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Castropol, Pueblo Ejemplar de Asturias

Colaboraciones

La grandeza silenciosa de hacer país

La Nueva España » Cartas de los lectores » La grandeza silenciosa de hacer país

 

23 de Abril del 2026 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

 

Hace unos días, LA NUEVA ESPAÑA nos informaba de una noticia de esas que no solo informan, sino que también levantan el ánimo de un territorio entero. En este caso, un vecino de Castropol cruza fronteras, compite contra gigantes y termina tocando el cielo en Londres. No estamos solo ante un premio. Estamos ante una lección colectiva. En algo muy grande y ejemplarizante.

Rubén Leivas, castropolense de raíz, y su socio David Martínez son las almas de la destilería cántabra Siderit, que ha conseguido lo que muchos consideran imposible: que un whisky español sea elegido el mejor del mundo en los prestigiosos World Whiskies Awards 2026. ¿Quién lo iba a decir? Y no ha sido un golpe de suerte ni una casualidad de jurado despistado. Ha sido el resultado de años de trabajo silencioso, de obsesión por el detalle, de creer en un proyecto cuando lo fácil habría sido solo aspirar a ir tirando.

Lo dice él mismo con una mezcla de humildad y asombro: "Somos una microdestilería independiente, española, de Cantabria, y hemos competido con grandes multinacionales". Y quizá ahí esté la clave. No es solo una victoria de Siderit. Es una victoria de todos los que empiezan con poco más que una idea, un sueño y la testarudez necesaria para no rendirse. Sin duda, el camino no es fácil.

El relato de la final en Londres tiene algo de cine. De esos guiones en los que nadie espera el final feliz. Nos dice Tania (la reportera del diario) que los protagonistas, sentados en la mesa 21 de 21 -la última, la más alejada del escenario-, Rubén y su socio, ya asumían la discreción del destino. "Vamos a disfrutar de la cena", pensaron. Pero el destino, a veces, tiene sentido del humor. Entre plato y postre, saltó el anuncio dando a conocer que en esta ocasión la mejor destilería del mundo era whisky de centeno Siderit. Y entonces el salón entero aplaude. Y dos hombres del norte de España se levantan entre la incredulidad y la emoción. No es solo un premio. Es el reconocimiento de que algo pequeño, bien hecho y honesto puede mirar de frente a los grandes imperios del sector.

El éxito de Siderit no nace de la improvisación. Nace de una filosofía sencilla y casi antigua, que es hacer las cosas bien. Sin atajos. Sin concesiones. "Disfrutando de las cosas bien hechas", repite Leivas como quien resume una forma de vida más que un eslogan empresarial. Y quizá ahí esté la verdadera revolución.

Porque este premio no solo coloca a una destilería en el mapa. Coloca a España -y a lugares como Castropol, discretos, pero fértiles en talento- en una conversación global donde antes solo aparecían los sospechosos habituales: Escocia, Japón o Estados Unidos. Ahora hay un nuevo actor. Y habla con acento propio. Hasta la mitad en fala.

Conviene detenerse un momento en esto. Porque no todos los días un proyecto nacido lejos de los grandes centros industriales consigue abrirse paso en un sector tan tradicional. Y no lo hace copiando, sino reinterpretando. Dándole una vuelta a lo conocido hasta hacerlo irreconociblemente bueno. Quizá por eso uno no puede evitar pensar que este tipo de historias merecen algo más que titulares. Merecen memoria. Merecen reconocimiento público. Y sí, quizá incluso merezcan una estatua en algún lugar simbólico de Castropol. No tanto a la persona como a lo que representa, la capacidad de un pueblo de producir excelencia sin pedir permiso.

Porque lo verdaderamente importante no es el whisky. Es lo que simboliza. La confirmación de que desde aquí también se puede construir mundo y, sobre todo, lanzar un profundo ejemplo a todas las personas, no solo jóvenes, sino también maduros y en edad de trabajar.

Y en tiempos en los que tanto se habla de crisis, de fuga de talento o de desánimo, historias como la de Rubén Leivas y David Martínez recuerdan algo esencial. Y es que todavía hay gente que se empeña, aunque no disponga de grandes recursos, en hacer grande lo pequeño. Y lo consigue. ¡Enhorabuena, señores!

 

La corrupción, ese atajo con pendiente

La Nueva España » Cartas de los lectores » 

La corrupción, ese atajo con pendiente

21 de Abril del 2026 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

 

La corrupción en España, y quizá en el resto de países, no es una sorpresa ni una importación extranjera. Es más bien una vieja conocida, de esas que no se presentan, pero siempre encuentran silla. Aparece cuando alguien confunde el cargo con la propiedad y el servicio con el beneficio. Y lo hace con modales siempre. Un favor, una excepción, un "esto siempre se hizo así". Nada grave, nada urgente... hasta que lo es todo.

El atajo, como concepto, tiene muy buena prensa. Ahorra tiempo, evita esfuerzo y, sobre todo, evita escrúpulos. El problema es que cuando demasiados toman el atajo el camino recto empieza a parecer sospechoso. En este país, cumplir las normas a veces no te convierte en ejemplar, sino en candidato a ingenuo.

Nos gusta imaginar la corrupción como algo lejano, con despacho grande y titular en portada. Pero también vive más cerca. En lo público, cuando el dinero de todos se vuelve sorprendentemente hospitalario con unos pocos. Y en lo privado, donde el mérito pierde demasiadas veces frente a la cercanía, el esfuerzo frente al apellido y la justicia frente a la conveniencia. Esa corrupción no sale en los periódicos, pero se siente en el estómago. Porque cuando lo injusto te paga el sueldo, la dignidad cotiza a la baja.

Luego está nuestra especialidad nacional, la indulgencia selectiva. La corrupción del contrario es intolerable; la propia, matizable. "No será para tanto", "los otros hicieron más", "esto es lo normal", "él es distinto, es el jefe". Y así, entre excusa y excusa, la anormalidad se convierte en costumbre. Lo preocupante no es que exista corrupción. Lo preocupante es que ya no nos sorprenda.

Cada abuso tolerado es una lección mal aprendida. Enseña que las normas son orientativas, que la ética es decorativa y que la memoria es frágil. Por eso convendría que el ciudadano, ese al que solo se llama cuando hay que votar o pagar, hiciera algo revolucionario. No olvidar. Ni quién, ni cómo, ni cuándo. Sin odio, pero sin amnesia, que es peor. Porque la corrupción no es un accidente. Es una decisión. Y también, demasiadas veces, una tolerancia. El atajo siempre parece buena idea... hasta que el suelo desaparece bajo los pies. Luego vienen las quejas, las manos a la cabeza y el "quién lo iba a imaginar". Pues casi cualquiera que no estuviese mirando para otro lado.

 

¿Mejor sin don o con don?

La Nueva España » Cartas de los lectores » ¿Mejor sin don o con don?

13 de Abril del 2026 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

De guajes nos mandaban a diario, espuerta en ristre, a hacer los recados. En Barres, mi aldea de niño y no tan niño, había cinco tiendas de comestibles: casa Carraco, Ca Julio, Ca Manteleiro, a Canela y la de Jalina (antes Joaquina de Pascua). Cada una con su olor característico, su libreta de fiar y la idiosincrasia de su parroquia. De los tenderos, solo dos eran "don": don Julio y don Manolo, ambos emigrantes a Buenos Aires en su juventud, que habían vuelto con una pequeña fortuna para instalarse en el terruño. El tratamiento les venía casi de serie, junto a cierta prestancia. Y no eran los únicos. También estaban don Enrique, el cura; don Antonio, el maestro; don Arturo y don Alejandro, de Obras Públicas; don León, el administrativo del Ayuntamiento, y su esposa, doña María, que regentaba la panadería; don José, el del banco... Aunque, curiosamente, el director del otro banco, nacido en el pueblo, quizá por eso nunca fue "don" para nadie. El lenguaje siempre tuvo sus caprichos.

Mientras tanto, un premio Nobel nacido en Luarca, al que veíamos pasear en descapotable y aparcar en el muelle de Figueras, para ir a comer al Peñalba, lo llamábamos simplemente Severo Ochoa. A secas. Sin don ni falta que le hacía.

Hoy el cura es Marcial, el maestro Juan y el director del banco Modesto. Todo más cercano más plano, más moderno. Tal vez más igualitario.

Pero uno sospecha que no hemos perdido el "don". Tal vez lo que hemos ido dejando por el camino es el con don, que no es lo mismo.

La paz no avisa cuando se va

La Nueva España » Cartas de los lectores » La paz no avisa cuando se va

19 de Marzo del 2026 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Nos hemos acostumbrado a la paz como quien se acostumbra al aire, sin pensar en lo que ocurre cuando falta. Y ese es el error. Porque la paz no hace ruido, no ocupa titulares... y por eso mismo se vuelve invisible, hasta que desaparece sin avisar.

La guerra no es estrategia ni geopolítica. Es el cabalgar de los cuatro jinetes de la Apocalipsis, repartiendo hambre, miseria, tristeza, violaciones, robos, intereses, injusticias, impotencia, ciberataques y atentados. Es el derrumbe de todo lo que creemos seguro. Donde hay guerra no hay debate, ni derechos, ni futuro. Solo imperan el miedo, el silencio y la pura supervivencia entre tinieblas. Creo que no exagero, amigo lector. Si lo dudas repasa la historia, que no es difícil el poder hacerlo hoy día. Y si quieres buscar un escenario que, aunque ficticio, nos meta en la realidad, puedes ver "El pianista", una película donde el atronar de la guerra nos lleva a una salvaje realidad.

Mientras aquí discutimos en un bar o protestamos en la calle, en otros lugares el hospital es un blanco, la escuela un recuerdo y la infancia un lujo extinguido. Allí, una sirena no avisa, condena. Allí, la vida cotidiana no se organiza, se improvisa entre ruinas. Esa es la diferencia brutal entre vivir y resistir.

La paz no es un derecho garantizado. Es un equilibrio frágil, casi caprichoso, que puede romperse por decisiones de unos pocos y pagarse por la inmensa mayoría. Basta una chispa, un conflicto mal medido, un interés disfrazado, una ambición sin freno de uno o varios locos que emergen de repente, para que todo salte por los aires en mil pedazos. También puede ocurrir aquí. Sí, aquí mismo.

Conviene decirlo claro, sin adornos. La guerra siempre lo destruye todo..., salvo a quienes la impulsan desde lejos beneficiándose de ella. Los demás solo heredamos miedo, pérdidas y silencio.

Y cuando llegue, porque la historia insiste, no aprende y se repite, ya no servirá lamentarse ni decir que no la hemos visto venir.

Cuando el vecino ladra

La Nueva España » Cartas de los lectores » Cuando el vecino ladra

2 de Marzo del 2026 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Creía que ya lo había visto todo. Pues no. Ahora hay gente que se siente perro, gato, raposo, cocodrilo y se pone orejas y rabo postizos, saliendo a la calle a cuatro patas. Lo hacen corriendo, saltando, desplazándose arrastrados y gruñendo. Se conocen como "therians". Quédese con la palabra. Empezaron por Latinoamérica y ya llegaron a Navia el pasado fin de semana. Un joven mexicano, Jesús Antonio, dijo a la CNN que es "therian" desde hace un par de semanas y se identifica como un perro de raza french poodle. ¡Acongojante!

El otro día vi a uno olisqueando una farola. Yo no sabía si saludarlo o tirarle un palo. Finalmente, me cambié de acera. Él y yo nos miramos en la distancia y seguimos camino en direcciones opuestas.

Que cada cual haga lo que quiera, faltaría más. Pero cuando el vecino ladra en el parque, ¿a quién llamamos, al médico o a la perrera? ¿Le ponen chip o DNI?

Aquí ya tenemos todas las paredes meadas con marcas de perro y, más de la cuenta, rebozadas de inmundicias. Bastante trabajo tienen los portales y las farolas como para sumar ahora lo que venga en versión humana. Al final va a haber que salir con botas de goma para bajar a por el pan.

Antes los vicios eran más sencillos: disfrazarse por Carnaval, beber vino o sidra, el tute y protestar por el fútbol y otros. Ahora el personal se mete en unos garabanzales mentales que no los desatasca ni la manguera del Ayuntamiento. A este paso, cualquiera se sentirá semáforo y se quedará en rojo en mitad del cruce.

Yo, por si acaso, seguiré siendo humano, que, con sus defectos, ya se da bastante guerra.

Y si algún día me oyen ladrar, tranquilos, no es identidad animal... Es que perdió el Sporting o el Oviedo.

El wéstern que nos enseñó a mirar al revés

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El wéstern que nos enseñó a mirar al revés

26 de Febrero del 2026 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Durante años, y dedicando a ello probablemente más tiempo que el que habría aprobado cualquier maestro con sentido práctico, viví pendiente de las historias del Oeste americano. Ese género llamado wéstern donde el polvo siempre era noble y las balas, curiosamente, parecían tener principios. Silver Kane y Marcial Lafuente Estefanía eran, principalmente, los encargados de alimentarme, a través de mi amigo Manolín de Martina, que sirviendo de intermediario me prestaba las novelas que saciaban nuestra sed de horizontes lejanos y justicia instantánea. No recuerdo de dónde los sacaba el bueno de Manolín, pero estaban tan sobados que parecían haber sobrevivido no a un duelo al sol, sino a una estampida completa. Yo los leía mientras alindaba las vacas en verano, mientras ellas, ajenas a toda épica, se entregaban con entusiasmo al maíz del vecino. Durante el curso, robaba horas al bachillerato mientras mi madre seguía enfrascada en sus interminables trabajos de la casería, sin sospechar que en casa convivía con un pistolero en prácticas, aunque sin sombrero ni puntería.

Todavía resuenan en mi mente los disparos, el olor imaginario de la pólvora y el estruendo glorioso de los indios cayendo abatidos desde sus caballos, víctimas infalibles de aquellos héroes que, curiosamente, nunca fallaban un tiro ni siquiera a cincuenta metros y con viento en contra. Aquellos hombres disparaban con una eficacia que ya habría querido para sí cualquier cazador de la parroquia. Los indios, en cambio, chillaban, caían y perdían. Siempre perdían. Y yo, disciplinado lector de aquella justicia de papel, me alegraba. Más tarde, viendo las películas en el cine Cervantes, en Figueras, todos nos levantábamos de las butacas aplaudiendo cuando los indios caían arrastrados por sus caballos. Las pocas veces que un indio lograba abatir a un blanco, aquello me parecía poco menos que una alteración intolerable del orden natural.

Con los años, sin embargo, algo empezó a no encajar en aquella historia. Me pregunté cómo era posible que quienes vivían en aquellas tierras desde siempre, cazando, pescando y criando a sus familias, hubieran pasado a ser los villanos oficiales de una historia que, casualmente, escribían quienes acababan de llegar. Resultaba sospechoso que los recién llegados fueran siempre los civilizados y los malos los otros, los salvajes, como si la civilización consistiera, esencialmente, en llegar, plantar una bandera y empezar a repartir justicia a tiros pero con modales.

Comprendí entonces que aquellas historias, tan emocionantes como improbables, habían hecho su trabajo con una eficacia admirable. Habían logrado que un niño de aldea, rodeado de vacas y lluvia, viera como héroe a un hombre solitario que resolvía cualquier conflicto con un revólver. Sin necesidad de jueces, ni abogados, ni trámites, ni esa molesta burocracia que, al parecer, nos hace pensar que nunca logró cruzar el Mississippi. Hoy, al recordar todo aquello, no siento rabia, sino una cierta ironía. Me doy cuenta de que no solo me enseñaron quién ganaba en aquellas páginas, sino también a quién debía admirar y a quién debía temer. Y lo hicieron tan bien que durante años creí que la justicia llevaba sombrero, espuelas y una puntería sobrenatural.

Ahora sé que no. Pero aún hoy, cuando el viento levanta polvo en cualquier camino, no puedo evitar mirar alrededor por si aparece un jinete solitario. Aunque sospecho que, de hacerlo, lo más probable es que se pierda buscando cobertura o preguntando por la señal del teléfono.

En cocina, como en la vida, vas viendo

20 de Enero del 2026 - Antonio Valle Suárez (Figueras, Castropol)

Cuando uno empieza a cocinar por afición y no por obligación, las recetas se siguen al pie de la letra. Cien gramos por aquí, cuatro cucharadas por allá, el cronómetro vigilando como un sargento chusquero y provocando tensión e, incluso, nerviosismo. ¡Qué cosas! Todo es exactitud, temor al error y una secreta aspiración a mejorar, como si la cocina fuera una oposición con temario infinito. Parece como si no hubiese problemas más serios, pero es así.

Luego llega un momento, después de horas de vuelo, no se sabe bien cuándo, en que el medidor se queda en el cajón, la báscula se llena de polvo y el termómetro pasa a ser el ojo. O mejor dicho: el "vas viendo". Ese punto mágico en el que uno prueba, remueve, rectifica y vuelve a probar. Y cuando ya dominas el arte del "vas viendo", empiezas a abandonar el humilde título de cocinillas para acercarte, con cautela, al de un ya responsable cocinero.

La proporción de cocineros aficionados frente a las cocineras amas de casa sigue siendo muy pequeña. Ellas no juegan a cocinar. Ellas cocinan. Sin focos, sin aplausos y sin posibilidad de error. Porque al cocinero ocasional se le perdona todo; a ellas, nada. Ellas son las verdaderas profesionales. Las que han sacado adelante comidas diarias, familiares exigentes y paladares críticos. Las que han soportado esto está salado, lo hiciste de más, te pasaste con el picante... Como si el milagro diario de poner un plato caliente en la mesa fuera poca cosa. Sin estrellas Michelin, pero con una resistencia digna de estudio. Y, casi siempre, en la sombra, calladas y viendo lo que se cuece.

Mientras nosotros presumimos de improvisación y libertad creativa cual integrantes de un "txoko", ellas llevan décadas cocinando "a ojo" sin haberlo bautizado nunca así. Sin recetas escritas, sin cursos, sin postureo. Saben cuándo el plato está hecho sin mirar el reloj, cuándo falta un minuto sin tocar el fuego y cuándo alguien va a protestar antes incluso de que abra la boca.

Por eso, cuando uno empieza a creerse cocinero porque ya no pesa la sal, conviene hacer un ejercicio de memoria y de humildad. Porque, recordemos, el verdadero máster en cocina lo han cursado ellas, día tras día, año tras año y, muchas veces, sin descanso y sin reconocimiento.

Y eso de "vas viendo" sí que no se aprende en ningún libro.

De niño me encantaba meterme en la cocina con mi abuela para ver cómo hacía el caldo y los guisos. Un día que se apartó un momento del fogón, tomé la sartén con un frisuelo dentro y le di la vuelta por el aire. "¿Viste, abuela, viste? Le di la vuelta por el aire". Me disgusté mucho, pues me contestó que la cocina no era cosa de hombres y me echó de allí.

El "vas viendo" lo aprendí de mi tía Tilde, que cocinaba como nadie unas tortas de manzana. Con tal motivo, un día le pregunté la receta. Y ella, después de pensar unos segundos, empezó la letanía: harina, mantequilla, pizca de sal... "Sí, sí, pero cuánto de cada", le dije. A bote pronto, me contestó: "Bueno, eso, como en la vida, ’vas viendo’"...

La paguita

5 de Enero del 2026 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Paguita es una palabra cómoda. Cabe en un tuit, evita pensar y es muy socorrida en las tertulias. Se usa para señalar a quien cobra ayudas sociales. El abuso existe, claro. Perseguirlo, también. Lo que sobra es el histerismo cargado de empeño contra aquellos que tienen la desgracia de tener que subsistir con la ayuda del Estado, que somos todos. Porque cuando se miran los datos resulta que España destina menos presupuesto que la media europea a ayudas a los más desfavorecidos: rentas mínimas, apoyo a familias vulnerables, exclusión o vivienda. Francia, Alemania o los países nórdicos gastan más. Y no parecen repúblicas de la holganza.

La diferencia está en gestionar mejor y gritar menos. Aquí hacemos lo contrario. Poco gasto y mucho aspaviento cada vez más extendido. Y así se construye un relato que convierte a todos los perceptores en sospechosos y a algunos opinadores en inquisidores de sobremesa.

Lo realmente llamativo es la ansiedad moral que provoca la paguita en ciertos sectores, que se siente desvelados por unos cientos de euros ajenos y con una somnolencia profunda ante dispendios bastante más caros y con corbata que, diariamente, desfilan por delante de nuestras narices.

A los muy preocupados habría que tranquilizarlos diciéndoles que no se alarmen tanto, que no sean mezquinos y que, sobre todo, ojalá nunca tengan que pedir una paguita para sí mismos. Nadie presume de ayuda social; se llega a ella cuando la vida falla, y que levante la mano el que tenga garantizado no recibirla nunca jamás.

Por tanto, sería bueno hacer menos uso del dedo acusador y tirar más de la memoria. La red de protección molesta cuando es de uso ajeno..., hasta que un día le hace falta a uno para no estamparse con la dura realidad de la necesidad y la miseria. Entonces, no.

Carta para 2026 a Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente

12 de Diciembre del 2025 - Antonio Valle Suárez (Figueras (Castropol))

Queridísimos Reyes Magos de Oriente:

En primer lugar deseo con toda mi alma os encontréis bien, con salud en el cuerpo y en el ánima. Soy consciente de que lleváis mucha experiencia a cuestas, pero aún estáis para visitarnos muchos años más, seguro. Y con la ilusión que cada diciembre vuelve a despertarme por suerte, aún sin necesidad de pilas ni instrucciones que me impulsen, me animo a escribiros para haceros una petición un tanto curiosa. No os pediré juguetes, ni tesoros, ni siquiera unas zapatillas nuevas, que bien me vendrían para pelear con mi viejo espolón. Os ruego algo mucho menos envolvible, pero quizá más urgente. Os pido un recordatorio para padres e hijos, de esos que no pesan pero iluminan. Veréis, desde hace un tiempo ronda por nuestras casas un personaje muy particular. No llega en camello, ni deja huellas en la nieve, ni firma sus visitas con purpurina. Se aparece en cuanto se le pronuncia, como si siempre estuviera al otro lado esperando su oportunidad. Es como si fuera el "Genio de la Lámpara", aunque no se desplaza en nubes de humo ni necesita lámparas que frotar, pues solo basta con tocar un botón o murmurarle algo y ahí está, dispuesto a obedecer con más rapidez que un paje recién estrenado. Sé que me entendéis, pues siempre vais con los tiempos.

Hasta hace nada, escribir sobre cualquier tema era un ejercicio casi sagrado: pensar, investigar, garabatear, tachar, volver a pensar... Todo ese ritual hermoso que nos costaba minutos, horas o días y nos enseñaba a ordenar la cabeza ahora te lo puede arreglar de repetente: ¡Zaaaassss! Recuerdo con ternura aquellas cartas que mi madre escribía a mi hermana en Avilés, que entonces parecía estar en la otra punta del mundo, con su Bic y su caligrafía impecable. Ella no necesitaba genios escondidos, le bastaban su corazón, su tiempo robado al excesivo trabajo y su letra, tan suya, y de vez en cuando parar su boli y mirar hacia arriba para volver a escribir. Pero hoy, Majestades, vivimos tiempos un poco más... digamos, "acelerados". Pero tenemos ahí al geniecillo en cuestión que está siempre a punto, deseoso de hacer por nosotros lo que antes nos hacía sudar un poquito la frente. Y oye, no seré yo quien critique una ayudita de cuando en cuando. Siempre y cuando, y aquí está la gracia, no le entreguemos las llaves del pensamiento ni le dejemos el mando a distancia de nuestra imaginación. Que el genio cose, sí... pero conviene que el hilo y el campo de la puntada lo elijamos nosotros. Por todo ello os ruego, queridos Reyes Magos, que cuando, en la madrugada del 6 de enero, vayáis dejando ilusión junto a cada zapato, añadáis también un susurro, un aviso, un guiño, para que padres e hijos recuerden que el Genio de la Lámpara es útil, pero que sus destellos pueden deslumbrar; y que, si uno se acostumbra demasiado a él, corre el riesgo de olvidarse cómo se sueña por su cuenta. Y ya sabemos que los poderes grandes, si no se manejan con cuidado, a veces encuentran manos menos bondadosas que las vuestras.

No os pido que escondáis la lámpara, faltaría más, sino que enseñéis a usarla con cabeza, con cariño y con un poquito de ese sentido común que nunca pasa de moda. Que la magia siga siendo humana, aunque el genio insista en hacérnoslo todo demasiado fácil.

Con la gratitud y esperanza de un niño, ya mayor pero ilusionado, que se niega a dormirse del todo.

La razón, esa vecina que nunca está en casa

28 de Noviembre del 2025 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

La razón, ya lo sabemos, es como esa vecina que todos creemos conocer pero que nunca está cuando uno llama al timbre de su casa. Y, aun así, hay quien presume de tenerla en exclusiva, como si la hubiera inscrito a su nombre en el Registro de la Propiedad. Pero la razón, esa escurridiza señora, no es de dos personas, ni de la mitad de la comunidad vecinal, ni de dos países, ni de medio mundo contra el otro medio. La razón, cuando aparece, suele venir dividida en mitades imperfectas (como si dijéremos... mitad grande y mitad pequeña) que, eso sí, siempre suman un cien por cien. Como las tortillas de mi abuela, que, hechas con prisa, nunca salían redondas del todo, pero siempre suficientes para todos.

El problema es que nos hemos acostumbrado a vivir como si la razón fuese el último paraguas del portal cuando llueve: o lo cojo yo o te mojas tú. Y así nos va, discutiendo como si cada discrepancia fuese un asunto de Estado, cuando, en realidad, casi todo se resolvería con un poco de retranca, una silla más cerca en la cocina y en medio unas castañas regadas con sidra de Solleiro.

A veces pienso que lo que nos pierde no es la falta de razón, sino el exceso de necesidad de tenerla. Nos aferramos a nuestras certezas como quien sujeta el manillar de la bici bajando el puerto con viento atravesado del nordeste. Y, claro, así no hay manera de escuchar al otro. Conviene recordar que la razón, cuando se la aprieta demasiado, se vuelve amarga. Pero si se comparte, se vuelve casi dulce, como ese último trozo de tarta que uno ofrece aun con ganas de zampárselo.

Vivimos tiempos en los que todo se ha convertido en dos bandos que ni se miran. Pero la vida, la real, no la que cacarean en las tertulias por ahí, suele ser más sencilla. Podíamos extractarla en dos personas que ven lo mismo desde esquinas distintas. Nada más. Lo pienso así porque, a veces, basta moverse medio paso para descubrir que el otro también tenía su parte de claridad. O su parte de sombra, que para el caso es lo mismo.

Y al final, ¿qué nos queda? Pues lo de siempre, un poco de humildad, un poco de humor y un poco de sensibilidad para aceptar que nadie tiene el monopolio de la razón. Que todos la rozamos, la perdemos, la recuperamos, y que en ese ir y venir se nos va pasando la vida, generalmente más cabreados que felices, que eso es lo peor de la cuestión.

Quizá la verdadera sabiduría, esa que no enseña ningún notario de televisión, consista en entender que la razón solo se vuelve completa cuando dejamos espacio al otro. Cuando nos quitamos un poco de importancia y recordamos que estamos hechos de dudas, de afectos, de ganas de que nos entiendan... y de esa retranca tan abundante antes en nuestro occidente asturiano y cada vez menos practicada que, bien usada, sirve para tender puentes sin que se note demasiado. Así que tratemos de resucitarla, nos dará vida a todos.

Corto el rollo, amigo lector, recordando aquella arenga de mi pesado amigo jubilado, Bras, que nos decía un día en el diario paseo: "... porque la razón, como la felicidad, no es para guardarla bajo llave. Es para repartirla. Aunque sea en mitades, aunque esas mitades nunca nos queden perfectas".

Cuando se rompe una pareja y de paso la amistad

19 de Noviembre del 2025 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Hay amistades que no nacen de uno mismo, sino del reflejo de otras vidas. De esas parejas amigas con las que se comparten cenas, viajes, veranos, conversaciones que se alargan más allá del café, acompañadas de risas que se mezclan hasta no saber de quién son. Una complicidad a cuatro voces que parece hecha para durar siempre.

Hasta que un día, sin previo aviso, una de esas parejas se rompe. Y entonces todo lo demás, incluida la amistad, se resquebraja. No por culpa de nadie, sino porque ya nada encaja igual. La conversación se llena de silencios incómodos, de nombres que se evitan, de recuerdos que se vuelven frágiles. Uno no sabe si preguntar, si llamar, si seguir invitando... todo se vuelve un equilibrio precario entre la lealtad y el pudor.

Al principio se intenta mantener la amistad con los dos. "No tenemos por qué elegir", se suele decir. Pero la vida no entiende de equilibrios. Uno llama más, el otro menos. Uno necesita desahogarse, el otro desaparecer, y, sin querer, la balanza se inclina hacia un lado. No hay neutralidad posible cuando el afecto tiene memoria.

Y así, poco a poco, lo que fue una mesa redonda se convierte en línea recta. De forma que dos a un lado y nadie enfrente. Lo que antes era natural, una broma, una confidencia, un plan improvisado, se convierte en un gesto medido. Hasta que un día se deja de llamar, no por enfado, sino por cansancio.

Cuando todo se asienta, queda una melancolía suave. Una especie de agradecimiento triste. Por las sobremesas compartidas, por las risas, por haber coincidido en un tramo luminoso del camino. Porque, aunque no sobreviviera al naufragio, aquella amistad fue verdadera mientras existió.

Y uno aprende, al final, que hay vínculos que solo tienen sentido dentro de un "nosotros". Al romperse ese "nosotros", también se disuelve la magia y resulta muy complicado recomponerla. Aunque, a veces, queda el hilo invisible de la memoria, ese que nos recuerda quiénes fuimos cuando creíamos que nada podría separarnos.

Pequeños consumidores en prácticas

22 de Octubre del 2025 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Ya no hace falta cumplir los 18 para estrenar deuda. La vorágine consumista empieza antes que el acné. Niños con móviles de mil euros, patinetes eléctricos que parecen motos y consolas que cuestan un riñón... más los juegos, claro, porque el cacharro por sí solo no come, hay que alimentarlo.

Los padres y, sobre todo, los abuelos, resignados, dicen: "Que no sean menos que los demás". Y así, para que el chaval no sufra un trauma en el recreo, pueden llegar a gastar más de lo que ganan. El pequeño ni estudia economía ni falta que hace, ya sabe lo que es vivir a crédito.

Después viene la juventud, y con ella, la tarjeta de consumo. Todo se paga en cómodos plazos, menos la tranquilidad. Créditos para el móvil, para la bici, para el chándal de marca y, probablemente, si los dejaran, para el aire que respiran. El verbo "ahorrar" se ha quedado fuera del diccionario, sustituido por "financiar". Todo gracias a la incitación al consumo permanente: un país que no consume no alimenta la rueda de la producción o, lo que es parecido, al movimiento continuo de la economía doméstica.

No estoy criticando a nadie, solo me acuerdo de mi actuación con mi nieto de 7 años la semana pasada. Pasamos los dos de la mano por delante de un escaparate lleno de juguetes y me dijo: "Abu, entramos a ver". Me faltó tiempo, allá fuimos. Ya dentro caminamos paralelo a las estanterías donde la tentación en forma de juguete iba subiendo sus precios. Como quiera que yo tiraba para abajo y él para arriba, el chaval acabó cabreándose y amenazándome con irse a la calle. Lo convencí comprándole un deportivo eléctrico que costaba 23 euracos de nada. Fuimos hacia la caja, él resignado y yo feliz por lograr mis sanos propósitos. Delante de nosotros iba un paisano de mi edad, sonriente, con un cacho camión en brazos (inmediatamente pensé que sería para su nieto). Tiró de tarjeta y pagó 203 pavos por el juguetito. Pensé de repente que mi querido nieto no podía ser menos. Y, sin saber por qué, di media vuelta con el guaje de la mano y le dije: "Devuelve el coche a la estantería y compra lo que quieras". Después de pagar 223 a la chica de la caja por un bólido igual que el de Fernando Alonso, salimos a la calle sonrientes de la mano mi nieto y yo. Miserias fuera.

Y, mientras tanto, nosotros, orgullosos de tanta modernidad, seguimos avanzando. Eso sí, directos al precipicio del consumo, donde no hace falta empujón ya que nos tiramos solos, sonrientes, con el paracaid..., perdón, quería decir con el recibo en la mano.

Bras, los móviles y el emperador que va en bolas

2 de Octubre del 2025 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Hoy no fuimos al diario paseo por culpa de la lluvia y el frío, pero nos encontramos los cuatro amigos de siempre en el bar de la gasolinera para tomarnos un café, ahora que se fueron los veraneantes. Dónde iba a ser, pues no hay otro bar en el pueblo, cerraron todos.

Cada día que pasa admiro más a mi pesado amigo jubilado Bras. No solo porque sea mi amigo, sino porque es un crack de esos que te dicen las verdades como puños, pero con retranca, para que no duela tanto el bofetón.

-¿Sabes lo que pasa contigo? -me soltó delante de todos, señalando a mi móvil recién estrenado-, que vas armado hasta los dientes con esa chatarra de última generación. Crees que es tu espada láser que te protege, pero en realidad es el colador por donde te pueden vaciar la cartera, te meten miedo y, de propina, te dicen lo mal que hueles. Y encima pagas tú la factura mensual -Bras estaba lanzado, y prosiguió-. A través de ese cacharro nos tienen fichados, vigilados y entretenidos con vídeos de todo tipo para escoger después de dar el ok a los cookies y, claro, cuando te das cuenta ya no eres un ciudadano respetado, eres simplemente un cliente cada vez más mangoneado y ordeñado por el método que sea... Y de los malos, porque ni protestar sabes. Yo intenté poner cara de intelectual, pero Bras me remató leyendo una chuleta que traía en el bolsillo de su vieja chaqueta de pana:

-"Tata Motors (que fabrica los lujosos Jaguar y Land Rovers) lleva más de un mes sin fabricar un solo coche y nadie sabe cuándo volverá a hacerlo. Con la incertidumbre de que hay 300.000 empleos en la cuerda floja, entre plantilla, empresas de componentes, concesionarios y otros satélites. La mayor automotriz británica está perdiendo más de 82 millones de euros al día, mientras los contribuyentes ingleses sin saber que les tocará pagar los más de 1.500 millones de pufo que ocasionará la cosa". Y no es porque hagan coches malos, no -siguió relatando Bras, ahora sin leer-. Parece ser que es motivado porque el 31 de agosto pasado sufrieron un ciberataque de la mano de un grupo de hackers adolescentes. Les tumbaron los sistemas informáticos internos de la compañía y se quedaron indefensos y a merced de lo que venga, que parece muy gordo.

Me asaltó un flechazo de repente, haciéndome ver que lo peor es que tiene razón Bras. El futuro pinta en tecnicolor, sí, pero en el móvil tenemos al alcance de la mano series, apps, lucecitas. La vida real, en cambio, se nos viene encima en blanco y negro, con nóminas frágiles, trabajos efímeros, jefes que parecen influencers y nosotros, jubilados acongojados, por no decir otra cosa peor, pensando en que cualquier día puede aparecer un virus por ahí que nos deje sin pensión o nos birle los sudores que cada uno pueda tener en el banco.

-Al final nos van a vender como progreso que Alexa nos avise de que nos han timado a través de las redes; o que Siri nos recomiende una app para respirar hondo mientras buscamos qué comer en la nevera, o que somos los mejores buscando cosas en Google -sentenció Bras.

Yo, tan aturdido me vi, que me marché sin despedirme, con un nudo en el estómago, mientras Bras se quedó silbando. Marché envidiando la posición de Bras, que tiene un viejo móvil solo para llamar a su mujer, por si se retrasa, y solo enterándose de las noticias por la radio y por los periódicos que pesca gratis en la biblio. Y pensé: cuando ocurren ciberataques de tan descomunal calibre sufridos por una multinacional, ¿qué me puede ocurrir a mí, infeliz sapiens de a pie, que como muchos jubilados manejo alegremente un teléfono móvil con capacidad para comprar, vender, guasapear y demás lindezas desde él, sin la más remota idea de la bomba atómica que llevo encima con la espoleta quitada? Me da la sensación de que a partir de ahora voy portando una pistola cargada y sin seguro, en el bolsillo, en vez del teléfono.

Menos mal que Bras existe, porque entre tanta miseria digital que nos queda grande a muchos, alguien tiene que hacernos recordar de vez en cuando aquella frase lanzada por un niño en una fábula de Andersen: "¡Pero si no lleva nada puesto!" (refiriéndose al emperador que va en pelotas). Y aun así le pagamos la colada.

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Cuando el saqueo se hace costumbre

25 de Julio del 2025 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Ayer recibí la grata visita de mi viejo amigo Bras, exiliado a Ribadeo hace un par de años, por varias razones. Bras, no porque sea mi gran amigo, es una persona cercana, familiar y amigo de sus amigos. Para mí, la razón principal de su éxodo se debe a que no sabe ni freír un huevo, como vulgarmente se dice. Así que, al enviudar, le cayó el mundo encima, y si llegase a vivir solo lo haría acompañado con la indigencia encima, pues su dedicación a las artes del hogar siempre fue nula. A mi querido amigo no le quedó más remedio que irse a vivir, a turnos, con sus hijos. A pesar de no dar ni golpe en casa, nunca tuvo un solo asomo de machismo, aunque lo parezca hoy. Una vez jubilado, desde hace muchos años, se dedica a ponerse al día de la actualidad nacional e internacional y, también, en la de cercanías. Personalmente me entristeció su marcha del pueblo, pues entre otras cosas noto mucho en falta sus arengas, casi tesis, en temas de lo más variopinto, ya que Bras, para mí, es todo un maestro.

Al poco de darnos un fraternal abrazo empezamos a hablar de la situación del mundo actual. Nos fuimos juntando en el muelle los cuatro amigos que quedamos y Toño, otro amigo y veraneante, loco por saber. Y, como no podía ser de otra manera, salió a cuento la corrupción tan cacareada en esta canícula, y ya Bras tomó la palabra:

"Cuando el saqueo se hace costumbre, malo. Pero la corrupción no se inventó ayer. Sabemos que en tiempos de faraones y cónsules romanos se compraban favores con oro y silencio. Lo mismo que en Grecia durante la Edad Media, junto con la Europa cristiana, el Imperio bizantino y los Califatos árabes. También apareció esa lacra, llegada la Edad Moderna, por España, Francia e Inglaterra. En el siglo XIX se incorporaron a esta práctica los jóvenes Estados Unidos de América, América Latina y otros países. Hoy, el oro lleva traje, tiene despacho oficial... y suele acabar en paraísos fiscales. Y, lo que es lo peor, es que parece una pandemia sin vacuna a la vista. Cada día la corrupción nos deja claro que vino para quedarse. En España, a finales de 2018, un balance desolador nos ofrecía muy cerca de quinientos casos de corrupción abiertos y unos 10.000 millones de euros desaparecidos. Con eso se podrían haber pagado todas las camas hospitalarias que faltan, los baches de nuestras carreteras... y un par de universidades. Tenemos a nuestro alcance, en las redes, un 'Listado y ranking de los casos de corrupción en España'. En él figuran partidos políticos y empresas, con pelos y señales. Hace ya unos años el coste total estimado de los relacionados ascendía a 124.176.915.826. (Para darnos una idea, con el importe actual acumulado de los casos de corrupción se podrían pagar casi todas las pensiones de España en un año).

En este mundo terrenal casi nadie se salva de esa sutura. La corrupción es como la humedad, se cuela por todas las rendijas. Da igual el color político, el escudo autonómico e, incluso, la empresa a la que representas. Y lo peor es que muchos de los implicados siguen saliendo en televisión y demás medios saludando orgullosos, riéndose y dando lecciones como si nada. Incluso, terminado su mandato, a algunos les espera el premio de las llamadas puertas giratorias. Me pregunto: ¿se ríen del sistema... o acaso de nosotros los que los votamos? En democracia, a los corruptos, a veces, se les juzga, aplicando las leyes aprobadas para ello -Bras, metió la mano en el bolsillo y sacó un papel que comenzó a leer-. En España existe una ley específica que regula la financiación de los partidos políticos: Ley Orgánica 8/2007, de 4 de julio. Siendo modificada y endurecida posteriormente con la Ley Orgánica 5/2012 y la de 3/2015 y Ley de Contratos del Sector Público 2017 -volvió a meter la chuleta en el bolsillo y prosiguió-. De momento, parece que todas las leyes escritas no son capaces a frenar ese cáncer económico que es la corrupción -se tomó un respiro, miró a unos veraneantes que nos observaban, para volver a la carga. Entre tanto, nosotros, mudos, escuchando-. Los países democráticos que parece que la tienen más controlada demuestran tener una prensa libre y ciudadanos activos y comprometidos. En los regímenes llamados totalitarios (dictaduras, para entendernos) no se conocen cifras de corrupción, ya que el que ose filtrarlas ya sabe lo que le espera. Allí, el que roba manda, y no se dan explicaciones ni al tato.

Así que mucho ojo con tema tan importante como delicado. Se puede meter la mano en el cajón, pero si te cazan serás juzgado y castigado, probablemente. Sí, la democracia será imperfecta, pero al menos aún nos deja indignarnos y cacarear..., sin mucho peligro de acabar en las frías mazmorras, por decirlo así de claro. Y, lo más importante, amparándonos en nuestra Constitución podemos echar mano de nuestro derecho a votar cada cuatro años a quien estimemos que más se lo merece, dejando fuera de juego, castigados, a los ineptos y corruptos".

Sin poder disimular la emoción, premiamos a nuestro amigo Bras con unos sonoros aplausos.

Ponerse en el sitio del otro para juzgar

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20 de Junio del 2025 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

El ser humano no necesita látigo ni grilletes para obedecer: basta con un libro de autoayuda con frases pegajosas y promesas de "paz interior". Un libro que puede ser recomendado por un familiar o un amigo cercano. Ese libro no será bueno si no enseña a convivir o si, por lo menos, sin hacerlo, no incita al odio descartando a personas como si fueran productos vencidos. Esos libros suelen ser efectivos, pudiendo llegar a hacer que te sientas iluminado, impulsando a infinito tu pensamiento crítico.

¿Quién no tiene o ha tenido a personas problemáticas cerca en algún momento de su vida?: jefes autoritarios y descalificadores; vecinos quejosos; compañeros de trabajo o de escuela envidiosos; parientes que siempre nos echan la culpa de todo; mujeres u hombres irascibles, mentirosos soberbios...

Lo peligroso no es el libro en sí, sino el leerlo sin cuestionarlo. Porque, cuando uno traga sin masticar, cualquier cosa puede parecer sabiduría. Así, el lector pasa de víctima a juez, de humano a detector de "malas vibraciones", para convertirse en parte de un rebaño que bala con frases motivacionales. Un libro mal digerido, lo mismo que una noticia escrita, en manos de alguien que no piensa puede hacer más daño que un arma. Especialmente si le da licencia para cortar lazos, juzgar a medio mundo y seguir creyendo que el problema siempre es de los demás.

Estos días grandes que dan para casi todo me encontré, revolviendo en mi pequeña biblioteca, con un volumen que me llamó la atención por su tapa colorida y su título: "Gente tóxica", de Bernardo Stamateas. Contempla, el volumen, el comportamiento y actitud de trece tipos de personas que pueden dañar nuestro bienestar emocional: Meteculpas, Envidiosos, Descalificadores, Agresivos, Falsos, Psicópatas emocionales, Mediocres, Chismosos, Jefe autoritario, Neuróticos, Manipuladores, Orgullosos y Quejosos. El autor nos ofrece estrategias para identificarlos estableciendo límites claros, usando la indiferencia como defensa y, en casos necesarios, alejarse emocionalmente.

A pesar de que Stamateas advierte en sus páginas que todos podemos mostrar rasgos tóxicos en algún momento, y el objetivo es cultivar la autonomía emocional para proteger nuestra salud mental sin hacer daño a los demás, la raya que diferencia el lugar donde debemos situarnos es tan sutil que puede llevarnos a engaños, haciendo que nos equivoquemos de camino.

He terminado de repasarlo hoy y, confieso, no me dejó buen cuerpo, pero sí me sentí invitado a volver a leerlo otra vez lentamente, acorde con mis reposados años.

Y, de paso, ya lo anticipo, pienso que sería muy recomendable también "ponerse en el sitio del otro para juzgar"

Cómic sobre Antonio García Monteavaro, el Inmortal.

Cómic sobre Antonio García Monteavaro, el Inmortal.

Recientemente Ediciones Cascaborra, ha editado un cómic sobre  Antonio García Monteavaro,  El Inmortal, histórico personaje de  nuestro glorioso Regimiento de Artilleria. Por si alguien está interesado en su adqusición, dejo un enlace:

www.cascaborraediciones.com

Un tren fiable para el corredor del Cantábrico

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10 de Mayo del 2025 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

¿Por qué seguimos viajando como en el siglo pasado, en lo que a tren se refiere? Necesitamos como agua de mayo un tren que no tenemos, que debería de ser rápido y accesible para todos. Ha de ser lo suficientemente ágil y eficiente como para unir todas las poblaciones diseminadas a lo largo del Cantábrico, desde San Sebastián hasta Santiago de Compostela, y a una velocidad adecuada. Ni que sea un lujo como el contemplativo Transcantábrico, reservado para unos pocos, ni tampoco una matraca con dos vagones como el que actualmente tenemos a mano las gentes de a pie. Un tren plagado de averías, que camina brincando a mínima velocidad por los raíles, amenazando con descarrilarse al menor descuido. Esa herramienta cotidiana es necesaria para miles de personas que hoy día están obligadas a desplazarse para trabajar, estudiar o simplemente para disfrutar de su tiempo libre y que ahora lo hacen en su utilitario, que, muchas veces, lleva a una sola persona.

El Transcantábrico, ese tren turístico de lujo, no está nada mal, pero está pensado solo para quienes pueden pagar tarifas elevadas por una experiencia exclusiva, amén de no tener prisa alguna por llegar al destino marcado. Para el resto, para la mayoría de la población que es currante y jubilada, la alternativa es el Feve, una red de trenes de vía estrecha que gozan de una lentitud tercermundista; con un total síntoma de abandono, demostrando una falta de inversión en estas infraestructuras creadas para uso de la llamada clase media y baja y tan necesarias para que un país funcione bien.

Por otra parte, viajar en tren, ese gran desconocido en esta parte de España, sigue siendo una experiencia casi exótica. En lugar de ser una opción práctica y cotidiana, como ocurre en otras regiones de Europa, e incluso de nuestra España, parece más un capricho ocasional. Y, sin embargo, debería ser todo lo contrario, dado que el tren ofrece ventajas innegables: ahorro de tiempo y dinero, despreocupación por el aparcamiento, escapar de las multas de tráfico y la posibilidad de disfrutar, por ejemplo, de un par de vinos sin tener que pensar en conducir de vuelta a casa.

Después de lo dicho, hoy me apetece comentar, para conocimiento de aquellos lectores que no conocen o no palparon este medio, un pequeño ejemplo de lo vivido hace días en el viejo tren de Feve, en el trayecto entre Castropol y Viveiro. Con un viaje gracias a los bonos promocionales disponibles para los meses de mayo y junio, este viaje puede salir prácticamente gratis al usuario. Pero ni con esas, pues va con una escasa docena de personas en cada viaje. Durante casi dos horas se puede disfrutar de una excursión encantadora. Al subir al tren, mi primer recuerdo fueron aquellos viajes desde Oviedo en el mismo tren, allá por el año 1974. Ahora prácticamente viene solo o con algún que otro turista, con vestimenta y atuendos para caminar. El paso lento por las poblaciones de El Valín, San Juan, Vilavedelle, Vegadeo, Porto, Ribadeo, Rinlo, Foz, Burela, hace que contemplemos hermosos paisajes de mar, playa y montaña. El regreso a las 17.00 horas tras una jornada relajada. Una maravilla para jubilados pero... no para los currantes que tienen el tiempo y el dinero contado.

La experiencia se vuelve aún más entrañable si, como en algunos trenes del altiplano sudamericano que vemos en los documentales, aprovechamos el viaje de vuelta para comer a bordo una tortilla, empanada o cualquier otra vianda asequible, disfrutando al tiempo del paisaje que se despliega por las ventanillas a un ritmo pausado y, nunca mejor dicho, acompañado del chacachá del tren.

Un tren para vivir y conectar, no solo para soñar. No es el "Andean Explorer", pero casi, en lo que a hermosas vistas se refiere; pero no apto para aquellos que tienen la hora marcada para llegar.

Este tipo de iniciativas demuestran que hay un potencial enorme por explotar. Un tren rápido -no necesariamente de alta velocidad, pero sí moderno y fiable, semejante a los "Cercanías"- podría transformar la vida en el Cantábrico; vertebrando el territorio, impulsando la economía local, haciendo el trabajo de la actual sobre flota de pesados camiones, fomentar el turismo interno y mejorar notablemente el transporte para miles de personas.

No hace falta soñar con futuristas trenes magnéticos o Hyperloops tecnológicos. Solo se necesita voluntad política, inversión en infraestructuras y una visión clara a tener en cuenta: El tren no es solo un medio de transporte, es una herramienta de cohesión social, un motor de desarrollo y una manera inteligente de cuidar del medio ambiente.

Hoy más que nunca, el Cantábrico necesita subirse al tren del futuro que, precisamente, no hace falta que sea el AVE. Y, cuanto antes, mejor sería para todos.

Los jóvenes no quieren trabajar

3 de Abril del 2025 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

No hace muchos años España era un país de grandes familias (con lo de grandes quiero referirme a que tenían muchos hijos). No tan grandes como en la posguerra, que al no haber televisión y sí afición a la misa de domingo, así como la manía de acostarse temprano por culpa de los cortes de la luz, favorecían la explosión demográfica, haciendo que el concepto de "familia numerosa" fuese algo habitual. Luego llegó la modernidad y con ella la revolución anticonceptiva, la entrada de la mujer en el mercado laboral, el auge del individualismo y, finalmente, la llegada de un fenómeno que lo cambió todo: el perro con suéter y el gato con cuenta de Facebook.

En España, en 1976, nacieron 678.000 niños. En 2024 vinieron al mundo 322.000, menos de la mitad. En los años 40, 50 y 60, tener cinco o seis hijos era lo normal. En los 70, ya con dos o tres bastaba. Llegados los 90, la natalidad comenzó a caer en picado. En 2023 la tasa de natalidad fue del 7,15 por cada mil habitantes, y la de mortalidad del 10,38, así que el crecimiento vegetativo presentó un saldo negativo de más de 115.000 personas (lo que es lo mismo que decir que se han muerto 115.000 personas más de las que nacieron en España ese año). Amigo lector, nos alumbrará más la mente el saber que, en 2023, el número de hijos de españolas fue de unos 240.000; mientras que las extranjeras ese mismo año alumbraron unos 78.000 hijos, que representan el 25% del total de nacimientos.

Y es que hoy día los jóvenes tienen otras prioridades que no son, precisamente, el traer hijos al mundo: viajar, opositar durante años, pagar alquileres imposibles y, también, no me digan que no, adoptar un perro, un gato o mascota para llenar el vacío que antes ocupaban los hijos. Pero claro, ten en cuenta, amigo lector, que el criar un hijo no es solo un acto de amor, sino también un acto de valentía financiera y social: guarderías, pañales, educación, extraescolares, hipotecas, silla para el coche y, más pronto que tarde... el teléfono móvil de última generación. Por tanto, queda claro que con mucho menos dinero pueden traer a este mundo, por ejemplo, un cariñoso perrito labrador (yo tuve uno que solo le faltaba hablar, pues reír sí que se reía) y darle una vida de ensueño, ¿o no? Hoy día vemos cómo los cochecitos de bebé han sido sustituidos por carritos de mascotas que, a la vista, son iguales que los otros tanto por fuera como por dentro (y al verlos todos pensamos: "Qué bien, ahí viene un bebé", y nada más lejos de la realidad). Y los parques infantiles por cafeterías donde acuden humanos con sus mascotas, todos revueltos. No será una exageración el decir que si seguimos así, España será un país donde habrá más veterinarios que pediatras.

Mientras tanto, en las redes y en los bares se escucha la eterna queja banal: "Los jóvenes no quieren trabajar". Lo que no dicen es que con una natalidad tan baja ya no hay jóvenes en los pueblos y aldeas. O lo que es lo mismo, simplemente no hay suficientes jóvenes para cubrir los puestos de trabajo que se demandan actualmente.

Aunque en España no nos podemos quejar, ya que nuestra población ya sobrepasa los 47 millones de habitantes y, de ese total, 5.227.000 son extranjeros. Y, claro está, si no fuera por ellos nuestros bares y restaurantes cerrarían, no habría casas en construcción, así como multitud de otros servicios y oficios que, es verdad, muchos de nosotros no queremos. Y... ¿qué decir de la Caja de las Pensiones? Pues que aunque no está muy boyante, de no ser por esos migrantes estaría en llanta, como vulgarmente se dice. Y sin ellos quién pagaría las pensiones a nuestras generaciones X, Y, Z y Alfa en toda Europa, ¿los chihuahuas? Por otra parte, las reuniones familiares de Navidad serían cada vez más pequeñas... pero, eso sí, con más fotos de fetiches en el grupo de WhatsApp.

Así que la próxima vez que alguien diga la tan cacareada frase de que "los jóvenes no quieren trabajar", quizá antes debiera de pensar, madurar y acabar reconociendo que no hay jóvenes porque, sin natalidad, no hay niños. Ni después jóvenes ni, por tanto, ciudadanos para los puestos de trabajo que demanda el mercado. Eso sí, si esto sigue como hasta ahora llegaremos a tener muy pocos niños, pero sí a cambio muchas mascotas bien cuidadas y vestidas.

¡Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy!

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9 de Marzo del 2025 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

La historia nos ha enseñado que las carreras armamentísticas suelen desembocar en conflictos devastadores. Sin embargo, el ser humano, tan voluble como una veleta al viento, parece olvidar estas lecciones con facilidad. Hoy, los países que componen la OTAN, y los que no, se preparan para invertir sumas astronómicas en armamento. Un escenario impensable por casi nadie hasta hace bien poco.

Este fenómeno no es nuevo. La humanidad siempre está en guerra en algún punto del planeta Tierra. Destacan entre todas las dos últimas confrontaciones en el pasado siglo XX. Entre 1897 y 1914, Reino Unido y Alemania protagonizaron una intensa competencia naval, construyendo buques de guerra a un ritmo alarmante. El resultado fue la I Guerra Mundial, que dejó una cosecha de más de 40.000.000 de muertos. Veinticinco años más tarde, Alemania y Japón se armaron hasta los dientes. Alemania invadió Polonia y Japón se lanzó a por China, las colonias británicas y neerlandesas y después Pearl Harbor, invitando con ello a participar en la gran confrontación a los Estados Unidos de América, que entraron de lleno en guerra. Los países aliados, con Estados Unidos a la cabeza, replicaron a las agresiones de Hitler dando lugar a la II Guerra Mundial. Entre todos lograron cosechar, está vez, 60.000.000 de muertos... Todo esto nos da a entender que el ser humano parece no escarmentar ni siquiera en cabeza propia, como para hacerlo en ajena.

Hoy, en pleno siglo XXI, cuando el mundo debería estar concentrado en resolver problemas de casa y globales, como el cambio climático, las pandemias, migraciones, hambrunas, desigualdad..., no lo hace. Así que volvemos a ver las orejas al lobo en forma de una monstruosa escalada militar. El miedo y la desconfianza entre potencias están impulsando un aumento en el gasto en defensa, con la justificación de la seguridad, mermando a futuro los presupuestos destinados a sanidad, enseñanza, sociales... Pero, ¿acaso más armas nos traerán más paz?

El dilema parece claro: si la historia nos demuestra que las carreras armamentísticas conducen a la hecatombe, ¿por qué seguimos en la misma senda? La humanidad parece estar condenada a repetir sus errores. Claro que, a lo mejor, en un futuro próximo, nosotros, los que tanto criticamos todo y nada nos vale, podemos anhelar y suplicar para paliar nuestras necesidades más perentorias. Puede que roguemos a los señores de la guerra para que en vez de gastarnos la pasta en cañones, pistolas, tanques, aviones y bombas para matar nos dejen todo como antes de la carrera armamentista que se avecina. Solo el tiempo dirá si esta vez somos capaces de cambiar el rumbo de la historia, manejada por media docena de poderosos que controlan los hilos de la paz, antes de que sea demasiado tarde y, con ello, tengamos que sufrir en nuestra propia piel para ver de una vez por todas que armamentos y guerras son sinónimos de muertes, destrucción, hambre y miserias.

Sería aterrador el vernos en la necesidad de aplicar aquella frase de ruego a la Virgen, de hace cientos de años y aún cantada hoy cuando uno está apurado, que dice: "Virgencita Virgencita, que me quede como estoy".

Biden, Trump, Musk, Bras, otros satélites y mi abuela

25 de Enero del 2025 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

La verdad es que con las noticias diarias relacionadas con temas de la inteligencia artificial, a un ciudadano de a pie, ignorante de mil y un temas (hablo por mí), puede entrarle una psicosis que acabe sepultándolo. No me siento loco ni exagerado, no, pero un poco de miedo sí que tengo. Solo pensando que ese mal puede entrarte de repente, sintiéndote impotente después de caer como un pajarillo indefenso en las redes de las nuevas estafas telefónicas con la ayuda de la inteligencia artificial. Esta, poco a poco, oyendo lo que se oye, puede ir apartándonos hasta arrinconarnos, y en último término haciendo que la IA llegue a operar sin nosotros, pudiendo llegar a hacernos caer al pozo de la ruina acompañados por la impotencia.

Todos estos cambios que nos toca vivir hoy, como por ejemplo ya poder pagar con criptomonedas, me hacen acordarme de la sencillez con que se vivía en tiempos de mi abuela. Las noticias que recibía solo eran por carta, de sus parientes en Montevideo. La radio no tenía tiempo para oírla. Hacía el pan cada semana, dedicando un montón de tiempo lleno de trabajo, sin salario y sin ayuda de algoritmo alguno. Primero sembraba el trigo en enero y lo recogía en agosto. Llevaba el grano al molino en su cansado pollino para obtener la harina. Después dedicaba casi dos días en amasar y preparar el horno para cocer cuatro hogazas que nos duraban toda la semana, y así semana tras semana. Los avances hicieron que hoy día también cambiase ese proceso, ya que, simplemente, si quieres hacer el pan en casa te limitas a meter la harina en la panificadora adquirida por un módico precio y antes de tres horas ya tienes el pan crujiente.

Mientras esperas sentado a que salga el pan, te puedes leer tranquilamente LA NUEVA ESPAÑA, para enterarte de las noticias. Por ejemplo, que el hombre más rico del mundo, Elon Musk , amigo de Trump, tiene un patrimonio de 432.000 millones de dólares, además de casi seis mil satélites en órbita por el espacio (propiedad de Starlink, la empresa creada por él) mandando información de toda índole, verdadera y falsa, desde 2019. Su intención es seguir mandando más cacharros al espacio. Buen momento para montar por allí una macroautoescuela). Hay hoy día más de 10.000 satélites circulando sobre nuestras cabezas, para darnos más información todavía (Donald Trump es más pobre, solo tiene 7.700 millones de dólares, así que depende de Musk para estar al día. Para darnos una idea de tales descomunales cifras, comparémoslas con los depósitos de clientes que tiene Caja Rural de Asturias: 5.245 millones de euros, en 2023).

¿Cuánto ha cambiado el mundo con sus cosas y también la fabricación del pan desde los tiempos de mi abuela, verdad?

Así que, amigo lector, puedes seguir el consejo de mi pesado jubilado amigo Bras, que me dijo en el paseo mañanero de hoy lo que te cuento: "El primer examen de conciencia, o algoritmo si quieres llamarlo así, al poner por la mañana los pies fuera de la cama ha de ser inexcusablemente para mentalizarte de lo humilde que eres, de lo poco que sabes y de lo que significas en este valle de lágrimas. Así que has de tener toda la desconfianza y cuidados posibles hacia los peligros que no vemos pero que nos acechan a través de las redes. Especialmente con la temible IA. Esa inteligencia ya se está colando dentro de nuestros móviles de última generación, que casi todos tenemos y que muchos, yo entre ellos, pensamos que sabemos manejar. Un día puede aparecer falsificada la voz de tus hijos, parientes o bienhechores que, después de enternecerte y convencerte, pueden dejarte desperrado a cambio de un susto de infarto. Yo, al contrario, ya no invierto en tecnología. He cambiado mi móvil de última generación sin gastarme nada. Lo hice por otro terminal que tenía aparcado en la mesita de noche desde hacía años, cuando iba a la mar. Me basta y me sobra para hacer llamadas con cuidado y recibirlas con recelo, no vayan a volver a engañarme. Ahora duermo tranquilo...".

¡Gracias, amigo Bras, por tu sinceridad!