Blogia
Castropol, Pueblo Ejemplar de Asturias

Colaboraciones

Globalización, Google, guerras...

La Nueva España » Cartas de los lectores » Globalización, Google, guerras...

16 de Noviembre del 2022 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Es tan fácil ahora obtener información que en un tiempo récord, a golpe de tecla, te enteras de lo que te de la gana. No hace muchos años, los más mayores (o viejos, como nos queráis llamar), para saber de cualquier inquietud que nos asaltase, relacionada con cualquiera de las ramas de las ciencias, que se suelen dividir en tres grupos: formales, naturales y humanas o sociales, o cualquier otra ocurrencia que nos asaltase en el bar con los amigos, tardaba en aclararse meses a veces y otras nunca. Quedaba disipada la duda o conocimiento cuando alguno de los discutidores dedicaba una buena cantidad de tiempo en enterarse de la respuesta. Para ello no había más remedio que preguntar a un maestro conocido, o acudir a bucear a la biblioteca si es que la tenías cerca de casa. Cuando la cosa se llegaba a aclarar habían pasado ya meses, muchas veces. Pasado ese tiempo, un día se volvía al bar y se resolvía la duda al tiempo que se hinchaba el pecho. Hoy día, eso no ocurre, no puedes afirmar nada de lo que no estés completamente seguro, ya que cualquiera de los que tienes al lado tomándose una pinta contigo va y tira de teléfono buscador y te deja descompuesto...

Hoy día, con los buscadores existentes en la red de internet (World Wide Web), que manejan cifras de búsqueda astronómicas. Como "Google", por ejemplo, se calcula que en todo el mundo cuenta con más de 230 millones de búsquedas por hora, 5,5 millones al día y dos billones al año. Luego otros, con cifras menores y distintas especialidades, como: Bing, DuckDuckGo, Archive.org, Startpage, Gibiru, Qwant, Yahoo Search, Ask.com, WolframAlpha, Ecosia, Open Library..., son también manejadas por una minoría de usuarios de la red.

Actualmente, si por un casual nos viene a la mente la inquietud de querer saber qué clase de pájaro es aquel que hace unos días se posó en el alféizar de nuestra ventana ("Pájara", no, pues es una ciudad y municipio español que pertenece a Fuerteventura), pues buscamos en Google: "Pájaros"... Y cuando salga la palabra en pantalla vamos a "imágenes" y ahí nos salen, con fotos a color y nombres, todas cuantas clases de aves hay. Te lo dan hecho, solo es cuestión de mirar hasta ver de cuál se trata.

Pero todo esto que escribo viene a cuento a causa de las noticias que, diariamente, nos hablan de la guerra de Ucrania, que, desgraciadamente, como todas las guerras que no han parado en el mundo desde que este es mundo, es injusta e inhumana. Esta, encima de quedarle cortos todos los calificativos, la tenemos aquí al lado, a solo 3.728 kilómetros de distancia. ¿Te parecen mucho esos kilómetros, amigo lector? Pues que sepas, si no lo sabes, que un misil balístico intercontinental o ICBM (siglas del inglés Inter-Continental Ballistic Missile), después de disparado puede llegar a alcanzar más de 5.500 kilómetros de distancia y matar al llegar a un montón de personas y destruir sus hogares allí donde estén tranquilos hasta entonces. Por tanto, podemos afirmar que la guerra de Ucrania está aquí, al lado, por eso será que la sentimos tanto.

Pues bien, como unos más que otros hemos nacido con una mente inquieta, yo por mi parte llevo un tiempo preguntándome: ¿pero cómo no para alguien de una vez esta p... guerra que está masacrando a pueblos enteros llenos de personas inocentes, incluidos miles de soldados que luchan sin poder comprender el por qué de tanta belicosidad? Además del inmenso gasto económico que amenaza con dejarnos sin gas para calentarnos, muertos de hambre sin trigo para nutrirnos y, lo que es peor, miles y miles de personas desgraciadas de por vida después de perder a sus seres queridos. Tales inquietudes me hacen meter el dedo en la llaga. ¡Perdón!, digo, en la tecla. Pongo en el buscador: "Los mayores exportadores de armas del mundo". Y al momento me dice lo siguiente que plasmo en extracto:

-Estados Unidos. Mayor exportador de armas del mundo. Un 38,6% de las ventas.

-Rusia, en segunda posición, exporta aproximadamente el 18,6% de todas las ventas.

-Francia, un 10,7% de todas las ventas.

-China, un 4,6%. -Alemania, un 4,5%. Italia, un 3,1%. -Reino Unido, un 2,9... (Qué va a ocurrir cuando a China se le ocurra fabricar pistolas de verdad).

-España, un 2,5% (fabricamos vehículos blindados, torretas para carros de combate, lanzacohetes, lanzagranadas, cañones ligeros y fusiles de asalto). La venta de todas esas armas de guerra nos supone unos ingresos al año de más de 3.000 millones de euros.

-Entre todos los países fabricantes de armas elaboran la friolera de 12.000 millones de balas al año, suficientes para matar casi dos veces a todos los habitantes del globo terráqueo. El monto obtenido por la venta de todas las armas que se venden en el mundo ronda los dos billones de dólares, que dejan unos 420.000 millones de dólares en beneficios.

Nuestra gran España también produce unos 50 millones de los mejores jamones del mundo, obtenidos después de sacrificar a 25 millones de cerdos, por un valor de 3000 millones de euros (¡qué casualidad!, igual importe que el obtenido por la venta de armamento). Obtenemos, también, unos 6000 millones de euros por los 1,4 millones de Tm. de aceite de oliva que producimos (solo el doble de lo conseguido por la fabricación y venta de material bélico, de ese de matar...).

Ahora, mi mente descarada me pregunta sin previo aviso: ¿por qué no hay día en el mundo, desde los siglos de los siglos y desde que el hombre es hombre, sin que exista en algún lugar encendida una guerra cada día?

Todo este rollo mío que hoy os cuento me ha llevado un poco más dos horas, partiendo de cero, el prepararlo y escribirlo. Aunque me inquietaban, no tenía ni idea de las cifras que plasmo. Como bien puedes suponer, amigo lector, las busqué en un momento en Google. Y aprovecho para decir que si miento en algo de lo aquí plasmado no es culpa mía, sino de ese Google..., ese buscador que cada día que pasa más nos cuesta más vivir sin él.

¿Sabes, amigo lector, cuánto tardaría en preparar y escribir todo esto de aquí arriba hace... 25 años, buscando y rebuscando como un ratón de biblioteca, días y días, en casa y en todas las estanterías a mi alcance?

Yo, a mis años, hoy ya voy cansando, así que por favor pregúntaselo tú a Google o a cualquier otro sabio de esos que están en las redes. ¡Ah!, y de paso pregúntales también, si tienes curiosidad, cómo y por qué causas se producen las guerras. Y qué vamos a hacer con las fábricas de armas si no hay guerras. Ya me dirás, amigo...

No pagar impuestos, una gran quimera


30 de Octubre del 2022 - Antonio Valle Suárez (CASTROPOL)

En el año 2002, en un lugar de Trachilos, en Creta, se encontraron huellas de homínido marcadas por el dedo gordo plantar de sus pies. Parece ser que nuestros ancestros hace 5,7 millones de años que ya andaban haciendo sus pinitos por aquellas tierras y, seguramente, también ya pagando sus impuestos.

En este nuestro mundo hay pocas cosas que son, sin discusión alguna, un mal necesario. Ese "mal necesario" probablemente exista desde que nuestros ancestros pusieron su pie en la tierra allá por Trachilos. Los impuestos que pagamos tú y yo, amigo lector, y que ya pagaron nuestros antepasados desde hace millones de años, entre otras cosas los emplean los mandatarios de turno, ahora generalmente estados, para invertir en tecnología y educación. Han tenido muchas formas en su modo de cobro a lo largo de la vida del hombre, incluso pagando con personas de carne y hueso.

Tres civilizaciones importantes implantaron impuestos como medio para apoyar a su gente: Egipto, con sus faraones a la cabeza, no tenía sistema monetario, pero aplicaba impuestos a rajatabla, a diestro y siniestro. Los recaudaban sobre personas, ganado, tierra, petróleo, aceitunas, vino, cerveza, pescado. Casi todos los intercambios comerciales fueron gravados y, también, además, exigiendo el trabajo manual para la guerra y la construcción de las pirámides. Hasta el consumo de aceite de cocina gravaban y, encima, no les dejaban reutilizar. ¡Qué abusones!

Después de lo comentado, me viene a la mente que allá por los años sesenta del pasado siglo, en mi aldea del Occidente de Asturias, casi todas las primaveras recibíamos la visita del municipal en casa, avisando de que tal día había obras para ensanchar tal camino. Tomando nota el alguacil, de paso, de quién iba acudir a los trabajos de prestación, o comunicando el importe a pagar al Ayuntamiento en caso de no acudir.

Ya mucho antes de las prestaciones en mi aldea, y de la contribución que mi abuelo iba a pagar todos los años a Vegadeo (decía él: "Vou pagar a paga"), en la antigua Grecia el Estado cobraba impuestos para financiar las guerras y la construcción de monumentos religiosos. Después, ya en el año 500 a.C., con la acuñación de la moneda, que dio lugar al crecimiento del comercio y por tanto de la economía, cambiaron las tornas, resumiéndose más o menos así: "Los griegos creían que un ciudadano rico estaba éticamente obligado a contribuir con su ciudad porque la ciudad y sus trabajadores le permitían al hombre obtener esas riquezas. El honor asociado con retribuir a su ciudad fue tan grande que hubo una competencia continua entre los ciudadanos más ricos de Atenas". ¡Qué cosas! ¿Quién lo diría hoy día?

En la Roma Imperial practicaron mil y una formas de cobrar impuestos. Fue conquistar Egipto, y ponerse a copiar y aplicar por todo el imperio aquel sistema impositivo que les había encantado. Tanto recaudaban que se permitieron el lujo de que los ciudadanos de Roma no pagasen impuestos (como ocurre ahora en algunas de nuestras comunidades autónomas, que llaman a los ricos que viven en las más pobres), pero que sí lo harían todos los que viviesen en territorio romano (que al cambio seremos hoy los españoles de provincias, de las pobres claro). Todos esos pagarían "tributum" por sus pertenencias. Es más, a los esclavos recién liberados se les requería para que pagasen un impuesto sobre su propia libertad.

Y ahora, después de esto, con los pies ya en el suelo, vemos que el tema de los impuestos nos acompañará a todos hasta la tumba, por mucho que nos prometan lo contrario. Muchos amigos y conocidos se cambian de comunidad autónoma para evitar que les desangren su economía con la carga de los impuestos. Un amigo mío me dijo que se había ido a Madrid, que allí no pagaba. Yo estuve pensando si hacer lo mismo, pero, claro... Madrid queda grande para mi patrimonio, así que pensé en irme a Ribadeo, que está aquí al lado, pues dicen que los gallegos no pagan el impuesto de sucesiones. Aunque pensándolo bien me quedaré donde estoy, pues mi patrimonio es tan debilucho que aquí, en Asturias, tampoco nada pagaré por él. Y si pago, mejor, será porque algo tengo. Además, la conciencia me oprime diciéndome que hay que arrimar el hombro en estos duros tiempos que nos toca vivir para poder seguir disfrutando de carreteras dignas, hospitales con médicos y enfermeros que nos curen, ayudas sociales y escuelas que nos eduquen y nos enseñen que pagar impuestos es bueno para todos, hasta para los que no los pagan. Y que los que no los pagan, teniendo que hacerlo, son unos presuntos defraudadores que cada años defraudan al fisco, que somos todos, 60.000.000.000 (busca la palabra defraudador en la R.A.E.).

Así que, amiguín del alma, convéncete de que todos tenemos la obligación y la necesidad pública de pagar impuestos en la proporción que nos corresponde, y que al pretender no hacerlo estando obligados a ello por ley, aparte de cometer un pecado, aspiramos a una gran quimera.

Un maná que nos cae del cielo

La Nueva España » Cartas de los lectores » Un maná que nos cae del cielo

     

    Suenan tambores de guerra entre España y Portugal. Se ve asomar un conflicto por el uso del agua. Un conflicto que ya viene de muy atrás, limado muchas veces y agravado ahora a causa de la pertinaz sequía que nos atenaza. Aunque no lo notemos mucho pues en casa a pocos nos falta ese líquido elemento del que disfrutamos abriendo el grifo. Portugal es el último consumidor de la cadena de suministro de las aguas de los ríos Miño, Limia, Duero, Tajo y el fronterizo Guadiana (considerados ríos internacionales), que comparte con España. Debido a esa condición geográfica parece que a Portugal le toca gozar del agua fluvial que nos sobra a nosotros los españoles. Pero no es así, España no cede ni envía agua a Portugal, son cuencas compartidas reguladas por la Directiva Marco Europea del Agua (DMA). Los convenios internacionales es obligado el cumplirlos.

   Lo cierto es que el agua cada día escasea más y como nunca llueve a gusto de todos, pues no hay conformidades eternas por ambas partes, por ello se inventan y firman acuerdos y convenios que tratan de regular los cada vez más escasos recursos hídricos. El primer tratado entre lusos y españoles fue el de 1864, donde los tramos de los ríos internacionales se fijaron como fronteras, además de repartirse los recursos existentes de agua en beneficio mutuo, sin dañar a la otra parte. Más tarde siguió el Anejo al de 1866, posteriormente el Tratado de 1912, 1926, 1927, 1964, 1968 y adicional de 1976. Todos estos acuerdos dieron paso al último firmado el 30 de octubre de 1998, el llamado Acuerdo o Convención de Albufeira.

   Cuentan que con las obligaciones con respecto al equitativo reparto, los portugueses de las riberas del Tajo presumían de río y lo manifestaban con un dicho: "O Tejo e o Tejo" (el Tajo es el Tajo). Ahora ya no es así, el Tajo pasa por Ortiga, pueblo del Concejo de Macao (Portugal), igual que antes, pero con mucha menos agua. En Ortiga, para celebrar el festival anual de la lamprea, han de importarla hasta de Burdeos para poder celebrarlo. La tristeza invade a pescadores y hosteleros, ya que, además de llorar la desaparición de la lamprea, se une la de otras especies, como bogas y sábalos. Un hostelero manifestó a viva voz que la lamprea francesa no sabe igual y que, además, apestaba. ¡Qué cosas!

   No hay nada peor que despertar a la conciencia de su sueño. Lo digo porque el otro día me vino a la mente un chispazo que me impactó haciéndome pensar de forma proporcional a mis años... o sea, muchísimo. Me sacó de mi nube, de mi vergel lleno de agua en el que vivo. Fue en la visita con mi nieto al "Jardín de la Vida", en La Mata, al lado de Luarca. Allí nos sorprendió encontrar, además de las figuras de los investigadores Margarita Salas y Severo Ochoa, en pleno trabajo, compartiendo laboratorio, a disecados cetáceos y cefalópodos, a serpientes vivas que puedes contemplar y tocar. Así como materiales de naves espaciales procedentes de la mismísima NASA. Pero lo que nos impactó con diferencia fue un globo terráqueo más grande que un balón de fútbol con una canica a su lado derecho, representando de manera proporcional los gases existentes en la atmósfera de nuestro planeta Tierra. Otra pelotita similar de color azul, al lado izquierdo del globo, nos hizo darnos una idea de la proporción de agua que existe comparada con el volumen de la Tierra. Esa representación nos advierte claramente de que en algún momento quizá no muy lejano, en nuestra rica Europa, en la que habitamos y abrimos el grifo a placer, pueda escasear ese indispensable líquido vital para todos los seres vivos, representado por la fórmula H2O. Que nos afecte, si no del todo, al menos como hasta ahora castiga su falta a muchos seres en Oriente Medio y el Norte de África (según el World Resources Institute), en la que habitan seres que, si no mejores, son tan buenos como podamos ser nosotros.

   Nos va la vida en ello... Es responsabilidad directa y obligación de estados, industrias, explotaciones, turismo y ciudadanos todos, el hacer un buen aprovechamiento y administración de tan preciado bien. Lo que está sucediendo, manejado por la mano del hombre, parece no dudar en destruirlo todo a cambio de un bienestar presente que le está haciendo hipotecar su futuro. Un futuro que no es nuestro, sino que pertenece a nuestros descendientes, a los que debemos entregarlo, si no mejor, siquiera como nos lo entregaron nuestros padres.

      25 de Septiembre del 2022 - Antonio Valle Suárez (CASTROPOL) 

 

¿Estará alguien tratando de volvernos locos a todos?

9 de Agosto del 2022 - Antonio Valle Suárez (CASTROPOL)

El lunes 8 de agosto de 2022, después de la bienvenida lluvia de la pasada noche, amanece con más claros que nubes aquí en el Occidente de Asturias, nuestro paraíso. La playa parece esperar a los dispuestos para torrarse vuelta y vuelta, para regocijo de ellos y de los fabricantes de cremas solares. La diaria rutina de un jubilado como yo, o de un turista baqueteado y no descansado, o de cualquier otro ciudadano castigado por distintos motivos, son pasos que diariamente se repiten: ducharse, afeitarse, desayunar, trabajar y, algunos, leer las "news" para enterarse de algo de lo que por el mundo sucede o pronostican que puede suceder. Mientras tanto, el mundo parece seguir girando y amenazando con ponerse, patas arriba en cualquier momento: guerra en Ucrania, amenazas chinas sobre Taiwán, entre Rusia y EE UU, entre estos y China, con todos sus dirigentes moviéndose como para hacer saltar en añicos el Planeta en cualquier momento...

Como ciudadano cívico que me considero, ya que así me educaron, como a tantos otros, hoy he madrugado más de lo normal, con la sana intención de pagar una sanción de la DGT que ni siquiera me la han metido a mí pero... hoy por ti y mañana por mí (espero). Pues bien, lo intento por medio de la página de la DGT en internet y... nada, ¡que si quieres arroz, Catalina! Pasadas dos horas de espera e intermitente insistencia con mis intentos, desisto. Lo intento después por medio del teléfono vulgar y llevo más de media docena de llamadas al número de atención 987 010 559 y, encima, con un coste de llamada de 0,09/minuto. Al otro lado del hilo me atienden unas personas encantadoras, empeñadas en hacerme feliz la mañana, dándome toda clase de explicaciones, reverencias y facilidades; haciendo que me entere bien de las distintas vías de pago, de los pormenores de la denuncia y de lo que puede ocurrir si no pago ya. Para terminar yo escogiendo la forma de pago por tarjeta, después de que me deseen un buen día los buenos funcionarios de la DGT. Nada de nada tampoco, mala suerte, todas las veces que intentan pasarme al correspondiente departamento de cobranza se corta la llamada y yo sigo compuesto y sin funcionario. Procuro no enfadarme ni decir palabrotas, no vaya a ser que alguien me controle por internet. Por de pronto, por si acaso, ya he tapado con un papel la cámara de mi ordenador.

Ahora, ya destrozada y esfumada la mañana de paseo, lectura y relax, me quedo pensativo preguntándome: ¿Qué hago? Alguien en mis adentros me responde: ¿Estás tonto? ¿Qué vas a hacer? Pues esperar a ver si internet funciona o el teléfono se digna a pasarte al departamento ese de cobro... ¡Eres un impaciente! Pero sigo pensando y preguntándome por las cosas que me ocurren cada vez más a mendo y en las que pueden ocurrirme aún:

¿Y si desapareces de la base de datos de la Seguridad Social y no te llaman a revisión médica, o a lo peor no te pagan la pensión a finales de mes? ¿Y si cuando vayas a tu oficina bancaria a buscar cien euros te dicen con cara de pocos amigos (después de esperar largo rato por riguroso turno, como ahora casi siempre ocurre): "Usted no veo que figure en la base de datos, vuelva usted mañana, a ver..." (por culpa de tal contestación miro a los lados buscando a Mariano José de Larra, para que me explique lo que pasa, pero no lo veo... ¿Y si entre tanto te devuelven el recibo de la luz, del teléfono, del Ayuntamiento o te embargan la casa por no pagar la multa de tráfico...? Son las doce y tampoco acaba de llegar el reparador de la televisión que quedó en venir a las nueve de la mañana. Vuelvo a mirar a ambos lados, ahora tratando de localizar a Franz Kafka y... lo siento pero tampoco está, pero me da la sensación de que se le espera.

Pienso que lo mejor será hacer como el avestruz, meteré la cabeza debajo del ala y no pensaré en que puede estallar la tercera guerra mundial, o en que Hacienda o algún otro acreedor me quitará la casa (en la que no podré morir abandonado por falta de atención médica, de calefacción, de agua, de alimentos...). Mejor pensar que todo será normal, como la vida misma, ¿no les parece?

¡Ay, Dios mío! ¿Estará alguien tratando de volvernos locos a casi todos?

Un bonito sobremango

LNE Cartas  de los lectores  

Un polifacético amigo mío al que su escaso tiempo laboral no le permite estar todo lo que desea al lado de su familia, ni departir con sus amigos más que de vez en cuando, o salir a pescar las veces que se le antoje, me llamó el otro día por teléfono para avisarme de que había salido a pescar y el destino le había premiado con unas buenas capturas. Me dijo: "Antonio, atracaremos en el puerto a eso de las siete. Espérame allí para arranchar una cosa..." ("arranchar", en eonaviego, significa organizar).

A pesar de no comprender bien el fin de la palabra... "arranchar"..., acudí a la cita con la certeza de que, al venir de quien venía, para algo bueno sería. Al atracar la embarcación en el muelle, tras saludar a mi anfitrión y a otro tripulante que lo acompañaba, también amigo mío, me di cuenta de que no se trataba de "arranchar" para lo que yo había sido invitado... Sin duda mi duro oído al recibir el recado por teléfono se había equivocado de verbo, pues resultó que mi amigo había querido decir y dijo "para llevar", en vez de "arranchar". Caí en la cuenta de ello cuando mi amigo me señaló el bonito que estaba encima del banco de popa, grande como para dar de comer a un regimiento. Me preguntó si quería despiezarlo, que me lo cortaba él. Al decirle que no, que lo haría yo en casa, me dijo si tendría un recipiente por el coche para transportarlo. Que si no me dejaba él una caja que le debería devolver. Y pensé raudo, para evitar molestias, que si encima de regalarme aquella sobresaliente pieza tenía que prestarme una caja para transportarlo y que seguramente tendría que usar para otros menesteres. La tina de plástico que yo traía en el coche no le pareció buena elección a mi amigo, pero me empeñé en meter allí la pieza pensando que mala cuenta que no llegase a casa todo en orden. Allá tú, me dijo. A casa llegó, pero fuera de la tina, chorreando sangre encima de la moqueta (llevo dos días limpiando el maletero y los persistentes olores aumentan día a día, a pesar de todos mis esfuerzos y... los de mi mujer).

Me quedé un rato más en cubierta para contemplar cómo mi amigo despiezaba otro pez similar al que yo me llevaba. Lo hacía con destreza, igual que si lo hubiese estado haciendo toda su vida. Asestándole cortes precisos que iban dividiendo la pieza en trozos que bien podían ser destinados al más exigente de los chefs. Como si adivinara que estaba escudriñando su trabajo, lo dejó por un momento, levantó la vista blandiendo el brillante cuchillo y con una marcada sonrisa me dijo abanicando al de cortar: "El secreto es disponer de buenas herramientas, con este lo hace cualquiera...".

Inmediatamente me vino a la mente la sentencia de aquel maestro carpintero que, con un formón fuertemente agarrado por el mango, estaba torneando una pieza de madera y un amigo le preguntó: "¿Cuál es el secreto para conseguir esa obra, maestro?". A lo que el artesano, dejando su trabajo, levantó la vista para contestarle: "El responsable es el sobremango". El interrogador pareció no entender nada y volvió a preguntar al maestro: "¿Cómo que el sobremango? Esta vez el diestro fue rotundo y, mirándolo de nuevo, sentenció: "...pues sí, el sobremango es un servidor, que está detrás del mango".

 8 de Agosto del 2022 - Antonio Valle Suárez (CASTROPOL)

 

La quinta estación, para el año que viene

28 de Julio del 2022 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Las cuatro estaciones del año que nos marcan el tiempo físico transcurrido se hacen notar anunciándonos su aparición con signos de una u otra manera. Lo hacen repetidamente y año tras año. Así, ya por diciembre, con la llegada del invierno, comienza a mentarse a los Reyes Magos y su inminente llegada. En mi niñez, los niños católicos creíamos a pies juntillas en ellos. A través de una carta de papel, con letra nerviosa y titubeante, pedíamos a los Magos nuestros deseos, nuestras aspiraciones, nuestros sueños: un camión con toldo, una escopeta, una muñeca, un mecano... La salud entonces ni la mentábamos, la dábamos por asegurada. Al levantarnos escopetados el día 6 de enero, por mucho que madrugásemos, ya habían pasado los camellos con todo su séquito. Habían sido anunciados a tiempo, pero lo cierto es que nunca llegamos a verlos por mucho que madrugásemos. Después, ya en la calle, comprobábamos que a los menos les habían traído todos sus deseos; a otros pocos algo y, a la mayoría, lo de siempre: nada o carbones.

La primavera asoma cuando los días crecen, como lo hace la flora, al tiempo que los pajarillos cantan preparando sus nidos con ilusión.

El verano, en los pueblos, lo notamos porque llega el calor con los veraneantes de la mano...

El otoño hace acto de presencia con la caída de la hoja, que, acompañada de cierta tristeza, nos advierte de que tengamos a mano chaqueta y cobertor si no queremos vernos sorprendidos por las inclemencias del tiempo.

A tenor de todo esto, hace unos días, en el diario paseo matutino entre el grupo de jubilados de siempre, repasamos lo comentado en la reunión celebrada en las Escuelas del Reloj, a la que el pueblo fue invitado por la Corporación municipal y un representante del Gobierno del Principado. Una vez allí, nos animaron a mentar y solicitar obras necesarias, aspiraciones y cualquier tipo de necesidad que estimásemos bondadosa para la villa.

Al día siguiente, todo el grupo de jubilados que a diario salimos al paseo matutino nos sentíamos encantados por el paso del señor alcalde y su gobierno por el pueblo, menos Bras, nuestro pesado amigo, jubilado igual que nosotros. Bras tomó la palabra para decirnos con seriedad: "¿Qué estación nos querría anunciar el señor Alcalde y su séquito anteayer? Ya lo habéis visto, nos invitó a plasmar a bolígrafo en folio, facilitados ambos con cargo al Consistorio supongo yo, nuestras inquietudes y necesidades para el pueblo, después de que hubiésemos comentado allí todos los puntos con sus ruegos y preguntas. Sabéis que nos pedían determinar a lo largo del proceso los puntos anunciados: "Ordenar el territorio y hacer un uso racional del suelo, conservarlo y protegerlo. Evitar la dispersión urbana y revitalizar la ciudad existente. Favorecer la proximidad y la movilidad sostenible. Garantizar el acceso a la vivienda...". Así hasta diez puntos a cual más interesantes. Ahora os pregunto: ¿acaso no os habéis enterado de que el señor alcalde nos anunció la llegada de la quinta estación para el año que viene? Se está gestando ya. Alumbrará dentro de nueve meses y a la criatura se la llamará elecciones municipales...".

Callados todos, regresamos a casa sorteando con torpeza a los coches aparcados en las aceras, y esquivando con destreza a los que pasaban por la carretera haciéndonos flamear nuestras camisas limpias y descoloridas por el sol.

Campo de Arnao, en Figueras, un paraíso dentro del Paraíso

Campo de Arnao, en Figueras, un paraíso dentro del Paraíso

1 de Junio del 2022 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

En mis visitas como jubilado, antes de la llegada del covid y el brexit, a mis hijos que viven en Londres, adonde tuvieron que emigrar hace años por simples razones de trabajo para poder ganarse la vida, me llamaron especialmente la atención la cantidad de fascinantes zonas verdes dedicadas al asueto de todos los ciudadanos que lo deseen. Siempre hay un motivo para disfrutar de los parques en Londres: para relajarse, para evadirse, para encontrarse con eventos deportivos, para practicar deporte en los aparatos biosaludables por allí instalados al aire libre, para disfrutar de conciertos, de zonas infantiles, incluso de teatro al aire libre. Desde ir de pícnic con la familia los fines de semana de buen tiempo hasta disfrutar de refrescantes paseos a pie o en bicicleta por sus senderos, a la vez que deleitas los sentidos contemplando la flora y la fauna en plena libertad. Las construcciones que los colindan, las aguas del Támesis con sus meandros, sus hermosos lagos artificiales bordeados de rosaledas. Invernaderos llenos de toda clase de flores exóticas bien cuidadas. Allí, a cualquier hora del día (por la noche están cerrados), siempre encontrarás a personas de distinta raza y condición haciendo lo mismo que tú: buscando el descanso, el relax y el disfrute al aire libre (los coches no tienen cabida, se quedan fuera). No en vano, Londres es una de las capitales más verdes del mundo. Lo avalan sus nueve parques reales y multitud de otros con jardines sembrados por toda la ciudad al alcance y para disfrute de todos.

Cada habitante goza de 27 metros cuadrados de zona verde. Y razonando que allí viven alrededor de ocho millones y medio de personas, arroja la friolera de 230.000 kilómetros cuadrados de zonas verdes. ¡Casi nada!

Claro que Londres, dicen los más críticos, es una ciudad caótica en constante crecimiento. Pero, curiosamente, al mismo tiempo que crece la ciudad, paralelamente también aumenta su red de parques, jardines y espacios de esparcimiento libre para que sus ciudadanos no rocen la locura... Aquí, en el occidente de Asturias, a pesar del vendaval que a veces nos trastorna, somos privilegiados en cuanto a tranquilidad y humilde forma de vida que llevamos. Aparentemente no necesitamos tanto como los ingleses de esas terapias para mantenernos cuerdos, pero si tiramos de calculadora bien podíamos reivindicar todos los ciudadanos, con sus gobernantes a la cabeza, las 55 hectáreas del Campo de Arnao, en Figueras, para uso y disfrute de todos los ciudadanos que lo deseen. Entre Castropol, Vegadeo, Tapia y Ribadeo viven unas 20.000 personas. Ello daría a cada ciudadano 27 metros cuadrados (igual que en Londres, ¡qué casualidad!) de zona verde para poder sentarse sin tener que pegar madrugones para parcelar una escasa zona apetecida por muchos que se quedarán sin ella, como nos ocurre en cada julio y agosto.

El Campo de Arnao ocupa la península más occidental de Asturias, bañada por las aguas del Cantábrico, de la ría del Eo y del Salgueiro, un riachuelo que termina en un pequeño lago antes de llegar al mar. Integrada en el Campo de Arnao está la hermosa playa con el mismo nombre, en verano siempre llena de asturianos y gallegos, con sus cientos de coches circulando entre personas a pie.

Sería una gran obra social, y no una utopía, el poner a disposición de todas las familias que lo deseen (autóctonas y venideras) sus 55 hectáreas llenas de verdor y hermosura para asueto y disfrute de todos. Al mismo tiempo nos veríamos libres de tener que torear todo el tráfico rodado que, sobre todo en verano, nos invade por todas partes, con las consiguientes molestias y sobre todo con el peligro que ello conlleva para los peatones que por allí nos damos cita.

Va siendo hora de que Ayuntamiento y Principado den o piensen en dar ese primer paso tan justo y necesario para bien de toda la comunidad, dejando a un lado el abandono y colocando ya la primera piedra simbólica para habilitar ese paraíso dentro del Paraíso que es el Campo de Arnao. La península pública más occidental de Asturias lógico es que sea de todos y para todos. Seguramente que, para ello, es más cuestión de voluntad que de presupuestos.

Asturias y Galicia llevan más de una década de enfrentamiento por el nombre de la ría del Eo, por el uso correcto del topónimo. Así que, Consistorio y Principado que nos gobiernan, con el apoyo de la oposición si es que existe, ándense con cuidado y reconviertan el Campo de Arnao en un lugar para todos. No vayan a venir nuestros primos hermanos gallegos tratando de apoderarse de él como patrimonio suyo, para después rebautizarlo con el nombre de, por ejemplo, A península da Pancha, por su dejadez actual y su vecindad con la isla y faro del mismo nombre al otro lado de la ría.

Después, a lo mejor, cuando ya sea tarde como casi siempre ocurre, no se les vaya a pegar a los señores que nos gobiernan aquel dicho gallego y nos lo apliquen al pueblo, como hizo el gran Castelao en su día: “Mexan por nos e hai que dicir que chove”. ¿No les parece?

Escritos en la guerra

4 de Febrero del 2022 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

En LA NUEVA ESPAÑA de hoy Tino Pertierra nos aborda la conciencia, haciéndonos pensar y recordar con su artículo "Páginas heridas por la guerra para los tiempos de la posverdad". El autor nos da un somero paseo sobre algunas de las páginas del libro "Escritos en la guerra", de los asturianos Mónica Rodríguez, Gonzalo Moure y otros cinco escritores más. Suficiente como para trasladarnos en el túnel del tiempo hasta los escenarios comentados por los autores. Escenarios que, a los más mayores, nos harán recordar algunos pasajes vividos, si no de la propia guerra sí de la dura posguerra. Con este artículo, Pertierra hizo que mis pensamientos se trasladaran a la reciente lectura de "escritos en la guerra", en su primera edición de septiembre de 2021, para después reavivarme aquel sentimiento que las guerras despiertan dejándolo arraigado por muchos años: El miedo.

Ya habían pasado veinte años desde que se había acabado la última contienda nacional con sus horrores, pero algo dentro de mí parecía mantenerla viva como si la hubiese vivido, haciendo que el miedo siguiese aún anidado dentro de mi alma de niño.

...Aquel 10 de agosto fui con otros niños a la cercana fiesta de San Lorenzo, al lado de la playa de Penarronda. Recuerdo que mi bolsillo iba caliente. Llevaba dentro de él cogida con mi inocente mano una moneda de cinco pesetas. Ya en la fiesta, mi mano seguía aferrada al tesoro y mi mente me decía: "No la gastes que te quedas sin ella". No tardé mucho en sucumbir a la tentación comprándome un par de chicles Bazoca. El importe de la transacción ascendía a una peseta. María, desde su tenderete de madera portátil me devolvió el cambio. Recogí la mercancía, me di la vuelta y conté los sobrantes. Sentí una humana alegría al comprobar que aquella buena mujer me había devuelto cinco rubias (monedas de peseta). La vida me sonreía. Mi conciencia comenzó su lucha conmigo tratando de que devolviese aquella moneda que no era mía, pero a pesar de los pesares regresé a casa con el mismo dinero con que había salido. Mi entendimiento no paraba de recordarme que estaba obrando mal, pero mi afán egoísta me impidió contárselo a mi madre.

Al séptimo día mi conciencia no daba tregua, siguiendo agobiada, trabajando sin descansar. Mi madre me mandó a buscar recados a Casa del Manteleiro. Salí raudo tratando de ser obediente, como siempre nos mandaban. Nada más terminar el fangoso camino y abordar el asfalto de la carretera general me encontré de bruces con la pareja de la Guardia Civil. Me impactaron sus correajes y tricornios negros azabache y sus capas abanicadas al caminar dejando ver las culatas de sus fusiles. Algo me dijeron con una sonrisa. Miré al suelo sin contestar y, como ellos, seguí mi camino. Estuve haciéndome el remolón un rato hasta que los guardias desparecieron de mi vista. Fue entonces cuando tomé el camino de vuelta a casa. Al llegar me dijo mi madre: "Ya estás aquí, hijo, volviste pronto". Se quedó una fracción de segundo mirando para mi pantalón corto sujeto con un solo tirante, al tiempo que me preguntaba: "¿Y la compra?". En medio de unos sollozos, abrazado a mi madre, como pude le dije: "Mamá, es que me oriné".

SEGUIMOS CON DAÑOS Y DESTROZOS

SEGUIMOS  CON  DAÑOS  Y  DESTROZOS

Foto de 2021

 

El pasado 16/12/2021, se publicó en este blog una breve secuencia gráfica sobre el alcance del boquete que se había abierto en la curva de la “Punta”, debido al fuerte empuje del mar en los días de temporal.

Parece que en esta ocasión,  Puertos del Principado, no se demoró demasiado para acometer los trabajos de reparación, que comenzaron hace unos días y que según se ve caminando por el paseo, se van a extender también a la totalidad del muro entre ese punto y la zona de la Fuente, incluyendo la conocida como “rampa de Guerra”, que estaba muy destrozada.

 Al hilo de lo anterior y porque me parece importante y preocupante, voy a seguir con el progresivo derrumbe, que cualquiera que camine por el ahora Paseo de M. Alvarez, puede ver en la parte trasera del recinto habilitado para los perros.

En la primera fotografía (2003), se pueden observar parte de los trabajos de consolidación, que tuvieron su origen en el gran desprendimiento de la Mirandilla (1999). Limpieza y saneado, introducción de barras metálicas, con una longitud superior a los 10m,  y a las cuales se sujetaba una red metálica, que se fijaba con una tuerca atornillada a dichas barras. 

Foto de 2003

Con el paso del tiempo, se han ido desprendiendo pequeños trozos (segunda foto, Noviembre 2021), que van formando una bolsa en la red metálica. A día de hoy, es posible que el total de materiales alcance varias toneladas, que están tensionando la red. De tal forma que en alguno de los anclajes citados ya está rota, debido al gran peso que soporta, dando lugar a que el extremo de alguna barra con su tuerca ya pasó al interior de la red, como se puede observar presencialmente. Aunque la red está casi cubierta de maleza, se puede percibir perfectamente, por la longitud de alguna barra que está al descubierto, que hay un hueco abierto de 1 m. o algo más.

Ahora viene para mi lo más preocupante: la tensión de la red, soportando el peso de varias toneladas, está ejerciendo  una presión elevada sobre los anclajes superiores de la misma, que dada la baja calidad de los materiales que forman nuestro promontorio, podría ocasionar algún desprendimiento de mayor importancia en las dos terrazas superiores, colindantes con el callejón de la Fuente o incluso con el paso del tiempo afectar también a alguna de las viviendas próximas.

Por ello y finalizando, supongo que no estaría de más, que algún técnico de la administración regional, hiciese una valoración al respecto, para adoptar alguna medida de contención antes de que el daño avance y tengamos que lamentarnos.

 

Pepe Llende     Enero 2022

 

 

 

 

 

Controversias

6 de Enero del 2022 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

En toda la vieja Europa, donde se encuentran España, Asturias y mi pueblo, ocurre lo mismo con respecto a temas laborales de casi todas las profesiones. Sobre todo, en las más solicitadas.

Si tienes una fuga en tu baño o cocina, date por ahogado, si es que persistes en no marcharte de casa. Al fontanero lo llamarás inmediatamente y si tienes suerte se puede poner al teléfono para decirte: “Mira, hasta la próxima semana no tengo un hueco aunque se caiga el mundo”. ¿Qué me dices si a los automáticos que controlan la electricidad en tu casa les da por bajarse constantemente? Pues el chispa, si es que lo localizas, te contestará algo que, traducido, querrá decir que comerás durante una semana pan, galletas y latería hasta que pueda venir a arreglarte el cortocircuito originado por la vitro. Y si viene un viento veloz del Sur, como el que tenemos estos días, y te arranca una ventana, como a mí me pasó, ¿qué haces? Llamar al carpintero, claro. Si tienes la suerte de localizarlo, en principio respirarás, para desesperarte después cuando te diga, por ejemplo, que está trabajando en una cafetería que pretenden abrir para el año nuevo que viene y que... si quies arroz, Catalina.

Todas estas palpables meditaciones me las despertó y puso en marcha hoy a primera hora mi consuegro de Granada, contándome lo que le estaba sucediendo. Es muy mayor Rafael, ronda ya los 90, pero tocante a pundonor y empuje pocos jóvenes le ganan, rompiendo ese viejo dicho popular de que los andaluces son desertores del arado, aunque después de lo que les voy a contar permítanme que casi no lo dude. Hasta que lo respetó la salud iba al huerto de sus cien olivos al frente de una cuadrilla de temporeros, trabajando toda la jornada codo con codo a su lado. Para después él mismo guiando su tractor llevar el fruto a la almazara de la cooperativa para transformar el fruto verde en oro líquido. Todos los años y desde hace unos cuantos me hace llegar cuatro garrafas de aceite de oliva virgen extra, acompañadas de una nota en la que no falta su dicharachera gracia. Todo parece apuntar que probablemente no me regale más, pues hoy me contó que lo había llamado Juan, el guardés de su finca, que le ayuda desde toda la vida a cuidar los olivos. Entristecido le dijo que, como todos los años, llevaba días intentando reclutar gente para la recogida de la aceituna y que no había conseguido encontrar a nadie, y que para hacerlo él solo y su mujer (ambos jubilados) les iba a resultar una labor harto imposible.

La salud precaria de mi consuegro le amenaza cada día, pero, conociéndolo, lo ocurrido hoy me temo que le pase una factura tan grande que será incapaz de digerir.

¿Cómo es posible que un gran país como es el nuestro, con demanda de tantos oficios y profesiones, ofrezca una tasa de desempleo del 35,4% en Asturias, entre jóvenes de entre 20 y 24 años, y mi ventana sin arreglar?

Tampoco se comprende cómo es factible que pueda ocurrir en Andalucía, donde esa misma ratio es del 39%, y que las aceitunas de mi consuegro Rafael estén pasándose de maduración en el árbol, esperando por quien probablemente no vendrá a recolectarlas... ¡Algo está fallando en medio de tanta controversia!

¿El trabajo se da?


La Nueva España

26 de Octubre del 2021 - Antonio Valle Suárez (CASTROPOL)

Recuperada la paz y dejado un poco atrás aquel inmenso miedo que arrastramos más de un año desde el comienzo de la maldita pandemia, los jubilados vacunados seguimos sin fiarnos de ese malvado bicho. Al menos los cinco que salimos al diario paseo mañanero lo seguimos haciendo con las mascarillas tapándonos la boca, y si las quitamos guardamos por lo menos dos o tres metros de separación entre cada uno, por si las moscas. Esa separación, sumada a nuestros años, hace que el oído se vuelva perezoso y para enterarnos bien de cada conversación hemos de gritar -unos más que otros- más de lo debido cuando hablamos, si es que no queremos que los demás digan a cada momento: ¿cómo dices, ho? Hoy, como casi siempre, Bras se apoderó de la voz cantante. Yo en su lugar, si fuese un orador como lo es él, probablemente haría lo mismo. Nos arengó todo el recorrido de ida y vuelta. Tanto fue así, que ni tuvimos tiempo a tomarnos el chiquito de rigor. Nos sermoneó a conciencia:

"¡Le estoy muy agradecido! ¡Me ha dado trabajo! ¡Da trabajo a mucha gente! ¡Gracias a que dan tanto trabajo...! ¡Nunca se lo llegaré a pagar, nos dio trabajo! ¡Le debo tanta obligación, pues le ha dado trabajo a mi hijo! ¡Dios nos libre que nos falte, da tanto trabajo! ¿Quién no ha oído infinidad de veces frases iguales o semejantes? El trabajo ya está marcado en la frente del hombre, condenado a practicarlo desde que fue expulsado del Paraíso Terrenal por el Creador, que le dijo: 'Ganarás el pan con el sudor de tu frente'. La mujer, su compañera ya entonces, solo fue condenada a marcharse con él. Aunque la penitencia a aquel pecado también la llevaba encima... Hoy, quizá pasados millones de años desde entonces, ella también está redimiéndose de aquel pecado. ¡Como si no hubiese dado golpe en toda su vida! ¡Como si parir, cuidar y educar a sus hijos, cocinar, hacer todas las demás labores de la casa no fuese un arduo y suficiente trabajo! Sí lo es, y gordo, pero sin salario alguno. Desde hace unos lustros las sacrificadas madres además de todos esos trabajos sin salario también, por unas u otras razones, se sienten empujadas a salir de sus casas a trabajar igual que el hombre. Esos trabajos que desarrollan ambos, tanto físicos como intelectuales, lo venden a cambio de dinero, ¿o no?... Sí es así, ¿quién es el que da el trabajo? A poco que penséis, si es que pensáis algo -nos dijo con mirada penetrante-, si alguien lo da es el trabajador, ¿o no?.... Nadie nos da nada. Todo en este planeta, desde que el mundo es mundo, es un intercambio de conveniencias donde siempre está la busca de intereses con el pan de por medio a cambio...".

Ya de vuelta a casa trato de leer la prensa sentado en mi jardín. No soy capaz a concentrarme. Mi mente sigue pegada a las reflexiones de Bras, que retumban en mis usados oídos. Un auténtico azote es este Bras. En fin que, según lo que nos cuenta, deduzco que nos demandan trabajo a cambio de dinero y, si nos lo pagan, nada nos deben. Lo mismo que si nosotros aportamos el trabajo que nos demandan, a condición de que nos paguen por ello, pues nada debemos... Claro, claro, el trabajo se compra y se vende... No hay vueltas que darle, va a tener razón Bras. El trabajo no se da...

¿Envidia o indiferencia?

 

6 de Junio del 2021 - Antonio Valle Suárez 

"Envidia sana". Una expresión en boga que se oye muy a menudo desde hace un tiempo. Si se analiza teóricamente, parece un eufemismo poco afortunado, ya que la envidia es envidia por todos sus costados como quiera que se la mire. Está incluida dentro de los llamados siete pecados capitales y, por tanto, a simple vista, no parece ni sana ni buena. Por supuesto que también son muy respetables aquellos que, aplicando las tesis basadas en las imaginarias hipótesis que estimen, se decanten por otras interpretaciones. Puede ocurrir que los más teóricos pensantes defiendan que "envidia sana" es un error semántico de los grandes. Por el contrario, otros más imaginativos se decantarán por defender con uñas y dientes esa misma "envida sana" diciendo que es pura e inocente a todas luces. Concretamente, un íntimo amigo mío, maestro en el uso de las palabras, defiende que cuando uno goza con hechos o comportamientos en la piel de otras personas puede exclamar sin ruborizarse y sin molestar al prójimo diciendo: "¡Qué envidia! No te digo nada si lanzo la expresión 'envidia sana'", me dice. Allá cada cual con sus interpretaciones, digo yo.

En el curso 2012-13 nació en el IES Illa de Sarón, de Xove, un ciclo superior de FP enfocado a nutrir de operarios altamente cualificados a la factoría cervense de Alcoa. Los gallegos, con fama de previsores, no conformes solo con eso, años más tarde se dieron cuenta de que la fábrica de aluminio a la que iban destinados la mayoría de los formados podía hacer aguas. Por ello, en los dos últimos cursos se decidieron a implantar otro ciclo conocido coloquialmente como "Metais y Plásticos" (en dicho módulo se forman especialistas en trabajos con fibra de vidrio). Dicho ciclo va destinado a la industria eólica, aeronáutica y naval. La pujanza de los astilleros que hay en el Occidente de Asturias y en A Mariña de Lugo, convertidos en punteros a nivel mundial, les hizo ver que necesitan desesperadamente a profesionales que dominen el manejo de la fibra de vidrio para componentes y para fabricar los cascos de sus demandadas embarcaciones con ese material. En el mercado actual, tristemente, hay escasísima oferta de esos profesionales. Por si fuera poca la previsión de nuestros vecinos en cosas tan serias como el empleo laboral, actualmente la Xunta, por medio de la Fundación Pedro Murias, en Ribadeo, al otro lado de la Ría del Eo, dio un paso más al frente. Allí están impartiendo el "Grado de aprovechamiento y conservación del medio natural", ofreciendo al mismo tiempo la FP dual como garantía de inserción laboral. Los alumnos formados en Pedro Murias estarán preparados para nutrir la creciente demanda de empleo por parte de empresas forestales, ganaderas y agrícolas de la zona.

No sentiríamos envidia ni daríamos importancia alguna a estas FP que imparten nuestros vecinos si no fuese porque aquí, en nuestro occidente de Asturias, carecemos de formaciones públicas tan concretas como las de ellos para proveer de mano de obra cualificada a las empresas forestales, ganaderas, agrícolas y de construcción naval que la demandan. Empresas que, sin ningún género de dudas, son el motor de la economía del occidente de Asturias, que da a la clase trabajadora y a su zona de influencia un bienestar económico y social envidiable para muchos.

La envidia que personalmente siento no creo que sea de la buena precisamente, he de confesar que la padezco ahora mismo en mi piel lo mismo que muchos otros ciudadanos de aquí. Me invade, puesto que deseo para nosotros, los habitantes del occidente de Asturias, esos imprescindibles grados de FP que la Xunta de Galicia está practicando y ofertando al otro lado de nuestra hermosa y cacareada ría, invitando a formarse a los jóvenes en edad de trabajar que lo deseen. Lo digo porque en el listado de cursos impartido por el Consejo de Asturias de la Formación Profesional no veo que se oferte nada tan concreto, ni siquiera parecido, a los que ofrece la Xunta de Galicia. Así que, a la vista de los razonamientos expuestos, no puedo menos que preguntarme:

¿El Gobierno y la oposición que forman nuestra Junta General del Principado no sienten envidia, o quizás indiferencia, hacia las ejemplares enseñanzas de nuestros previsores vecinos gallegos?

¡Ay, nuestra hermosa ría del Eo!

La Nueva España » Cartas de los lectores » ¡Ay, nuestra hermosa ría del Eo!

18 de Abril del 2021 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Muchas veces de niño he oído que mis abuelos querían poner de nombre Joaquina a su hija recién nacida, que después fue mi madre. Pero sus padres, mis bisabuelos, lucharon para que la bautizasen con el nombre de Laureana. A fe que mucho debieron de bregar, pues lo consiguieron. La niña llevó toda su vida en los papeles el triunfal nombre de Joaquina Laureana. Pero, a pesar de todo, siempre se la llamó y conoció por Joaquina. El segundo nombre, que solo conocíamos algunos de la familia, solo le sirvió para líos burocráticos.

En primer lugar, aprovecho para dar la enhorabuena a todas aquellas personas y equipos que con sus esfuerzos han logrado oficializar en los papeles un segundo nombre a nuestra ría de toda la vida, ría del Eo. Aprovecho para apostillar que mi experiencia al respecto me dice que, en ambas orillas, gallega y asturiana, desde hace más de sesenta años, siempre he oído llamarla “a ría del Eo”. Es más, la orquesta “Capri”, de Vegadeo, en los años sesenta del pasado siglo, contaba en su repertorio con aquella canción que decía, creo recordar: “Ay, ría del Eo, qué bonita estás desde Vegadeo hasta Figueras”...

Tanto gallegos como asturianos, que, según el dicho, somos primos hermanos, agradeceríamos que no cesasen en su lucha. Una lucha que ahora solo debería ir encaminada a presionar a quien corresponda para que nuestra Ría sea cuidada. ¡Qué pena que en las recientes pasadas “vacas gordas” no hubiésemos luchado con ahínco hasta conseguir parte del dinero que generosamente repartía la CEE entonces para destinarlo al cuidado de nuestra ría! A dragarla, a limpiarla de la arena que diariamente se acumula.

A causa de tanta arena, que aumenta día a día, ahora muchos nos tememos que más pronto que tarde desaparezcan sus canales sepultados por la gravilla, convirtiéndose toda la ría en un desierto como la gran Duna de Pilat, en la Aquitania del golfo de Vizcaya, cerca de Arcachón.

Cuando eso ocurra probablemente lucharemos gallegos y asturianos para hacer que desparezca de los papeles el nombre de tal presunto desierto, bastante más desagradable y dañino que nuestra hermosa ría.

Aunque lo peor sería que tantas luchas al final no valiesen para nada, como les pasó a mis bisabuelos, los abuelos de mi madre.

 

Acuérdese del gallo de Morón

9 de Abril del 2021 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

No hace mucho LA NUEVA ESPAÑA nos despertaba con el siguiente titular: "Ante la jueza tres detenidos por vaciar las cuentas de cinco médicos asturianos". El diario nos daba cuenta de que les habían clonado las tarjetas desde Cataluña para estafarles 103.000. ¡Parece increíble! ¿Verdad?

Lo cierto es que estas noticias si no nos afectan directamente a nosotros, o el bombazo no nos cae muy cerca, hasta pasamos de ellas. Pero cómo nos sentiríamos si nuestras cuentas bancarias sufriesen en menos de veinticuatro horas ataques que mermasen o hiciesen esfumarse, en parte o todos, nuestros ahorros.

Esos ataques parten de algún "cracker" de los que tanto abundan hoy día, dando disgustos al honrado ciudadano y, también, cómo no, sembrando el pánico en empresas de todo tipo y condición que caen en sus arteras redes.

Seguramente, si nos toca a nosotros algún día, nos sentiríamos con la misma sensación de impotencia que siente aquel ciudadano al que entran en su casa a robar. A robar, sí, tanto como si lo hacen con violencia o amparándose en el descuido.

A mí, de momento, nada de eso me ha ocurrido en propia piel, toco madera. Pero sí cayó el bombazo esta vez muy cerca de mí. Cayó en la figura de mi buen amigo y excompañero de trabajo en banca... (no quiere que publique su nombre, es de esas buenas personas que aún quedan que tienen mucho miedo a estas cosas. Quizá tenga razón, en cierto modo el miedo nos protege, no en vano dicen que guarda la vida). Este amigo, sin nombre, acudió a mi casa a contármelo personalmente y a demostrarme con la documentación que justifica las operaciones que les cuento.

En menos de veinticuatro horas, a caballo entre dos días del pasado febrero, comenzó a recibir SMS con peticiones solicitándole conformidad a operaciones bancarias no realizadas por él. En ese mismo espacio de tiempo en su cuenta corriente entraron doce cargos por importe cercano a los mil quinientos euros, realizados desde una provincia en la que nunca había estado. Esos importes fueron adeudados en su cuenta corriente sin su autorización.

A mayores, en su cuenta de ahorro en la que no tenía vinculadas tarjetas ni domiciliaciones, por el sistema de pagos y cobros denominado Bizum le birlaron de un solo golpe quinientos pavos más.

Asimismo, le usurparon los datos de su tarjeta de combustible para adeudarle casi mil euros. Curiosamente los conceptos de estos cargos correspondían, además de facturas por combustibles, a compras en una farmacia, en perfumerías y otros comercios. Uno de esos cargos importaba seis euros -esto se llama aprovechar las migajas.

Los pasos del proceso, que me atrevo a llamar kafkiano, parece ser que empezaron después de malas coberturas en la red de su teléfono móvil, amén de quedarse sin línea y sin internet de vez en cuando. Todo esto mosqueaba a mí amigo, empujándolo a desconfiar.

Días más tarde se enteró de que alguien había solicitado en su nombre a la empresa telefónica, un duplicado de la tarjeta SIM de su teléfono móvil. A partir de ahí, parece ser, comenzó todo el calvario.

Comunicó a su entidad bancaria lo que estaba sucediendo.

Al día de hoy tiene la suerte de haber recuperado todo el dinero retirado de sus cuentas en su entidad bancaria. No así los correspondientes a la tarjeta del combustible que ni por activa ni por pasiva quieren devolverle. Así que tiene interpuesta la correspondiente denuncia contra ellos, por medio de su Ayuntamiento, que intermedia ante las autoridades competentes. Está en espera de resultados positivos. Aunque ello ofrece serias dudas ya que en las tarjetas bancarias y de otras empresas relacionadas con todo tipo de dinero figuran coletillas que dicen más o menos: "...el titular se obliga a custodiar esta tarjeta y es el único responsable en caso de extravío...".

Después de toda la odisea sufrida, mi amigo está convencido de que lo peor de todo es que nadie le va a devolver las horas de sueño que le han hurtado, producidas por los disgustos a consecuencia de tales operaciones convertidas en otros tantos golpes a su corazón. Disgustos que, sin lugar a dudas, en este caso valen para él muchísimo más que todo el dinero usurpado. Me pongo nervioso imaginándome en su piel.

Después de escuchar minuciosamente todos los detalles del saqueo, me pregunté a mí mismo: ¿Qué le pasaría a mi amigo si no acierta a andar raudo en denunciar lo acontecido? Sí, si en vez de darse cuenta cuando se dio lo hiciese una semana o un mes más tarde... O si le cayese el sambenito en un fin de semana o en un puente, cuando las oficinas están cerradas.

Sí, ya sé que a muchos de ustedes les gustaría más aquel sistema contable utilizado en los bancos hace cuarenta años, cuando llevaban los movimientos de los fondos de sus clientes apuntándolos a mano en una ficha de cartón color rosa, para después pasarlo a su libreta. Cuando se retiraba efectivo se apuntaba al debe y si se ingresaba lo anotación iba al haber. Después esas fichas las custodiaban en un cajón metálico con llave. ¡Qué bien!... Pero eso era en otros tiempos. Así que... olvídese de ese sistema que seguramente nunca volverá.

Amigo lector... le veo venir. No trate de esquivar los mencionados peligros retirando todo el dinero del banco para traérselo a su casa y custodiarlo debajo del colchón. No, no lo haga. Los amigos de lo ajeno merodean también por cerca de los domicilios y, además, si huelen pasta, corre usted un serio peligro de perderla arriesgando al tiempo su integridad física y la de su familia.

Ya sabe, nunca puede estar uno tranquilo, ni siquiera de jubilado. Así que, a la vista de los perniciosos acontecimientos, me atrevo a aconsejarle que lo mejor de todo para evitar timos semejantes, créame, es no contestar a las llamadas de ningún número de teléfono que no tengamos registrado. Tampoco abra correos sospechosos y menos crea en aquellos que le prometen que si facilita los datos que le solicitan le abonarán miles de euros en su cuenta. Pues por si ya teníamos poco con los viejos timos aún hoy de actualidad, el de la estampita y el tocomocho, se unen ahora estos.

Así que ya lo saben, no se llamen a engaño. No se fíen. No se distraigan y vigilen sus cuentas ya que, hoy día, no hay nada seguro en este mundo. No le quepa duda de que hoy puede acostarse feliz contemplando a sus ahorros de toda una vida -en forma de números en un papel del banco o en billetes contantes y sonantes, qué más da-, pero tenga en cuenta que si se descuida puede despertarse al día siguiente como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando.

La nueva esclavitud del siglo XXI

La Nueva España » Cartas de los lectores »

29 de Marzo del 2021 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Hoy, después de segar la hierba del jardín, en mis obligaciones de jubilado no había otra más urgente que la de ir a llenar el depósito de mi utilitario. Sigo mis viejas costumbres con la inercia de años anteriores en que disfrutaba de mejor vida, cuando al llegar la Semana Santa llenaba con ilusión el depósito de mi coche para desplazarme a la vecina Galicia, a Cantabria o a León. Hoy no puedo ir a ningún sitio de esos ni a muchos otros. Tengo prohibido el salir de Asturias. Me apetecía irme a Noreña a comer los callos, pero como Siero también está cerrado no sé bien por dónde tengo que ir. No vaya a ser que pise terrenos prohibidos, sin darme cuenta, y me sancionen...

Hay que estar muy al día. Hay que tener muchos conocimientos hoy día para no infringir las normas que nos rigen, derivadas del coronavirus. Y como no pienso ir a ningún viaje de asueto, estos días estudiaré de una vez por todas la normativa que nos impide a unos el ir, incitando a otros a venir, como es el caso de los franceses que viajan los fines de semana a Madrid para acudir a fiestas con juergas desenfrenadas. Madrid, la única ciudad de Europa abierta a todos. O lo que es lo mismo, cancha libre en la capital de España.

Todos estos problemas que tenemos encima y nos afectan por culpa de la pandemia, para el que no adolece de otros más graves, son motivo de preocupación o incluso disgusto. Pero después de observar hoy unos minutos la vida laboral que le toca vivir a un empleado de la gasolinera multinacional que me vendió el combustible para mi coche, me sentí egoístamente reconfortado, así que ya no me quejaré más de cosas baladí.

Abrí el depósito y estuve allí a pie firme más de diez minutos esperando a que vinieran a llenármelo. En ese tiempo entraron a repostar una media docena de coches. Uno de los conductores se marchó al ver cómo estaba aquello. Los otros se sirvieron ellos mismos y pasaron después por caja. Yo, entre tanto, seguía allí de brazos caídos, sin prisa, observando lo que por allí se movía, al tiempo que esperaba a que viniese alguien a servirme. El motivo de mi espera era debido a que tengo por norma ir a aquellas gasolineras en las que me sirve un empleado y no que el empleado, encima de pagar y no cobrar, sea yo. Visto lo visto cerré el depósito decidido a marcharme sin repostar. Al momento llegó corriendo un empleado, al que conozco desde hace muchos años, para servirme. Le dije que ya me marchaba porque yo no estaba dispuesto a despacharme a mí mismo encima de pagar. Que bajo ningún concepto haría nada que pudiese hacer daño a él y a los demás trabajadores. Digo daño porque, a este paso, entre máquinas dispensadores y el mismo cliente que se sirve y paga él solo, no se necesitarán empleados.

De paso que me suministraba el combustible me contó que sentía mucho por haberme hecho esperar, pero que desde enero en cada turno solo había un empleado al frente de todo aquello. Un empleado solo para despachar en la tienda, servir el combustible y cobrar. Además de tener que hacer el pan que vendían allí. Amén de limpiar los baños. Y si al final del día faltaban en caja cincuenta euros, por ejemplo, tenía que ponerlos él. Encima llevaba un largo rato con necesidad de ir al excusado, me dijo, pero que tenía que aguantarse pues no podía dejar el negocio solo. Y para más inri le acababa de llamar el compañero que lo tenía que sustituir diciéndole que había tenido un percance y que se retrasaría un cuarto de hora. Noté que la angustia que lo acompañaba estaba a punto de hacerle explotar. Por eso no seguí hurgando más en aquella herida tan corriente hoy día. Así que me despedí con una sonrisa que, a pesar de los pesares, cortésmente me correspondió. A mal tiempo buena cara, pensé para mis adentros.

Ya en el coche di las gracias al cielo por haberme librado de una vida laboral con semejante esclavitud como la que acababa de contemplar. Pero al momento me entristecí pensando que a la mayoría de los jóvenes de hoy día, que son nuestros hijos y nietos, esa era la vida laboral que les había tocado vivir o que les esperaba, si es que aún no trabajaban.

¿Será así la nueva esclavitud del siglo XXI? Es lo que hay, dicen ahora.

Hay mucho

La Nueva España » Cartas de los lectores » Hay mucho "zapao"

28 de Febrero del 2021 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Mi padre siempre me decía: No seas "zapao". Lo mencionaba cuando yo trataba de inmiscuirme en conversaciones que no eran de patente interés para mí, sino todo lo contrario. Estaba claro que no le gustaba que anduviese fisgando, a la que salta, donde nadie me había llamado.

Aunque entendía lo que quería decirme, que más bien era corregirme, me pasé años sin saber la clara definición del porqué de aquella palabreja aplicada para la ocasión por mi padre. Con el tiempo, sobre todo desde la llegada de internet, investigué por las redes sociales acerca de aquel vocablo: "Zapao" o "zapada" (que también las hay), llegando a la conclusión de que venía de zapar. Y zapar, según nuestro diccionario de la RAE, nos dice que sus sinónimos son: cavar, excavar, picar, minar, perforar, socavar, escarbar. Llegado a este punto ya no seguí investigando más, entendí la metáfora a la perfección. La cosa estaba clara, muy clara. Mi padre se refería a esos siete sinónimos fundidos en uno solo, aplicando para ello el verbo exacto: "Zapar". Solo que él en vez de decir zapado, lo hacía aplicando el cambio lingüístico abreviándolo a "zapao".

Actualmente el "zapao" o la "zapada" no se suelen meter en conversaciones en directo porque no las hay, sobre todo desde la llegada del covid, que las evita. Pero sí practica el verbo zapar en las redes sociales, usando para ello todos los medios a su alcance para enterarse de lo que se cuece por ahí, hurgando por acá y por allá. Lo hace rozando cierta alevosía, al tiempo que procura pasar desapercibido a los ojos de sus amigos en la red... ver sin ser visto. Contrariamente a lo que ocurría hace decenas de años, que conversábamos en vivo y en directo. En los pueblos lo hacíamos con motivo de ir al molino con el saco de trigo o maíz para convertirlo en harina. A la tienda-bar, a comprar algunas provisiones. A llevar la vaca al toro. A realizar labores a las fincas. Al pasar a Ribadeo en lancha. Pastando el ganado con los vecinos o en mil y un viajes a pie que nos obligaban a salir de casa diariamente a solucionar nuestras múltiples tareas. Constantemente intercambiábamos información de todo lo que se movía con la mayoría de la gente con la que nos encontrábamos por el camino. Uno iniciaba conversación y el otro contestaba, iniciándose así hermosos diálogos. De aquel intercambio de palabras dimanaba una constante fuente de información que circulaba de boca en boca, haciendo que todos nos enterásemos de casi todo lo que se movía por la aldea y sus aledaños, al tiempo que manifestábamos nuestro acuerdo o no, acompañado del parecer de cada uno.

Los tiempos fueron cambiando en casi todo, pero no en lo de ser "zapao" o "zapada", que sigue exactamente funcionando casi igual que antes. Bueno, ahora se diferencia en que pasó de practicarse por los niños a los mayores, que son los que más dominan ese verbo. Yo lo digo por mi propia experiencia, por lo que observo, aunque supongo que la inmensa mayoría de los que me leen aquí, o en Facebook, o en Instagram, o en cualquier otro sitio de los llamados públicos, se darán cuenta de que hay mucho "zapao".

Hablo con esta rotundidad porque en mis cálculos de proporción, sencillos para cualquiera y claros para todos, saco en consecuencia que de los amigos que entran en las casillas de mis exposiciones en las redes, solo en torno a un 10% da un "me gusta" o cualquier otra señal de aprobación o no, como pueden ser los comentarios. El restante 90% lo lee todo y se calla, no dice nada. Solo practica el verbo zapar. Se me ocurre que es comparable al comportamiento de antaño, cuando la gente asomaba por detrás de la cortina de su ventana para observar y enterarse de quién va o viene, sin ser visto claro está.

Nos guste o no, la conclusión es clara: hay mucho "zapao".

Así que, por todo lo expuesto, le doy públicamente las gracias a mi padre por enseñarme tan magnífica palabreja para que, allí donde esté, afloje su sonrisa socarrona, al tiempo que le digo: tenías razón, padre, es muy feo ser un "zapao". Al tiempo que aprovecho para decir a mis amigos que se esconden en las redes: amigo, opina, me gusta saber de ti, di algo, asoma para relacionarte, no te escondas. No seas un "zapao", hombre, que a nada bueno conduce.

Pegajosas redes sociales

La Nueva España » Cartas de los lectores »

18 de Enero del 2021 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

A mis años empiezan a cansarme ciertas cosas. Por ejemplo las redes sociales con sus estructuras. Eso de estar todo el día, o unas cuantas horas, pendiente de lo que ocurre en Facebook, Whatsapp, Instagram y otros me está resultando cansino. Es más, a veces uno le da vueltas a la mente pensando... Pensando en si sería conveniente darse de baja de todos esos modernismos que, a cambio de ponernos al día con noticias de rabiosa actualidad, de facilitarnos a simple golpe de tecla la forma de hacer tal o cual cosa de tal forma, de escribir o contestar a los amigos particular o colectivamente, nos impiden, por ejemplo, poder leer con tranquilidad la prensa de papel, un libro, o hacer una caja nido ahora que pronto se repite el hermoso ciclo de la procreación de las aves. O para prolongar las tertulias en casa o con los amigos. O para preparar la tierra para el próximo huerto. O para meditar, o para escribir, o para cocinar... En fin, para hacer un montón de cosas que las modernas redes sociales nos impiden poder hacer robándonos cada vez más, sin que nos percatemos de ello, parte de nuestro precioso tiempo.

Todas estas meditaciones que llevaban un tiempo rondándome diariamente, incitándome a abandonar las redes sociales, se han ido al traste. Después de sopesar sus pros y sus contras han salido airosos los primeros, aunque con serias reformas. ¿Que cuál ha sido el motivo? Les cuento: Hace dos días, al regresar a casa de mi diario paseo, me percaté de que me había dejado mis gafas, con funda y todo, por el camino. Con tal pérdida, además de impedirme realizar mis cotidianas tareas, veía castigada mi pensión de un mes a más de la mitad de su importe. Ya sé que hay cosas muchísimo peores que perder unas simples gafas progresivas, pero como la mayoría de los pequeños disgustos generalmente afectan al individuo en proporción a su edad, pues el que les cuento a mí me preocupó profundamente, al menos por unas horas. Después, ya rehecho del golpe, publiqué a los cuatro vientos en las redes mi llorada pérdida. Pasadas menos de veinticuatro horas se me apareció el ángel de la guarda en forma de María Jesús, una señora a la que quedo eternamente agradecido ya que, después de ver el anuncio en Facebook, me llamó al teléfono indicado para comunicarme que había encontrado mis gafas. ¿Cómo me voy a borrar ahora de las redes sociales? ¿Y si vuelvo a perder mis quevedos? ¿Qué hubiera pasado si ella no estuviera en las redes sociales?

Pero a partir de ahora prometo administrar mejor mi tiempo para que me dé para más cosas de las que hasta ahora me daba. Las redes las tomaré como el vino, cada vez más en pequeñas dosis. Entre otras razones para poder leer el periódico de papel, del que siempre me gustó empezar por el final, disfrutando al tiempo de su tacto y de su inconfundible olor, lo mismo que le ocurre a mi querido amigo Juan, también asiduo lector de LA NUEVA ESPAÑA.

El extravío fue de gran provecho. No hay mal que por bien no venga, pues además de dejarme contento y espabilarme la guardia me agudizó el ingenio, ya que ahora las tengo en mi poder con su funda al lado, a la que le puse mi nombre y teléfono, por si las moscas...

 Placa de cerámica colocada en el muro que bordea la ría, entre la Punta y la Santina.

  Se trata de un sencillo homenaje al autor de “Amarguras d´un viaxe”, en el centenario de su publicación. Ramón G. González  (Ramón García-Monteavaro y González-Travieso, como dejó claro hace unos meses Antonio Murias en este blog).

  Se trata, posiblemente, del primer trabajo en “fala” y en forma de verso publicado. Salió de la imprenta en Junio de 1920.

  Ignacio, piloto,  uno de los protagonistas de este relato, al regresar de un viaje a Inglaterra, se encuentra a la entrada de la ría con un fuerte temporal.

  Por ello, lo que se hizo, fue componer una breve secuencia de los hechos, situando la placa en un punto desde donde se divisa la entrada o boca de la barra y con el N. de la rosa de los vientos apuntando hacia ese lugar, como corresponde. Y con los peñascos a la vista en marea baja.

  El librito (31 pág.), lo dedicó el autor a su alumno, Vicente Loriente Cancio, que poco tiempo después fue cofundador de la Biblioteca P. Circulante.

 

  Pepe Llende. (Dic.. 2020)

¿Quo vadis, Unión Europea?

16 de Diciembre del 2020 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Hoy nos hemos despertado con preocupantes noticias que nos informaban de que la potente Holanda o Países Bajos, de boca de su primer ministro, cierra a cal y canto hasta el próximo 19 de enero todos los colegios, guarderías, institutos, gimnasios, comercios, los pocos bares de que gozan y hasta prostíbulos (tan complicados de cerrar aquí). Parece ser que es el confinamiento más rígido aplicado por los Países Bajos desde el inicio de la pandemia.

No me ha hecho falta escudriñar mucho en mi veterana mente para recordar cuando, no hace mucho, el Gobierno de los Países Bajos era de los más reacios a que se abriese el grifo de las ayudas económicas imprescindibles para Italia y España, para costear los desastres provocados por el covid.

¿Es que nuestros socios holandeses no conocían aquel refrán tan popular desde hace miles de años, o es que la soberbia les impedía aplicárselo? "Cuando las barbas de tu vecino veas afeitar pon las tuyas a remojar?

Y como ahora sufren la desgracia en su propia piel, no puedo menos que lanzar las siguientes preguntas que no se marchan de mi mente, inquietándome:

Viendo la que está cayendo para todos, ¿podrá permitirse el lujo ahora la potente Nederlanden de pasar sin pedir aquellas ayudas que a toda costa trataron de bloquear a España y a Italia?

¿Serán capaces nuestros socios, incluida la vecina Gran Bretaña del brexit, de impulsar la necesidad de que todos los países de la CEE, con la poderosa Alemania a la cabeza y su canciller al frente afligida por el terror, de que este problema tan gordo que nos atañe no es patrimonio de unos pocos países de la Unión sino que, más bien, lo es de todos los que la integran, ricos y pobres, y que ha de resolverse empujando todos a una?

De seguir actuando como hasta ahora, cada uno por su lado, ¿no se agudizarán más de lo que están los problemas de la pandemia, pudiendo conducirnos hasta unos nuevos reinos de Taifas que podrán hacernos ser testigos, a unos pocos porque los otros habrán desaparecido, de una enorme devastación producida por el virus, con un insospechado número de muertos?

¿Es que no son suficientes aún para hacernos ver la realidad de los más de 400.000 ciudadanos europeos fallecidos, junto a la pesadumbre de sus familias, por esta tremenda pandemia que padecemos?

¿Acaso aquel fabuloso Tratado de Maastricht no fue creado a finales del siglo pasado para abordar entre los países que lo componen todos los problemas que se nos presentasen? ¿O fue fundado solo para vanagloriarnos ante el mundo?

Si es así, ¿adónde vas, Unión Europea?

¿Samaritanos o fariseos?

La Nueva España » Cartas de los lectores » ¿Samaritanos o fariseos?

¿Samaritanos o fariseos?

19 de Noviembre del 2020 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Un estudio que parece lógico sobre las dichosas mascarillas quirúrgicas nos razona que una familia media cumpliendo la normativa consume unas 25 mascarillas al día. Extrapolado al mes, esa protección asciende a unos 300, importe que no está al alcance de todos los bolsillos, para estos fines. Sabido es que si se repite su uso y no se cambian cuando se debe, pueden perder su efectividad en detrimento de la salud de todos. Pero claro, a más usos repetidos más ahorro, más incumplimiento de la ley y más peligro.

No hace falta ser un Serlock Holmes para observar a los sufridos usuarios cuando vas por la calle. Puedes ver a menudo a los que llevan la nariz al descubierto para captar, cual submarino, aire no viciado. A otros que cuelgan la protección de la oreja para hablar por teléfono según caminan. Al que la retira para fumar, lanzando su humo. Al despistado, como yo, que va sin ella algunas veces. Si tu agudeza visual no te falla puedes captar aquellas que, aun naciendo blancas, van ya camino de lo negro. Sobadas por su parte central y por las ataduras, lugares estos más manoseados por ser punto de agarre para ponerlas y quitarlas y no, precisamente, para colocarlas en su sitio. Con demasiada frecuencia te encuentras esas obligadas protecciones tiradas por aceras, jardines, papeleras..., en vez de meterlas en una bolsa que debes arrojar a la basura. La mala gestión de estos residuos se ha convertido en un nuevo hábito contaminante para nuestro planeta, que añadido a los que ya teníamos pone serio al más alegre. Si supuestamente ya hemos aprendido a lavarnos las manos, a aplicarnos un gel desinfectante y a mantener la distancia social, el reciclaje debería ser también uno de nuestros buenos hábitos a tener en cuenta para no morirnos en medio de nuestras propias deyecciones.

Hace unos días con motivo de un funeral de un ser muy querido, en medio del sufrimiento por su falta, no podía menos de observar que, primero en el tanatorio y después en el funeral, saltaban a la vista unas prácticas innecesarias a todas luces: acercamientos, abrazos, aglomeraciones, corrillos con los intervinientes pegados. En fin, todo un desacato. ¿Cómo es posible tal grado de incumplimiento si la normativa en vigor dice que fuera de esos lugares no puede haber más de veinticinco personas y dentro solo quince?

Personalmente no me gusta criticar a los gobernantes de turno legalmente elegidos mediante sufragios o derechos. Tanto como si pertenecen a la nación, a la comunidad autónoma, al Consistorio, a la Iglesia o incluso a la propia comunidad de vecinos. Sabemos que esos entes gozan de innumerables consejeros que se supone saben lo que hacen, aconsejando aplicar lo mejor a los que mandan. Pero lo que sí noto es la ausencia de autoridad y normativa justa para aplicar a todos por igual. Parece que la ley no es igual para todos, ya que si están cerrados bares, restaurantes y pequeñas tiendas de autónomos en las que entran diez o veinte personas a diario con control y mínimos peligros, ¿por qué siguen libremente abiertas al público algunas grandes superficies dedicadas a la decoración y el amueblado, peluquerías, manicuras, tanatorios, templos, parroquias y mezquitas? Claro que a lo mejor es por mantener las apariencias las primeras, y las otras por estar cerca la mano de Dios que nos protege aunque no tomemos las precauciones debidas. ¿Lo saben ustedes? Yo solo sé que a partir de ahora, mientras no amaine, rezaré en casa tomándome un vino, esperando surta los mismos efectos y sin incordiar a nadie.