El melancólico columnista, disgustado, volvió al pueblo un fin de semana y no pudo pasar sin visitar al burro, el de los palos, que ya estaba viejo, triste y cubierto de amatas traumáticas. Y entonces el burro y el informador, ambos los dos, se miraron en el espejo de los mansos. Uno rebuznó con resignación y el otro guardó silencio. Porque ambos sabían que, en el reino de los palos, obedecer da de comer, pero decir la verdad da hambre y desprecio
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